Una radio para entretener la ausencia #2
—No tenías que gastar más dinero. Tengo mucho que hacer y no me dará tiempo a echarte en falta. Pero… he de confesar que estaba en mis pensamientos tener una radio tan bonita como esta. Gracias.
Miente cuando le dice que no lo echará en falta.
No puede confesarle que el tiempo a su lado se escapa como si tuviera alas, ni que se siente atada a él de una manera que ni tan siquiera puede entender.
No puede decirle que nunca confió en nadie como confía en él, que le gusta pertenecerle y que, a su manera, él sea suyo.
Sabe que en cuanto salga por la puerta se le abrirá un agujero en el pecho, pero Domingo debe partir tranquilo.
Tiene a Milagros, a Encarni y a todas las mujeres de su tierra que viven en Grove Street, pero soltarlo, dejar que vuele a su aire esa cometa, le tiene el estómago encogido.
Esos días ha venido a su cabeza la imagen de Pedro, el pescador al que el mar se tragó.
Ha oído decir a las mujeres que la montaña puede devorar a los pastores.
Están solos frente a una naturaleza que no admite tonterías.
Una noche de tormenta, vientos que aparecen de pronto, brumas que esconden peligros…
Sí, tiene miedo de la montaña, y de ese pico Hyndman que se alza a tres mil metros de la llanura.
Hace días que no se siente bien. Cuando se mira al espejo ve la piel oscurecida alrededor de los ojos.
Espera a que él no pueda verla para ponerse paños fríos en la frente, meter los pies en agua helada con sal y darse friegas con alcohol de romero, pero el cansancio persiste y él ya le ha dicho un par de veces que tiene mala cara y que quizá sea conveniente visitar al doctor.
Ella solo puede pensar en que su marido se va para varios meses.
Domingo se centra en la radio. Gira el botón a derecha e izquierda hasta que, como por arte de magia, sale una voz cantarina.
Su mujer pega un respingo. Inmóviles, escuchan tratando de atrapar las palabras primero, de traducirlas en su cabeza después, para finalmente comprenderlas.
Valentina asiente. A Domingo le parece que el locutor habla con la velocidad de un purasangre; apenas le da tiempo a atrapar media docena de palabras.
Valentina ha recibido una nueva oferta de trabajo.
El Modern Hotel, otro establecimiento creado por dos pastores que perdieron su rebaño en la Gran Depresión, quiere que trabaje para ellos.
Su sueldo sería bastante mejor que el que tiene en el Jai Alai, y le permitirían seguir con sus encargos de repostería.
Se lo cuenta haciéndole ver la oportunidad que suponen unas condiciones como esas, y le advierte que no tomará una decisión sin su aprobación.
Pero Domingo arruga la frente y durante unos segundos permanece silencioso, removiendo la sopa.
Se frota la cara, suspira, y para ese momento su esposa sabe que la lealtad de su hombre es algo que está fuera de cualquier negociación.
—No me gustaría que trabajaras en el Modern.
—Pues no se hable más.
El pastor se siente atado a Encarni y a su marido Pablo.
No quiere que su matrimonio interfiera en su amistad.
Es la primera vez que encuentra una barrera que no podrá superar.
Ella no le ha contado que en el Modern han traído unas vitrinas frigoríficas de la marca York en las que quieren exponer pasteles y dulces.
A ella le gustaría llenar ese espacio, y Ángeles, la dueña, es una mujer que sabe lo que hace.
Al otro lado de la ciudad dos mujeres francesas han abierto una patisserie y su fama empieza a circular por toda Boise.
Los dos rumian sus pensamientos. Valentina sabe que una mujer debe ser leal a su marido, pero renunciar a la oferta que le han hecho le parece una estupidez.
Adora a Domingo, pero él no tiene la misma visión de la vida que ella.
Mariana le dijo más de una vez que a los hombres había que contarles poco y al revés, pero ella no quiere enfrentarse y abrir un vacío entre ellos.
Tiene fe en crear algún negocio estable en la ciudad, como han hecho otros.
Los alemanes hacen salchichas, los franceses se han quedado con los salones de belleza y los chinos poseen los almacenes de ropa.
Ella sueña con una pastelería como las que vio en Bilbao.
Haría pasteles pequeños, como los de Arrese, pastas de té o tartas, y Domingo podría quedarse en la ciudad y buscar trabajo en los ranchos cercanos.
Esa noche evitan pisar terrenos pantanosos.
Recogen la mesa y mencionan tonterías que no les importan.
Se acuestan antes que otros días. Hace frío en la habitación, a pesar de que han dejado la estufa encendida para que se caldee.
Permanecen muy juntos. Él le frota los pies fríos y ella recorre su cuello con los labios para evitar cualquier pensamiento que no sea su cuerpo.
Hacen el amor casi en silencio, con una pizca de urgencia y desesperación para luego guardar lo sentido.
