Un bosque de álamos en Idaho La vida cotidiana
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La vida cotidiana

La vida cotidiana

VALENTINA Y DOMINGO

En el Egyptian Theatre, un edificio singular de Boise que se construyó a raíz del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, se estrena Don Juan .

El director de la obra le ha pedido a Antonia Errasti, la sastra, que traiga una tarta para celebrar el cumpleaños del actor principal.

Antonia confió en Valentina, que en poco tiempo se ha convertido en la repostera de la ciudad.

Dos días a la semana va al hotel de Encarni y se ocupa de los postres, y el resto de sus jornadas cumple con los encargos que le hacen.

Todo el dinero que entra se invierte en la casa y en ahorrar para cancelar la deuda que Domingo tiene con su patrón.

El frío ha llegado. Al atardecer, un viento helador atraviesa la llanura y recoge a los habitantes de Boise en sus casas.

Hacia finales de noviembre cayeron los primeros copos de nieve.

Valentina salió a la calle para atraparlos y, como una niña, se entusiasmó cuando las calles empezaron a cubrirse con un delicado manto blanco.

Ahora, la ciudad amanece con varios centímetros de nieve y caminar se vuelve difícil y peligroso.

Los niños juegan con trineos improvisados.

Se vuelven auténticos mecánicos construyendo artilugios capaces de deslizarse por las laderas nevadas, y los más afortunados tienen patines para avanzar por el río helado.

Cuando se traslada de su casa al hotel o a repartir sus encargos, la nieve ya no le parece tan hermosa.

Nadie en la ciudad sospecha de la inmensa felicidad que atesora la pareja.

¿Cómo hacerlo? Domingo camina casi siempre por delante, sin prestar atención a si ella le sigue, aunque en ocasiones se detiene para comprobar que su mujer está ahí.

Le cuesta un gran esfuerzo despegar los ojos de su cuerpo, pero cuando se juntan con otros vascos Valentina se va directamente con las mujeres y él apenas la mira.

Las casadas la interrogan con descaro sobre su vida conyugal.

—¿Todo va bien?

—Ese marido tuyo, siempre para dentro…

Ella sonríe, mueve la cabeza, asiente con una íntima satisfacción.

Sabe que a Domingo le cuesta expresar en público su incondicional amor por ella.

Conoce su miedo a mostrar fragilidad, y por eso esconde el esfuerzo que hace por ignorarla.

A Valentina no le importa. Todavía recuerda el momento de su llegada, lo difícil que resultó entenderle, y ahora él se entrega por completo a ella.

La joven sabe que hay almas que deben recorrer unos caminos, y otras que no.

Si le esperó durante tanto tiempo, puede seguir haciéndolo.

Porque en el momento en que están a solas él la busca, la admira y la acaricia.

Se tocan y juegan como niños, ignorando cuanto tuvieron que aprender para vivir en sociedad.

Por nada del mundo renunciarían a esa felicidad secreta que les da el pasaporte para no sentir más nostalgia que la de los minutos que pasan a solas.

En la oscuridad, como si la voz condujera a los pasadizos que llevan a las mazmorras donde se guardan los secretos, Domingo habla de sus montañas, de sus baños en las cascadas y de su cuerpo calentándose al sol.

Le explica cómo es preciso vigilar las nubes que viajan cerca de los desfiladeros y los sonidos que alertan de que un animal salvaje se aproxima.

Ella escucha, se acurruca en su pecho y suspira de felicidad.

Sabe lo que él desea con solo mirarle, y cada día a su lado descubre un pliegue inédito de su historia en ese hombre que le incendia el corazón.

Hasta ese momento, ella desconocía que su cuerpo pudiera ser capaz de sentir tantas y diversas emociones.

En unas ocasiones es fascinación; en otras, ternura o una pizca de impotencia por esa isla sin más playas que las que ella dibuja con sus caricias.

Desde niña ha oído decir que el matrimonio tiene un único fin, tener hijos, y que precisamente por eso las mujeres deben someterse a los requerimientos del hombre.

