Combatiendo el anhelo #2
Durante las últimas noches ha tomado algunas decisiones.
En el acuerdo que hizo con Jeff Peterssen hace ya seis años, y que no está escrito, no se comprometió a estar un número determinado de temporadas en los pastos de verano.
Puede hablar con él y decirle que busque a otro pastor para ello.
En otros ranchos, conscientes de las condiciones inhumanas de aislamiento, ya empiezan a subir dos hombres con un carro que cobija de los fríos y los calores.
Uno se ocupa de cocinar y de ir y volver cuando se necesitan víveres, el otro se encarga de las ovejas.
Con esto han conseguido mejorar el oficio.
Ya no hay un hombre solo, y tener un compañero mitiga los efectos de la soledad.
Pero Jeff Peterssen es un hombre algo frío y tenaz.
Es cierto que él trabaja como cualquiera, y que paga bien al pastor, pero nunca ha subido con el rebaño a los pastos altos.
A Domingo le pesa esa maldita deuda contraída para pagar la casa.
A veces se arrepiente de no haber aceptado el ofrecimiento de Arrieta o de no haber acudido a Encarni y Pablo, como tantos otros.
Se ha equivocado. La generosidad de su patrón tiene un precio que no exige intereses, pero que es más difícil pagar.
Una noche, su hermana aparece en sus sueños.
No es el bebé que se perdió, sino una mujer morena que le avisa de que su hijo está a punto de nacer y que su mujer le necesita.
Cuando despierta, su sueño es tan real que no puede ignorarlo.
No espera un hijo, pero su hermana le manda volver y él cree que debe obedecer.
Tarda dos días en decidirse. Espera a la noche y mira la bóveda celeste, sembrada de luces como un campo de margaritas.
Las órdenes de esa categoría siempre mandan una señal y él, como un vigía, se mantiene en estado de alerta hasta que una estela de luz atraviesa el cielo dejándolo limpio como un espejo.
Recoge sus cosas, carga el caballo y da órdenes a los perros: hay que juntar el rebaño y dirigirlo hacia el sendero.
Según sus cálculos, es 10 de septiembre.
En Lekeitio acaban de terminar las fiestas de San Antolín y los marineros están en plena faena del bonito y la anchoa.
Home , piensa mientras recoge las hierbas con olor a azucena. Se repite a sí mismo: «Propicias para espantar las miasmas de un hogar».
En Boise, bajo un calor espeso, Valentina se mueve pidiendo permiso al aire.
Su vientre se ha vuelto voluminoso y sus pechos parecen estar a punto de reventar.
Evita mirarse al espejo. El desafío de su cuerpo cubre de niebla sus pensamientos.
Casi se alegra de que Domingo no esté allí para verla.
A él le entusiasma acariciarlos durante esas conversaciones que mantienen en la oscuridad de la alcoba.
Domingo mantiene sus manos posadas en ellos, los cubre como si buscara una conexión a una energía que le proporciona felicidad.
Ella se ríe del gesto de placidez que muestra su rostro cuando permanece así, exhalando gemidos de felicidad que incluso lo duermen.
Ahora, ella los sopesa y piensa que ni siquiera sus poderosas extremidades podrían abarcar el tamaño que tienen.
Se mira de perfil. Ha visto a cientos de mujeres en su estado, pero es ella la que experimenta ahora sus cambios.
La maternidad le parece un milagro, un río que conduce a un destino en el que no se vuelve a estar sola, pero en el trayecto se ha vuelto torpe; va al baño cada poco tiempo, y hay días en que desnudarse o vestirse le cuesta una barbaridad.
Todo lo que le sucede es habitual según el doctor, que ha calculado que el bebé llegará antes de que termine septiembre.
Él le aconsejó acudir al hospital, el seguro médico de su marido le cubre el parto, pero ella sufre cuando ese hombre la explora y no quiere que ninguno más se adentre en sus intimidades.
Las mujeres, las que aletean a su alrededor dándole fuerzas, pueden traer al mundo a su hijo.
Francisco, el hijo de Milagros, ha resultado ser un tesoro.
Se encarga de casi todo lo referente al negocio, pero desgraciadamente no puede ocuparse de ella.
Es un ayudante repostero excelente, y un chico cariñoso y eficiente.
Solo le faltan unos años —algo de disciplina en las medidas, manejar la manga pastelera sin miedo…
— para convertirse en un buen profesional.
Valentina recoge los huevos de sus gallinas, riega la huerta y recolecta los frutos maduros, pero le resulta imposible coger la azada.
