Una radio para entretener la ausencia
Una radio para entretener la ausencia
VALENTINA Y DOMINGO
La tierra de Boise tiene escasos periodos de fertilidad, y las semillas que plantó Valentina con tanta esperanza apenas prosperaron.
En verano, la temperatura durante el día resulta sofocante, y por la noche hace un frío inesperado y desconocido para su cuerpo.
Ella imaginaba que los desiertos eran solo de arena, con dunas y camellos como los de las imágenes de la tierra sagrada de la que vinieron los Reyes Magos que le enseñó el maestro.
Boise es casi un desierto, aunque no haya dunas; la tierra en esta época es un secarral, y si por la mañana hay cuarenta grados, por la noche no llega a cinco y hay que abrigarse.
El invierno, por el contrario, es helador, y ni la salamandra de leña ni la chimenea encendida son capaces de caldear esa casa por cuyas rendijas se cuela el frío.
A Valentina, que ha permanecido un buen rato mirando la blancura de la nieve aún sin pisar, le cuesta caminar sin caerse.
Sus botas son fuertes, pero le pesa todo lo que se pone encima para no congelarse.
Todavía no sabe si le gustará la primavera, ni si algún día se acostumbrará a las infernales temperaturas del verano.
Las ovejas ya han comenzado a parir, y las más de mil cabezas siempre tienen necesidades.
Algunas rechazan a sus corderos y hay que alimentarlos como si fueran bebés.
Es el momento más frágil, y es conveniente vigilar que no tengan parásitos.
Domingo piensa en ello todos los días: el momento de partir a la montaña se acerca, y por eso el rebaño tiene que estar fuerte.
Domingo levanta la azada de su pequeño trozo de tierra y mira las montañas.
Sabe que le esperan. Beltza corretea a su alrededor inquieto, como si adivinara los pensamientos de su amo: hay que partir.
A veces se detiene, y el pastor hace amago de atraparlo; el perro corre veloz unos metros y vuelve a detenerse a escasos centímetros.
Lo mira con ojos suplicantes, y él le rasca en los lomos traseros soportando sus lametazos.
Cuando Valentina contempla esas escenas de cariño entre su marido y su fiel collie la invade la ternura.
A él no le gusta saberse observado, y por eso ella disimula dándole la espalda para que no advierta la emoción en sus ojos.
Domingo da órdenes al perro con voz autoritaria y le impide acercarse.
A Valentina le apena que el animal no perciba, como ella, que el pastor es incapaz de mostrar su ternura en público, porque si lo hace se siente vulnerable como un tullido.
Su marido es la perla de una ostra que el destino y la soledad engulleron.
Valentina trabaja hoy en el hotel y no llegará hasta las cuatro.
Domingo quiere sorprenderla, así que se apura para terminar la huerta y dar de comer a las seis gallinas en el corral que él mismo ha construido.
Lleva semanas organizando la casa, tratando de que ella no tenga más trabajo del que ya tiene.
Le ha encargado a Cipri que pase a ver si necesita algo una vez por semana, pero todo le parece insuficiente.
No sabe qué hacer para que no se sienta sola cuando él se vaya.
Al principio contempló la idea de traerle uno de los cachorros que había tenido la perra de Arrieta, pero estaban las gallinas y la huerta.
Se le ocurrió algo mejor. Su mujer se trae los periódicos viejos y los relee con avidez.
Le cuenta de la radio de Milagros y de lo que aprende de los concursos que emite el artilugio.
A ella le interesa todo: los nuevos descubrimientos, los avances médicos, las guerras o los derrocamientos de los Gobiernos…
Le preocupa lo que pasa en España, y a veces le parece que ha dejado un pie allá.
Su amiga Clara le ha enviado una larga carta de siete pliegos de un papel tan fino que Valentina temía romperlo solo con leerlo.
Ella sí le cuenta cosas interesantes: le habla de la recepción que se le ofreció en el Hotel Excelsior de Bilbao a Miguel de Unamuno cuando volvió de su exilio en Francia, de Clara Campoamor y del sufragio femenino, y la informa de que en América las mujeres votan desde 1920, pero solo si son blancas.
Desde que Domingo está con Valentina el mundo ha empezado a conformarse en su cabeza, y es consciente de que no solo existe lo que se ve y se toca, sino que los acontecimientos hacen que la balanza se incline hacia un lado u otro.
Él ya sabía que un marino está atento a las mareas, los vientos y los temporales, y que en la montaña se vigila el suelo que se pisa, las nubes que se forman y la fuerza de los ríos en el deshielo, pero al lado de Valentina ha descubierto que en su corazón existe un vasto territorio sin explorar.
Por esas razones, quiere regalarle una radio como la que hay en el rancho de los Goitia o en la casa donde cose esa colcha infinita hecha con pedacitos de paciencia.
