Un bosque de álamos en Idaho De nuevo la montaña #3
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De nuevo la montaña #3

—Domingo no quiere un trato especial. —Valentina sigue pensando en su esposo—. El patrón está loco por tener hijos. Se ablandará en cuanto conozca la noticia. En el fondo, Domingo y él se parecen. Son incansables, pero testarudos. No creo que sea un problema.

A pesar de las advertencias y de su confianza en aquella tierra, el verano llegó con sus rigores.

Se había pasado la vida vigilando si las nubes descargarían un día o al siguiente.

En su tierra, el agua estaba presente hasta en el mes de agosto, pero en Boise el calor calentaba la casa hasta convertirla en un horno y ni provocar corrientes servía para apagarlo.

El aire en las primeras horas de la tarde era tan espeso que resultaba difícil respirar.

Durante el día Valentina mantenía la casa en penumbra, los postigos cerrados, y solo abría la ventana que daba a la parte de atrás, donde los árboles sombreaban el terreno.

Valentina añoraba constantemente el mar, soñaba con él, y cuando el calor apretaba imaginaba que se sumergía en las aguas frías de la playa de Karraspio y se quedaba flotando, haciendo el muerto rodeada de peces plateados.

Como sustitución, llenaba la bañera de agua fría y se sumergía hasta que su piel se arrugaba.

—No es conveniente tomar baños en tu estado. El agua puede subir hasta donde está el bebé y ahogarlo.

Los consejos de las mujeres eran variados e imposibles.

Valentina alteró sus costumbres, madrugaba mucho y se acostaba pronto.

Aceptó un par de vestidos prestados, pues los suyos ya no le entraban.

Cocinaba menos, y optó por comprar un artilugio mecánico para hacer helados, casi el único alimento que le proporcionaba algo de placer.

Francisco la ayudaba. El chico estaba de vacaciones y le gustaba la cocina.

Juntos hacían helado de cualquier sabor, siempre siguiendo los consejos que había aprendido del libro de postres de la Parabere.

—Unas cuantas horas antes de hacer el helado es preciso llenar con agua bien fría el cubo que reviste la heladora, para que la madera se hinche.

Si está seca, el hielo derretido se escapará.

Y ten siempre en cuenta que una vez congeladas las cremas son más sosas, por lo que han de azucararse con generosidad.

El muchacho era el encargado de calcular la sal y el hielo que necesitaba la garrafa, y el que le daba a la manivela para mover las hélices que espesarían la crema.

Para finales de agosto, Valentina y su ayudante vendían helados a los que llegaban a su puerta.

Los clientes, todos conocidos, tenían una disculpa para vigilar a la embarazada, pero salían de aquella casa sin temores.

Estaba bien, y no parecía temer el parto.

Al atardecer, Valentina riega su huerta marchita y se sienta a esperar el frescor de la noche sin demasiada esperanza de que llegue.

Un murmullo de sonidos se levanta entre las calles: los automóviles, las risas y esa cantinela de chicharras e insectos que susurran y enmudecen a un ritmo desconocido, rodeándola con su primitiva melodía.

Está cansada, y la soledad le recuerda su peculiar situación.

Para distraerse, hace el repulgo de los pañales y los coloca doblados cuidadosamente en una alacena que le ha regalado Encarni.

Es una mujer joven que ha atravesado los mares para enamorarse de un pastor ausente.

La joven habla con su hijo. Está convencida de que será un varón.

Toca el vientre hinchado que sobresale de la bata que le regaló su patrona en Nueva York, nota cómo el bebé se mueve y, como si pudiera escucharla, le aconseja que se quede donde está hasta que su padre vuelva de las montañas.

La ausencia de Domingo es un puñal clavado en su corazón.

Ella intenta acostumbrarse aceptar que su vida será así, pero a veces abre el armario y busca su olor entre la ropa.

Y cuando cree que no va a poder llegar a la meta sin morirse, se acuesta y construye con la colcha un bulto que se asemeja a una persona.

Lo abraza como si se tratara de esa espalda que tanto necesita y cuenta los días que faltan para sentir su piel.

Su reloj interno la despierta con la urgencia de vaciar su vejiga.

El sol no ha salido, pero está a punto de hacerlo.

Una claridad lechosa se derrama sobre las calles de Boise, casi igual a la de aquel día de marzo en que su marido partió a la montaña.

Esa noche también se preguntó qué había en aquel hombre a quien no acababa de comprender.

Valentina se sienta junto a la ventana. Se palpa el vientre y musita su nana…

Aurtxo polita seaskan dago … Espera a que el cielo se tiña de rojos y naranjas, como el día en que Domingo partió.

Descorre la cortina y deja las yemas de los dedos sobre el pespunte que cosió para su hogar.

De pronto, la calle vacía y esos ojos que la memoria tiene lo ven como aquel día: un jinete esbelto cabalga alejándose.

Ella lo mira, murmura palabras que solo él ha escuchado de su boca. No quiere olvidar esa figura que le pertenece y que no sabe si algún día descubrirá del todo.

— Zure zain egongo naiz, maitia [46] .