De nuevo la montaña #2
Las letras quedan impresas en el chocolate gracias a un ejercicio de concentración y disciplina.
Encajar las noticias y escribir un mensaje con mantequilla batida no le ha resultado sencillo.
Viviendo lejos, los cambios políticos avivan la incertidumbre.
Quizá sea bueno para España, pero quizá no.
Valentina piensa que si su hijo no estuviera en el vientre habría corrido al Jai Alai para escuchar a las demás, pero el embarazo la rodea de prudencia.
Se ha vuelto paciente y dócil, y según avanzan las semanas se siente mejor.
Clara estará feliz: las conquistas que le interesan podrían darse con un Gobierno más liberal.
Luego, a su cabeza vuelve Domingo. Se le acumulan las cosas importantes, esas que ella le contaría apoyando la cabeza en su pecho cuando acabara el día.
Pero su marido está allá arriba. Se hace la señal de la cruz y termina la tarta.
Aún debe hornear un par de bizcochos mientras espera a Francisco.
Las mujeres se reúnen una vez al mes. Algunas llevan sus labores y bordan o tejen mientras hablan.
Es el club de calceta, ese tiempo en que todas se comportan como si de un momento a otro subieran del puerto las mujeres que cosen las redes para avisarlas de la llegada de los arrantzales .
Valentina es la encargada de aportar algo dulce para amenizar esa tarde.
Coloca sus delicias sobre una mesa larga formada con tableros.
Ese mes de abril, la cita es en el salón parroquial.
La presidenta del club, Juanita Corta, anuncia lo que ha sucedido en la vida de la comunidad de los vascos de Boise.
Comunica que el cuerpo de Ignacio Gaztanaga ha aparecido con el deshielo en una garganta de Sawtooth y que ha sido Juan Uxue quien lo ha encontrado.
Los rumores apuntan a que el pastor había resbalado, con tan mala suerte que debió de partirse un hueso de la pierna.
No pudo moverse ni pedir auxilio. Nadie le hubiera escuchado.
En voz baja, a su lado, una chica de Bermeo le dice a Valentina que ha oído que los buitres le habían devorado y que lo reconocieron por la ropa que llevaba.
Ella traga saliva y reza un avemaría a su Virgen para que proteja a su marido.
Las noticias procedentes de las montañas le hacen daño.
Aún no está acostumbrada, ni tiene la fortaleza de las que llevan años con el esposo en el oficio.
Muchas han sido antes mujeres de marinos y no les extrañan las prolongadas ausencias de sus maridos.
De pronto le parece escuchar su nombre. Juanita, desde una esquina de la sala, está anunciando que Valentina se encuentra en estado de buena esperanza.
Las mujeres se acercan a darle la enhorabuena y a ofrecerle consejos y buenos augurios.
Muestran sus ojos centelleantes de peculiar alegría.
Se vuelven dulces, madres, serviciales. A Valentina se le humedecen los ojos.
La generosidad que le muestran le resulta desconocida, como si por primera vez perteneciera a una familia de las que no sueltan la mano de quienes pertenecen a ella.
Apenas conoce a muchas de las mujeres, y no todas son iguales.
Algunas tienen el ceño adusto, o un gesto de lejanía o extrañeza, pero igualmente han pasado a saludarla, a apretar su mano o palmearle la espalda.
Está conmovida. No tiene que preocuparse: ellas estarán a su lado.
Con el café y los dulces, Victoria pide silencio y permiso para leer una carta que le ha enviado su cuñada.
Sale a relucir la recién instaurada República, y los semblantes cambian.
Algunas de las mujeres están al corriente de las noticias que llegan de España; unas se alegran de perder de vista al rey y otras temen que los cambios afecten a la maltrecha economía de los suyos.
—Aquí tenemos las noticias trasnochadas. No nos sirven. En Nueva York tienen La Prensa , que se publica en español e informa de todo lo que nos atañe. En el Modern Hotel lo reciben una vez por semana. Habrá que ir allí.
Al llegar a casa, Valentina escribe a Mariana y a Clara.
Les cuenta que es muy feliz y que espera un bebé.
Si es niño, como ambas se habían prometido, le pondrán Nicolás, y si es niña, Mariana, pero ella cree que será un varón.
Relee lo escrito. Sus palabras informan, pero no cuentan lo que su corazón siente.
Esos miles de kilómetros de tierra y mar que la separan de ellas devorarían la verdad de sus sentimientos, haciéndolos incomprensibles, así que escribe cosas sencillas que Mariana entienda.
Hoy he hecho una purrusalda. La calabaza no es la misma que la de allí, y conseguir el aceite de oliva es imposible.
En realidad, aunque sigas una receta al pie de la letra, no sabe igual.
Se parece, pero no es lo mismo. Hay cosas que se me olvidan.
Ya no recuerdo el olor del salitre, ni el sabor de ese besugo que tú cocinabas tan bien, con su refrito de ajos y sus guindillas, pero si cierro los ojos y pienso en ti mi corazón me lleva hasta Gernika, y te juro que puedo escuchar el ruido que hacen las sillas cuando las movemos para barrer.
Haz el favor de explicarme todo lo que puedas, y lo que no puedas inténtalo.
Tus cartas tardan una eternidad, así que esfuérzate, amiga.
En casa de Milagros se termina por fin la colcha.
Comienzan a coser camisillas con costura francesa para que la piel del recién nacido no sufra y parten metros de un algodón rugoso para hacer pañales.
Las agujas de muchas mujeres tejen patucos y chaquetitas, capotas y mantillas que Valentina guarda en los cajones con bolas de lavanda y ramitas de orégano.
Un dulce bienestar la envuelve mientras pasan los días, como si la criatura le fuera administrando unas gotas de láudano.
La bolsita en la que guardaba el fruto de su trabajo está repleta de dólares, y de vez en cuando los cuenta y recuenta para saber lo cerca que va de recuperar la vida de su marido saldando la deuda con el patrón.
Cipri y Ángeles se acercan a verla los domingos que les es posible. Ángeles se sienta junto a ella y ambas toman una limonada helada mientras Cipri se ocupa de la huerta o de lo que necesite la mano de un hombre.
—¿Estás segura de que no quieres que suba a contárselo?
—Lo estoy. Domingo se pondría nervioso y querría estar conmigo… ¿Lo saben en el Creek Valley Ranch?
—Ninguno de nosotros se lo ha dicho a Jeff Peterssen, pero tú sabes que las noticias no se detienen.
—Si él no lo manda bajar, no lo haré yo.
—¿Y cuando te pongas de parto?
—Todo está previsto. El hijo de Milagros se quedará conmigo el mes de septiembre. Él llamará a Estela, la comadrona, si es necesario. Pero a primeros, cuando el médico me vea, le escribiré una carta. Imagino que él ya estará cerca para entonces.
—Yo me quedaré con el rebaño. No te preocupes. Parece que este año el calor se adelanta y viene fuerte. Me han dicho que en las llanuras los campos se agostan… Veremos.