Un bosque de álamos en Idaho Combatiendo el anhelo
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Combatiendo el anhelo

Combatiendo el anhelo

VALENTINA Y DOMINGO

Domingo se halla cerca del río Payette al comenzar el mes de septiembre.

La temperatura es cálida y agradable, y la esperanzadora cercanía casi le obliga a olvidar lo que ha dejado atrás.

Mira una loma desde la que acostumbra a vigilar el barranco, se apea del caballo para beber esa agua transparente que viene directamente del granito y sonríe al recordar que, incluso en verano, la montaña siempre guarda secretos que revelar a quien la ama.

Vuelve a posar la vista sobre las flores que nacen entre las rocas, esos milagros centenarios que se alimentan de lo inexplicable.

Una fuerza interior le obliga a despedirse, a pasar una caricia de olvido sobre esos lugares que lo hicieron fuerte y lo acompañaron.

Se sienta sobre unas piedras, está cansado porque hace ya semanas que el sueño le esquiva.

Saca, por enésima vez, los papeles que fue encontrando entre los alimentos que le preparó Valentina el día de su partida.

No necesita leerlos, pero le agrada renovar el sentimiento de satisfacción que le produjeron.

Contempla el rebaño, una masa blanquecina que se mueve sin compás pero obediente, buscando el pasto fresco y a él mismo, cabeza de ese rebaño al que ha cuidado y dado lo mejor.

Camina entre las ovejas sujetando las riendas de su caballo.

Es mejor vigilarlas de cerca cuando se trasladan.

Beltza va y viene mientras los otros perros sin más nombre que txakurrak cercan orgullosos a las ovejas que se muestran díscolas.

Domingo da un silbido intercalado. El perro se detiene en seco cuando escucha la sinfonía creada para él y arranca a correr en dirección a su amo.

Cuando está a sus pies se tumba con actitud sumisa y mira al pastor, esperando la orden.

Domingo saca un trozo de pan seco del bolsillo y se lo da.

Mientras Beltza pelea con el mendrugo entre sus patas delanteras, el pastor acaricia su pelo, revisa las orejas y le confiesa sus pensamientos como si hablara con quien jamás le traicionará.

—Esta temporada ha sido distinta. Nos esperan en casa, amigo.

El frío no cedió hasta casi el mes de abril.

La humedad y el azote brutal del aire gélido hicieron difícil atravesar la meseta árida y pedregosa.

También tuvo un par de tormentas peligrosas y algún que otro ataque de coyotes que, por fortuna, no les salió bien porque él permanecía en vigilia sin poder dormir.

Los partos durante el camino se habían retrasado más de lo habitual, pero le habían dado treinta y dos corderos que crecen bien.

Es una cifra suficiente para iniciar su propio rebaño, y Domingo se enreda en pensamientos hasta que decide que aún no ha llegado el momento.

La venta le dará una buena suma de dólares que servirá para saldar la deuda que tiene con su patrón.

No ha tenido noticias de Valentina. Cuando subió Cipri en el mes de abril, le dijo que ella estaba bien, que trabajaba haciendo sus pasteles y que frecuentaba a las mujeres.

En su opinión, parecía una de esas chicas muy capaces de resistir ausencias y daños.

Se sabe fuerte. Puede resolver problemas, pero quizá sea él quien después de conocerla se ha vuelto blando.

Le ha costado apartar los pensamientos de su cabeza.

Para mantenerse seguro en la montaña, conviene reservar el anhelo y la nostalgia.

Suspira y vuelve a silbar. Esta vez los sonidos son secos.

Los txakurrak se detienen y Beltza sale disparado hacia ellos.

Domingo mastica esa hierba que Tajui recoge.

El indio dice que es buena para el sueño y para los males del alma.

Desde que salió de su casa, se ha defendido de la añoranza de su esposa aplicándose una férrea disciplina.

Siempre hay trabajo que hacer, aunque el tiempo esta vez ha transcurrido tan lento que había días en que le parecía que la montaña lo había detenido.

No ha abandonado los apuntes de su cuaderno, y ya puede escribir algunas frases en inglés.

Ha tallado utensilios para la cocina, fuentes y cuencos, tenedores y cajas para guardar las legumbres.

Ha mirado las estrellas más que de costumbre, pero en este momento, cuando apenas quedan unas semanas para reencontrarse con ella, una ansiedad inaplazable se ha instalado en sus tripas.