Después camina en busca de la leche y la mantequilla.
Se ha convertido en su única salida diaria y lo hace temprano, cuando el sol todavía permite respirar y el calor de ese verano difícil no aprieta como al mediodía.
Desayuna sin prisa, sentada junto a la radio.
Desde que la escucha, su inglés ha mejorado.
Repasa las cuentas. Si no fuera porque el pequeño Simón saldrá de su vientre en cualquier momento, haría algo más por su negocio.
Ha pensado en buscar un local, o en aceptar la propuesta de Ángeles, la dueña del Modern Hotel: poner un despacho de pastelería en los bajos del edificio que dan a la calle.
Ellos tienen vitrinas refrigeradas y una cocina equipada con modernos electrodomésticos, solo tendría que pagar un alquiler.
Valentina proporcionaría postres y bollería para los clientes.
Los encargos no cesan, y la caja de galletas donde guarda el dinero ya resulta insuficiente para la cantidad de dólares que ha ido guardando.
Pero tiene que esperar a Domingo y convencerle de que el Hotel Modern es una oportunidad que deben aprovechar.
Pone los pies en alto y se queda adormilada con la radio mientras llega Francisco.
Cuando cierra los ojos ve Lekeitio, y hasta le parece sentir la brisa marina.
Ha recibido cartas de Clara en las que le cuenta de Victoria Kent y Clara Campoamor.
Su amiga se siente feliz por la República.
Sus crónicas sobre Unamuno y Ortega y Gasset son elocuentes, pero Valentina se siente muy lejos de entender su alegría, pues lo único que desea es ver entrar por la puerta a su marido.
Mariana, a pesar de sus ruegos, escribe con desgana.
Únicamente cuando habla de su marido muestra algo de preocupación.
Nicolás anda enredado con sindicatos y la deja a ella trabajando de sol a sol.
Valentina ha notado en sus palabras un cierto temor.
Le preocupa que la gente esté tan pendiente de la política, que los enfrentamientos lleguen a los amigos, a la familia y hasta el comedor del Arraun.
«De repente todos pertenecen a un lado o a otro y se miran retándose, como si no fueran los amigos que han sido toda la vida… ».
Ella quisiera entender de qué habla su amiga, pero está demasiado lejos y es la realidad de América a la que debe atender.
Ha escuchado que se ha terminado el edificio Empire State en Nueva York y que crece la epidemia de polio en Massachusetts.
Sabe el nombre del presidente, un tal Herbert Hoover, del que dicen que no es capaz de combatir la Gran Depresión.
Conoce la bandera y sus cuarenta y ocho estrellas, por los estados que agrupa.
En su última carta, Clara le ha dibujado una bandera de España diferente a la que ella conocía.
Ahora es roja, amarilla y violeta, quizá más vistosa, pero al parecer no al gusto de todos.
Esa mañana, al volver de sus recados, un dolor de riñones insufrible casi le impide caminar. Francisco la ha visto doblarse de dolor y ha salido corriendo a avisar a su madre. Media hora después, Milagros llegaba jadeando y le anunciaba que su hijo iba a avisar a la comadrona.
—Niña, levántate y vamos a pasear por la casa. Hay que moverse. ¿Cada cuánto tiempo tienes el dolor?
—No sé, no tengo contracciones, quizá no sea el parto. Lo que me sucede es que me duelen los riñones una barbaridad.
—Bueno, los riñones, las caderas… Los hijos se abren paso como pueden.
Y duele, vaya que si duele, pero tú concéntrate en darle permiso para que salga.
Te parecerá una tontería, pero en el parto una ya le da el primer capricho a su hijo.
Estela te dirá si va a tardar, pero que está llegando es seguro.
Valentina se apoya en el brazo de Milagros y camina encorvada, agarrándose el vientre.
Rezan un avemaría, después un padrenuestro.
Cuando el dolor la paraliza, abandona la protección de los rezos.
Gime y nota el sudor que perla su rostro.
No quiere gritar, pero durante unos segundos parece que va a partirse por la mitad.
A pesar de estar acompañada, siente una inmensa soledad, como si Milagros o los mismos muebles desaparecieran de su vista para no distraerla.
No percibe la actividad que empieza a desplegarse a su alrededor.
Estela ha traído a Adela, Francisco ha ido en busca de Encarni para que la camioneta quede en la puerta por si es preciso ir al hospital. Pero nada de eso la incumbe.