Un bosque de álamos en Idaho Combatiendo el anhelo #3
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Combatiendo el anhelo #3

Cuando regresa, el chico está blanco y sin aliento.

No puede rondar por la casa como las mujeres; el momento del parto les pertenece solo a ellas.

Se recluye en la cocina y prepara café. Su madre le ha dicho que tendrá que mantener un puchero con agua hervida por si hay que limpiar los fórceps.

No sabe lo que es eso, y elige el recipiente más grande, el que utiliza Valentina para el baño maría.

No es un niño, pero tampoco un hombre. Ha escuchado que algunas mujeres se mueren cuando dan a luz.

Él adora a Valentina, y por nada del mundo quisiera que le pasara nada a ella.

El niño iba a llamarse Nicolás, pero Valentina, no sabe por qué, ha decidido que se llamará como Simón de Cirene, el de la Biblia, que ayudó a Jesús a cargar la cruz en el camino del Calvario.

La comadrona la ayuda a tenderse en la cama.

Palpa su vientre, explora su cérvix y escucha el latido del niño con una trompetilla.

A Valentina le dan confianza sus movimientos.

No habla tanto como el doctor Pettinger, pero en sus manos hay una indiscutible seguridad.

Con mucha templanza y algún gesto en su rostro, vaticina:

—Está en camino, pero sospecho que va a tomarse algo más de tiempo en llegar. ¿Cómo le llamarás?

—Se llamará Simón.

—¿Y si es hembra?

—No lo será. Es un varón.

Estela hace una mueca casi imperceptible y mira la fotografía del puerto de Lekeitio que reposa sobre la chimenea.

Sus padres tenían una idéntica en su casa.

Ella llegó a Idaho con su familia cuando tenía siete años, procedente de ese pueblo que, al igual que en la fotografía, tiene congelado en su memoria.

No ha vuelto, aunque todos los veranos piensa si debería hacerlo para reencontrarse con esa nostalgia que ha hecho prisionera en su corazón.

Los recuerdos que posee se le han ido desordenando, y ya no distingue si son suyos o los ha tomado prestados de los demás emigrantes.

Recuerda el día que su padre, al que nunca había visto, llegó al pueblo después de haber pasado siete años en América.

Había conseguido hacer fortuna trabajando como pastor en Nevada, tenía un pequeño rancho y estaba allí para llevarlas con él.

Recuerda ese día, y también el barco, y la llegada a Boise.

Tiene treinta y siete años, es viuda y no tiene hijos.

Posee un apartamento con todas las comodidades y trabaja en el Red Field Memorial Hospital desde que se inauguró, en 1925.

Ha ayudado a traer al mundo a muchos niños, y sigue disfrutando cuando comprueba que el sufrimiento del parto es el único dolor que se olvida.

A veces, cuando llega un vasco enfermo o herido, la llaman a ella para que haga de intérprete.

Estela abandona sus pensamientos y va a inspeccionar si en el aseo hay bañera.

Los médicos dicen que la tibieza del agua hace milagros con los dolores del parto.

Ella utiliza ese recurso cuando la madre está muy nerviosa, pero Valentina no es de esas; es una mujer acostumbrada al trabajo, joven y dura.

Las que la acompañan la mantendrán distraída.

Entra en la cocina en busca de un café. La joven no ha dilatado lo suficiente y su experiencia le dice que tiene que padecer todavía unas horas.

Alrededor de la parturienta, las mujeres espantan el miedo y hablan de cosas cotidianas mientras por el rabillo del ojo la vigilan.

Aunque no lo parezca, están concentradas en no asustarla ni mostrar el miedo que ellas mismas esconden.

Todas las que han parido saben que no hay otro momento en la vida de una mujer en el que se sienta tan cerca de la muerte y que el primer hijo es el más difícil.

Tienen la certeza de que esos dolores insoportables a los que se entregan con la desesperación justa llegarán acompañando a su hijo y después desaparecerán para siempre.

Encarni llega cargada con un puchero de caldo de gallina que deja en la cocina para que la joven se reponga y coja fuerzas.

Va hacia Valentina, que en ese momento mira las montañas de pie frente a la ventana.

La ve mecerse bamboleante, al ritmo de sus pensamientos.

Milagros estira las sábanas de la cama y le hace un gesto de bienvenida.

— Eutsi goilari, neskatxo! Dana ondo joango da [47] .

— Halan espero dut [48] .

—Ya me han dicho que todavía tienes un rato antes de verle las orejas.

—Encarni pone una mano sobre el vientre de la joven—.

Voy a acercarme al rancho. Cipri tiene que estar al corriente.

A Domingo no le quedará mucho para bajar, quizá esté ya en los prados bajos y puedan ir a buscarle.

Quédate tranquila. ¿Te parece bien que avisemos a tu marido?