Un bosque de álamos en Idaho La vida cotidiana #2
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La vida cotidiana #2

Domingo le habla de los muebles de caoba, de las alfombras y del lujo de ese edificio rodeado de jardines al que su cabeza se traslada cada vez que piensa en dejar de ser pastor. Le ha prometido a Valentina llevarla a una de sus bonitas habitaciones, y lo hará.

—¿Qué hizo para arruinarse?

El pastor ha oído la historia decenas de veces.

No siempre es la misma, cambia según quien la cuenta.

Los ganaderos dicen que durante la Primera Guerra Mundial los alimentos escaseaban y las ovejas subieron de precio, haciendo ricos a los que poseían grandes rebaños.

Deslumbrados por el éxito, cuando llegó el armisticio algunos siguieron invirtiendo en ovejas pensando que una Europa hambrienta las necesitaría.

Sin embargo, el mercado se estancó, la lana bajó de precio y muchos se arruinaron, arrastrando con ellos a los bancos.

En Boise fueron más de veinticinco. Bengoechea había prestado mucho dinero a pequeños ovejeros y no pudo compensar la deuda.

—¿Qué pasó con el hotel?

—Se lo quedó la Western Loan, y esta se lo vendió a Víctor Yturri, de Errigoiti, cuya mujer está emparentada con los Bengoechea. Se dice que no va tan bien como debiera…

—Y tú… ¿has pensado en comprarlo?

—Yo en lo que pienso es en que no resistiré seis meses en la montaña sin poder abrazarte.

Los trabajadores vascos han llegado a un acuerdo con el patrón: hasta el mes de febrero se turnarán para pernoctar cada tres días en casa, y el resto en el rancho.

Las temperaturas bajan abruptamente en esos meses, hasta dejarlos aislados.

Los caminos se vuelven intransitables y peligrosos.

Los vascos son muy tradicionales y quieren pasar esas fechas con sus amigos y familias.

Algún loco sigue golpeando la pelota en el frontón que construyó Anduiza, y las mujeres se reúnen para preparar la fiesta de Navidad.

Domingo ha empezado a odiar el dormitorio común.

Es el mismo que meses atrás le parecía confortable y acogedor y donde jugaban sus partidas de mus al anochecer, pero ahora no le parece tan cómodo ni tan limpio.

Cuando duerme allí, imagina a Valentina envuelta en las sábanas del emperador austrohúngaro y se desespera.

Las cosas han cambiado, fuera y también en su interior.

Hay momentos en que siente que el amor pone en cuestión la estabilidad de la que tan orgulloso estaba.

La vida no le ofrecía tantas preguntas como ahora tiene, pero si el precio de lo que ha descubierto en brazos de Valentina es ese, está dispuesto a pagarlo.

De la misma manera en que soñaba con la fotografía de ella cuando la llevaba al calor de su pecho, ahora se ha aprendido su cuerpo de memoria y le basta con cerrar los ojos y recordarla.

Se repite a sí mismo que debe poner cercas a su voluntad, como si fuera un oficial imponiendo disciplina a su tropa.

Él es un pastor, tiene un acuerdo con su patrón, y su lugar no está precisamente entre las sábanas de su cama.

Cuando vengan los hijos, que vendrán, deberá olvidar el cuerpo de Valentina para cedérselo a sus vástagos, pero ese momento no ha llegado y hasta entonces quiere estar cerca de ella.

Un gélido sol navideño baña las calles de la ciudad.

Los rayos rebotan sobre el hielo y la escarcha de los arbustos desprende una iridiscencia casi desconocida.

El matrimonio camina muy junto; el brazo de él forma un ángulo recto, indispensable para sujetar la mano enguantada de Valentina, que camina encogida.

Ella se aferra a él para no trastabillar o resbalar.

Se abriga con todo lo que alcanza a encontrar y busca desesperadamente la tibieza de la cocina.

No es que no lo supiera; sabía del frío de esa ciudad desde la noche en que conoció a Nicolás y le contó que se le congelaron los mocos.

No quiere pensar en el clima, que a todas luces será la cruz con la que tendrá que cargar.

Con el transcurrir de los días va conociendo a miembros de la comunidad vasca que su marido ha ignorado desde que llegó.

Es ella la que despierta curiosidad y la que se empeña en acudir a las fiestas que se organizan.

En Navidad cenan más de sesenta personas en el Hotel Jai Alai.

Apenas tienen espacio, pero se han arrimado las mesas a la pared para que los niños correteen y los adultos puedan bailar.

Algunos, los más mañosos, han pasado días construyendo un precioso belén al que no le falta de nada.

Tiene un bosque de pequeños abetos y un lago confeccionado con un viejo espejo.

Los Reyes Magos lucen capas de piel de conejo y turbantes con perlas.

Las casitas se parecen a las de los pueblos marineros: el tejado a dos aguas, el balcón donde se secan los ajos en el centro y, abajo, la cuadra.

Lo han puesto bajo la escalera y apenas se puede pasar, porque siempre hay niños mirándolo embelesados.

Los hermanos Barrutieta tocan el acordeón y la pandereta.

Valentina ha preparado tantos dulces y mazapanes que apenas se tiene en pie, pero está feliz.

Sonríe al contemplar a toda esa gente que cruzó la mar para tener una vida mejor, y le parece que con la reproducción de todas las tradiciones han conseguido desorientar la añoranza y estar en Lekeitio.

Valentina no puede evitar recordar el Arraun.

Mariana estará haciendo lo mismo que ella.

Hombres y mujeres se abrazan, desinhibidos por el alcohol, se sienten cercanos y lagrimean felices.

La tierra que los vio nacer está muy lejos, y a este nuevo mundo hay que habituarse sin remedio.

Domingo y Valentina se buscan entre la gente, y cuando se encuentran intercambian sus miradas.

El amor, el deseo, la felicidad de su cobijo brilla en sus pupilas.

Las mujeres desean saber si quieren hijos o van a esperar unos años sin ellos.

Valentina se ruboriza. No tiene intención de decirles que a veces piensa que quizá hay algo en ella distinto a las demás.

Quiere hijos, pero no los echa en falta.

Ha descubierto su cuerpo y el de un hombre, y no quiere renunciar a los placeres que le proporciona dicho descubrimiento.

—Ya vendrán cuando quiera Dios —interrumpe Encarni, y ella asiente y vuelve a buscar con los ojos a su marido.

—Sí, llegarán cuando Dios quiera.