De nuevo la montaña
De nuevo la montaña
VALENTINA Y DOMINGO
La meteorología determina la vida de quienes dependen de la naturaleza, y este año la nieve permanece esperando una primavera que desentumezca los huesos.
Después de estudiar las rutas, Jeff Peterssen decidió la fecha y el lugar para llevar el rebaño a los pastos altos.
Hay zonas cercanas a Bruneau y a Mountain Home, al sur del río Snake, cuyas rutas están transitables y son abundantes en pastos.
Domingo conoce bien la zona. Ha recorrido casi todo el territorio de Idaho, pero a donde se dirige es al lugar donde pastaban los rebaños del afamado Bengoechea, aquel hombre de Bedarona de cuya existencia ya sabía aun antes de cruzar el Atlántico.
Cabalga despacio. Conoce el terreno, y su único temor es encontrar que otros pastores se le hayan adelantado.
Una ardilla lo mira temerosa e inmóvil. Tiene una piña atrapada entre las patas; la avaricia y la cautela pugnan por una decisión.
El pastor suspira. Se reencuentra con esa naturaleza que a lo largo de los años ha aprendido a amar.
Avanza hacia un riachuelo donde abunda una sabrosa especie de cangrejos.
Si mira al cielo puede avistar las aves que van y vienen del frío al calor, y la sola contemplación de su vuelo le proporciona una felicidad liviana como la brisa.
Lleva un par de semanas fuera de su hogar y, aunque el reencuentro con su vida de aislamiento en la montaña aún le brinda momentos de dicha, no solo es su cabeza la que se aleja, sino también su cuerpo.
Hasta ese momento, nunca había tenido problemas para dormir.
El sueño venía dócil a reparar el cansancio o el aburrimiento, y ni tan siquiera el incómodo catre le impedía descansar.
Pero a partir de la primera semana Domingo siente que no es el mismo.
Rendido, se tiende y cierra los ojos, pero su cabeza se ha acostumbrado a Valentina y sus manos tantean a su alrededor buscándola.
Es entonces cuando se despierta y ya no logra conciliar el sueño hasta el amanecer.
Una marea de preguntas le aplastan el pecho, acorralándolo.
¿Qué estará haciendo Valentina? ¿Habrá suficiente leña cortada?
¿Qué ha podido decirle el médico acerca de su cansancio?
Un cielo limpio y un aire glacial permanecen durante todo el día, y solo cuando oscurece la montaña guarda silencio.
El pastor está ocupado en mantener alerta su instinto.
Sabe que, al menos, hasta que llegue la madrugada no nevará.
La nieve suele anunciarse pintando el cielo de extraños colores.
Hay que temer la oscuridad verdosa que anuncia tormenta o el cielo azul sembrado de cúmulos blancos que casi pueden tocarse en el horizonte.
Hace unos años, en aquella misma zona, concretamente en las laderas altas, unos suecos y daneses calzados con unas planchas de madera surcaban la nieve y bajaban las pendientes sin esfuerzo alguno.
Su patrón le explicó que en los países del norte de Europa, especialmente en Noruega, la gente utilizaba ese modo de transporte debido a la abundante nieve que bloqueaba las carreteras durante meses, y que en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1924 reconocieron el esquí como deporte olímpico.
Domingo ha escuchado rumores de empresarios que quieren hacer en las cimas lugares de recreo para esas prácticas.
Si es así, los pastores tendrán que buscar pastos en otras zonas.
El progreso hace más fácil la vida, pero quien no conoce la montaña acostumbra a maltratarla.
Los animales huyen de los cazadores sin alma, y hace tiempo que las grandes manadas de búfalos que poblaban las praderas desaparecieron.
Sube la colina, donde la hierba pugna por deshacerse de un manto de nieve frágil y quebradizo.
Escucha su respiración y el jadeo de su caballo.
Beltza está concentrado en que no se desorienten las ovejas.
El pastor sopesa y calcula. Es un buen lugar para el rebaño, el río está cerca y el pasto es fresco.
Se apea del caballo, silba, emite unos sonidos que sus perros conocen.
Aparta la nieve y los cantos de la superficie donde pondrá su tienda, abre el catre y cava un agujero donde meter la leña seca que ha ido atrapando entre los árboles para hacer un friego.
Se cerciora de que todo está en orden y vigila un puñado de pinos desde donde podrían atacar los coyotes.
Mientras prepara su refugio recuerda que hace unos meses llevaba en su pecho la foto de Valentina para soñarla.
Ya no la necesita: a su cabeza acuden las imágenes de ella riendo, concentrada en la cocina, sujetando su pelo en una trenza…
Ve sus manos pequeñas, ágiles, eficientes, su boca y sobre todo sus ojos, tan parecidos al color del mar de su tierra.
Recordarla le duele y le conforta al mismo tiempo.