Valentina se abre paso entre sus pensamientos sin permiso, está presente de la mañana a la noche, y él ya no es capaz de cerrar con voluntad la puerta por la que se cuela.

Se desespera pensando en la distancia que los separa y en ese deseo de ella que ya no desaparece.

Como si las montañas pudieran sentir su orfandad, una de aquellas tardes espesas en que el sol se ocultaba y el aire obligaba a cobijarse apareció Tajui.

Domingo no le oyó acercarse ni vislumbró su silueta hasta que no estuvo a unos centímetros de él, pero cuando lo reconoció no pudo evitar que sus ojos se humedecieran de emoción.

— Behene .

— Kaixo .

Los dos ponen sus manos en el pecho, a la altura del corazón, y sonríen. Sus gestos conforman un saludo único y definitivo. Domingo le ofrece café. Tajui saca de su zurrón unas hierbas que huelen a azucenas y a tomillo. El shoshone las agita en la mano y dibuja con ellas lo que parece una casa.

— House?

Domingo lo ha dicho espontáneamente. Podría haber utilizado etxea , pero ha dicho house porque lleva meses con el cuaderno, memorizando las palabras que se ha impuesto aprender. Tajui lo mira con curiosidad.

— For home .

Una luz atraviesa su cabeza. Se lo dijo Valentina, que los americanos tenían un nombre para una casa construida y otro para un hogar que cobija.

Cuando oyó eso, pensó que el inglés era un idioma sabio y acertado para hablar de las cosas que no tienen nombre hasta que alguien las intuye y las siente.

Las hierbas eran para su casa, la que era su hogar.

Él estaba lejos de allí, de su casa en Boise y de Ea, que quizá nunca había sido su hogar.

Tajui quiere averiguar si Domingo habla inglés.

Señala el fuego, la tienda, el cielo, las estrellas y el pastor repite feliz las palabras que sabe.

Tiene unos deseos irrefrenables de contarle a su amigo lo que ha sucedido en su vida, porque intuye que es el único que puede entenderle.

Le ha visto buscar, para su esposa, las piedras azules en el río.

Domingo baja la voz y empieza por el nombre de su mujer y por describirle su belleza.

Tajui parece entenderle, le palmea la espalda y sonríe cómplice.

— Where?

— Boise .

Con un palo dibuja en el suelo un pequeño plano que incluye la calle principal, la salida hacia el aserradero, la tienda cercana de los orientales y la taberna irlandesa. Hace una cruz y le señala su hogar.

Tajui se queda unos días. Le ayuda con el rebaño, caza para los dos y en la noche, junto al fuego, su compañía es un alivio para el pastor.

Ha averiguado que ha tenido otro hijo y que los mayores van al colegio y hablan inglés, pero también conservan sus costumbres ancestrales.

Su abuelo fue un gran cazador de búfalos, pero él prefiere la pesca, los ríos y los salmones.

A su manera, mantienen conversaciones que nadie entendería.

Cuando mira la luna, con él a su lado, no le urge pensar en Valentina.

A Tajui le preocupan la sequía y la situación de los pueblos hermanos que habitaban las llanuras.

Le cuenta que desde que los blancos mataron a los búfalos la tierra ya no quiere dar hierba y se muere.

También sus hermanos, que no pueden cazar, se mueren o enferman.

Domingo le escucha y anota en su cabeza lo que le dice.

Es americano, de uno de los pueblos que habitaban América cuando llegaron los españoles.

Pablo Ereño, al que le gustan las historias del pasado, dice que los blancos apenas tuvieron que utilizar sus armas, porque lo que mató a los indios americanos fueron las enfermedades que se trajeron de Europa.

Llega el momento de separarse. Tajui tiene que dirigirse a Twin Falls, la ciudad más cercana a las cascadas Shoshone.

Ese lugar es sagrado y necesario para su tribu: los shoshones agradecen los nacimientos y despiden a sus muertos bajo las caídas del agua de ese impresionante lugar.

Domingo asiente con la mano en el corazón, y con un gesto le dice que comprende que los nacidos en esa tierra den gracias a los dioses por las maravillas que les han concedido.

Él, a su manera, también agradece la geografía de su costa, la magia de la ermita de San Juan y los acantilados que escoltan los caminos.

El pastor vuelve a contar los días. Mira al cielo. Sabe exactamente la hora por la posición del sol, o por la manera en que ilumina las quebradas y los riscos. Se deja acunar por los reflejos dorados sobre las cumbres y se ocupa del rebaño mientras se siente el único hombre que habita esa tierra.