Hizo el encargo en el almacén de Ferguson, y hoy es el día que debe recogerla.
Cuando entra en la casa, pasa de largo e ignora lo que Valentina ha ido dejando encima de la mesa.
Su mujer no es capaz de entender que en la montaña no se necesitan más que un par de camisas y que es mejor viajar ligero.
Posa sus ojos en lo que ha preparado y sonríe al ver los cuadernos, el lápiz y ese libro que le regaló el patrón y que no ha conseguido leer.
Camina hacia el centro de Boise acompañado de su fiel Beltza, y al pasar por la iglesia del Buen Pastor se santigua.
No es un hombre religioso, la vida misma le lleva demasiado tiempo y esfuerzo como para rezar pidiendo a Dios más de lo que puede dar, pero su madre le enseñó a arrodillarse y a pedirle al Todopoderoso que devolviera a su hermana a la cuna que nunca debió abandonar.
Todavía hoy es capaz de recordar el piececito marcado con una estrella púrpura agitándose mientras su madre la amamantaba.
Quizá aquellos desesperantes ruegos le alejaron de la fe en un Dios que permanecía ajeno al dolor lacerante de una madre.
Valentina tiene sus creencias, aunque no hablan de ellas ni le pide que las siga.
Hace unas semanas acudió a un bautizo y mostró el respeto que se debe a los que creen a pies juntillas que todo lo que se bendice es eterno; lo hizo por ellos y porque su mujer se lo pidió.
En el almacén de Ferguson le enseñan la radio.
Es bastante más voluminosa de lo que parecía en el catálogo que le mostraron; debería haber pensado en una camioneta para trasladarla.
Calcula si podrá abrazar su volumen y escucha con atención las instrucciones de funcionamiento que le explica el americano con paciencia y gestos.
Enchufar, plug in ; desenchufar, unplug ; encender, turn on ; apagar, turn off…
. Se siente seguro apoderándose de esas palabras clave que memoriza y repite mientras vuelve a casa.
Ya no las olvidará, porque sabe que la lengua se fija cuando inmortaliza los momentos preciosos de la vida.
Algunos hijos de compañeros y amigos hablan inglés perfectamente porque van a la escuela y allí eso es lo que se habla, y cuando llegan a casa se dirigen a sus padres en euskera casi sin darse cuenta.
Eso es lo que él querría hacer y en lo que Valentina se empeña.
Ahora, cuando llegue, le dirá lo del plug in y el unplug .
Abrazado a la voluminosa radio, camina mirando de nuevo las montañas aún coronadas de nieve.
No quiere irse, pero debe reconocer que las anhela.
Avanza con lentitud hasta que ve su hogar al final de la calle.
Boise crece, y en solo unos meses han levantado un par de viviendas de tres pisos que probablemente estarán ocupadas cuando él vuelva en septiembre.
La economía muerde con más ahínco a los habitantes de las grandes ciudades, y el oeste aún puede ofrecer posibilidades a pesar de la sequía que empieza a sentirse en las grandes llanuras del suroeste.
Valentina está en la cocina cuando él llega cargado con el paquete. Por un par de dólares más, le ha puesto una funda de tela para evitar que le entre polvo.
—¿Qué traes?
—Es para ti. Acércate, mujer.
Ella se seca las manos con un paño y mira con curiosidad a su marido.
Él está expectante, como un niño que no puede esperar.
La caja es demasiado grande como para adivinar lo que contiene.
De su interior Domingo saca lo que parece un pequeño mueble con patitas de madera, semioculto por la funda que lo cubre.
Valentina se adelanta a levantarla y abre mucho los ojos, fascinada por lo que ve.
El modelo de radio es una Philco 77 Lowboy, y en la parte de arriba tiene una superficie semejante a una mesita.
Su marido busca un enchufe y menciona las palabras mágicas: plug in, unplug , y turn on, turn off .
Ella permanece sorprendida y expectante hasta que, al girar una ruedecita, una melodía se expande por el salón.
Valentina salta al cuello de Domingo y lo cubre de besos.
Un pensamiento cruza su mente: es la mujer más feliz del mundo.
—No quiero que te sientas sola.
Las palabras se hunden en su pecho como si llevaran un cuchillo entre los dientes.
Le rodea la cintura con los brazos, cierra los ojos y le susurra su cariño con palabras inventadas, alardeando de un valor del que tendrá que hacer uso.
Con todas sus fuerzas le ruega a su Virgen que le permita recordar este momento cuando él no esté, sentir la fuerza de esa espalda grande donde se estrellan todas las tristezas.
Lo pide con verdadera devoción, porque Valentina sabe que las emociones no se recuerdan como se sienten, sino como ella se las cuenta a sí misma para revivirlas.