Pero Valentina sabe que en unas horas él se irá y le viene a la memoria una de las chicas que trabajaban en el palacio.
Nunca ha podido olvidar sus gritos cuando vinieron a avisarla de que su joven marido se había ahogado.
Se pega más a Domingo y le pide que le hable de la montaña.
Quiere saber qué palabras escoge para describirla.
Domingo desconoce el alcance del temor que ocupa a su enamorada, pero algo percibe, y comienza hablándole de las hierbas y flores que crecen a muchos metros de donde se encuentran.
Le habla de una especie de azucenas que florecen cerca de los torrentes, de su olor embriagador y del color de sus pétalos, un azul que se parece al cielo de los veranos.
Le habla de Tajui, de las hierbas que él conoce y que curan, y también de esos artilugios para la cocina que ella le ha dibujado para que los talle con la madera de los álamos temblones.
Valentina se aferra a esa voz que sabe que añorará hasta que le duela el corazón, y le pide a la Virgen de la Antigua que le cuide, que le proteja de los osos, de las serpientes que dice que se arrastran bajo las piedras y de los coyotes.
Hace especial hincapié en rogarle que su pastor no resbale en las sendas peligrosas, en los riscos y en las noches de tormenta.
Él percibe que el abrazo de su mujer se hace más intenso estos días. Lo sabe porque sus manos se clavan en su pecho como si necesitara hacerle prisionero. Sabe que el olor de las azucenas que ha descrito no la ha distraído lo suficiente y la acaricia, mintiéndole para tranquilizarla.
—Ya verás lo deprisa que pasa el tiempo…
Y luego le recuerda que visite al doctor Pettinger y que le hable de cómo se siente.
Domingo le ha enseñado los recibos del seguro médico que posee.
Pertenece a la Sociedad de Socorros Mutuos, la primera que formaron y sostuvieron con sus cuotas los vascos de Idaho.
Le dice que si necesita algo se ponga en contacto con Jack Anduiza.
Valentina sabe poco o nada de la historia de esa emigración que han hecho los pueblos marineros de Vizcaya y se sorprende al conocer que los pastores estuvieran tan organizados.
La sociedad se había creado en 1908, cuando varias pensiones vascas acordaron que necesitaban crear una sociedad de ayuda mutua en la que cada miembro debía pagar una cuota para cubrir gastos relacionados con emergencias, accidentes y funerales.
Muchos no podían atender los imprevistos por hallarse en mala situación económica.
Los doctores de Boise, Pettinger y Collister, se encargan de asistir a sus miembros.
Las mujeres tienen derecho a una cama gratuita en caso de caridad o pobreza.
Valentina le asegura que así lo hará, y poco a poco ambos encuentran la paz y se duermen.
Antes de que salga el sol, Domingo se levanta de la cama y empieza a preparar su bolsa.
Lo hubiera hecho ella, pero el pastor se lo ha prohibido.
Mientras se afeita, Valentina entra en el baño y, sin poder evitar una pizca de desesperación, se agarra a su cintura.
Su marido tiene el pelo revuelto y el sueño todavía le envuelve.
Se detiene durante unos segundos, pero se sigue afeitando hasta que ella termina pegada a su cuerpo, meciéndose al compás de una música inexistente.
Valentina experimenta uno de esos momentos en que siente la intensidad de su amor y necesita y pide un milagro: «Que no se vaya».
Ruega con esa fe infantil que aún la sostiene.
Domingo cubre sus manos con las suyas sin encontrar las palabras que necesita.
Ambos suspiran hasta que por fin ella se despega de su espalda y camina con paso vacilante hacia la cocina.
Ha preparado unos bizcochos de nueces de los que a él tanto le gustan y ha envuelto en un paño de lino un queso bien curado.
En un cuenco de barro, tapado con una de las servilletas bordadas del palacio, lleva mantequilla batida con azúcar.
No importa que en el rancho le preparen las vituallas necesarias para meses: ella ha dispuesto todo eso para que la recuerde cuando unte el pan, cuando acompañe el café con esos dulces.
En cada uno de los paquetes que le entrega ha metido un papelito con palabras de amor en letras mayúsculas que él no sabe que lleva.
Se demoran, se apuran, se abrazan, se confortan… hasta que Domingo la retira con suavidad y va en busca del caballo para cargarlo.
Valentina no le acompaña. No quiere verle partir.
Cierra la puerta y se queda escuchando los sonidos del amanecer. Reza, pero eso no evita que sienta que un agujero en sus tripas la succiona como un vendaval.
Cede a la tentación, se acerca a la ventana y descorre la cortina. Ve la silueta de su marido cabalgando hacia el sol, y el corazón está a punto de salírsele del pecho. Va a ser difícil que esa imagen le dure hasta el mes de septiembre.