Le duele porque no puede estar ahí para protegerla; él se siente su escudo, el único que conoce la suavidad de su piel.
Ahora comprende que todos los animales se comportan de la misma manera, aunque solo los seres humanos son capaces de amar y entenderse.
La aleja de su pensamiento ayudado por tres suspiros profundos y el cuaderno saca de su morral.
Se lo ha prometido: cada día cinco palabras.
Mira al cielo, sky , unas estrellas brillantes y numerosas cuajan el firmamento como las bombillas que encienden en las romerías.
No sabe cómo se dice «inmensidad» en inglés, izugarritasuna , murmura en voz baja, o quizá izarren izugarritasuna … La inmensidad de las estrellas.
Cuando cierra los ojos, la siente e imagina a su lado. No cede a la tentación de abrazarla. Sabe que no está allí, y que si piensa en ella no conseguirá dormir.
Valentina se queda en la cama cuando despierta.
Le hace falta tiempo para acostumbrarse al silencio y a la certeza de la soledad que reina en la casa.
Escucha el cacareo de las gallinas, el sonido del viento, el ruido de los automóviles que pasan al otro lado de la calle.
Pone las manos sobre su vientre y las gira, dándose un pequeño masaje. Es un saludo a lo que engendra.
Una semana después de que Domingo partiera, acudió a la consulta del doctor Pettinger.
Tuvo que hacer un esfuerzo infinito para dejarse examinar, pero el médico chapurreaba una divertida mezcla de idiomas y, aunque le hizo infinidad de preguntas, su simpatía la tranquilizó.
Él quería saber cuándo había tenido su último periodo y Valentina no lo recordaba, aunque tenía la impresión de que hacía tiempo que no utilizaba sus paños.
La enfermera le pidió una muestra de orina.
—Señora Arsuaga, todo parece indicar que pudiera estar embarazada —le dijo el doctor Pettinger—. Haremos la prueba de la rana.
—¿La prueba de la rana? ¿Eso duele?
—A usted no, a la rana quizá. La ciencia adelanta y nos ofrece la posibilidad de saber si espera un hijo gracias a una rana a la que le inyectaremos su orina. Si desova entre seis y doce horas después, sabremos que tendrá usted que cuidarse, dormir y alimentarse bien para que el niño llegue sano.
El médico la emplazó para una nueva visita tres días después.
El tiempo de espera le resultó extraño, como si el hecho de saber que un hijo trataba de formarse en su vientre la alejara de todo para concentrarse en ello.
Enajenada pero feliz, tenía miedo de abrir demasiado las piernas, estornudar o darse la vuelta en la cama.
Hablar del embarazo no era una opción recomendable.
Casi nadie lo hacía; no estaba bien visto, y solo cuando el cambio físico era evidente se admitía.
Una mujer preñada pregonaba a los cuatro vientos que tenía relaciones sexuales.
Debía esperar al resultado para contárselo a Encarni o a Milagros.
Las mujeres responderían a sus preguntas, sobre todo Estela, la comadrona que vivía en la misma calle que Encarni.
Como le había aconsejado el médico, hizo memoria, revisó su ropa interior y trató de recordar su último periodo.
Tras un exhaustivo repaso a su vida, calculó que hacía casi tres meses que no sangraba.
A la última menstruación había que añadirle doscientos ochenta días para estimar la fecha del parto, y sus cálculos la estremecieron.
Era martes, 14 de abril, cuando el doctor le confirmó su estado de buena esperanza.
Su hijo nacería en septiembre, probablemente antes de que Domingo entregara el rebaño.
Valentina siguió adelante con su vida, consciente de que su marido le había dejado aquella semilla para acompañarla.
Los encargos se le acumulan. Los moldes con forma de flor de lis y de racimo de uvas que provenían del Palacio Iribarren son un éxito.
El hijo de Milagros, Francisco, se ha ofrecido a repartir los pedidos después de la escuela a cambio de un dinero y las propinas.
Habla inglés y es un muchacho eficiente.
Valentina enciende la radio, se pone el delantal y dispone en la mesa los ingredientes para la tarta de chocolate que la señora Middleton le ha encargado para su hijo.
Ha dejado el bizcocho preparado, así que solo tiene que emborracharlo levemente con un almíbar de ron, añadir el relleno de mermelada y decorar la tarta.
No presta atención a nada que no sean sus manos, pero las voces que reparte la radio despistan su soledad.
Revisa si la manga pastelera tiene la boquilla adecuada para escribir Happy birthday con la mantequilla batida, y es entonces cuando en el noticiero informativo una voz anuncia que en España se ha proclamado la República y que el rey Alfonso XIII se prepara para salir del país.
Valentina escucha que la primera ciudad que ha anunciado el cambio de gobierno ha sido Eibar.