Ella lo había aceptado. Esperaba esos momentos que otras le habían descrito y en los que había que distraerse, pero ahora su realidad dista mucho de las enseñanzas de la Iglesia.

Ella lo desea, y además disfruta. Le gustaría saber si todas las mujeres han descubierto ese placer oculto o si está reservado solo a unas pocas.

Piensa en el amor, esa palabra casi prohibida que provoca chanzas y miradas cómplices, y se pregunta la razón de que quien se enamora no lo pregone a los cuatro vientos.

A veces piensa en Mariana y en todo lo que le contó sobre las relaciones con los hombres.

Sospecha que no juega con su marido de la misma manera en que lo hace ella.

Lo siente. Valentina se une a Domingo con un deseo que Mariana nunca mencionó, pero no tiene con quién hablar de ello, aunque reza a su Virgen de la Antigua y se confiesa con ella.

¿Será pecado gozar de un hombre? ¿Estará ella aquejada por la lujuria?

Desde que ha llegado a Boise no ha pisado la iglesia, aunque rezar, reza cuando va y viene por la calle.

Los días que Domingo está en casa no para de revolotear de un lado a otro.

Ha pintado la cocina, ha colocado hembrillas en las paredes para que ella pueda colgar la colección de artilugios reposteros que maneja —rodillos, pero los de cobre, varillas, mangas pasteleras, termómetros para comprobar la temperatura…

—, y también ha arreglado una vieja estufa que había retirado Encarni.

Esa actividad obsesiva termina cuando se va la luz y se sienta a la mesa para garabatear esas letras que se empeñan en torcerse.

Le cuesta, pero sabe que algún día lo conseguirá.

Está motivado por su propio honor y tenacidad y por ese cariño que percibe en los ojos de su mujer cuando ella vigila la tarea.

Valentina le anima en su empeño, se sienta a su lado paladeando las palabras inglesas a las que Domingo da un acento de ruptura.

—Si queremos prosperar, es necesario que sepamos leer y escribir, sobre todo en inglés. No volverás a pasar apuros cuando tengas que firmar un documento, ¿te das cuenta? El esfuerzo merece la pena. Nadie podrá engañarte y serás uno de ellos, aunque en tu alma sigas siendo el mismo.

Él sabe que es verdad, que, aunque sea respetado por los suyos, desea ser aceptado por los demás. Ellos le han prestado la tierra, y lo menos que puede hacer es hablarles en su lengua.

Sentados a la mesa, con la chimenea encendida y el perro tumbado en la vieja alfombra, Valentina responde a la carta que ha recibido esa mañana.

Mariana no está dotada para escribir epístolas.

Ella cuenta las cosas —o más bien las arroja sobre el papel— para aplacar su curiosidad o sobresaltarla con la noticia de la muerte de don José, el querido maestro que tanto la ayudó.

Le dice casi lo mismo que en la anterior, que todo va bien en Gernika, el Arraun, la salud, los niños y la pequeña Valentina, y al final le anuncia que a la modista la atropelló un automóvil.

Ella quisiera saber si llegan los avances al pueblo, si es verdad que hubo unas mareas en Lekeitio que se llevaron más de treinta barcos y si sabe algo de sus primas, pero Mariana no escribe esas cosas porque tiene muchas cosas que hacer.

Valentina reza dos avemarías por su alma y aguanta el nudo que le aprieta la garganta.

Luego prosigue con su tarea, acariciando su Waterman, y anota en su cuaderno los nombres que da a los pasteles para que los americanos sepan de qué están hechos.

Hojaldre se dice puff pastry ; crema pastelera, pastry cream , y las galletas son cookies .

Lo dice en alto para que el sonido llegue a los oídos de su esposo.

Y por si acaso no la ha escuchado, pone una mano sobre la suya y en voz baja le dice:

—No podremos ser hoteleros si no hablamos inglés. Repite conmigo: cookies . Mira cómo se escribe.

Domingo obedece. No puede negarse a su ternura, y cuando sale a cortar leña repite las palabras.

Disfruta más que nunca ese invierno, se ríe de que la nieve obsesione a su esposa, que mide con cuidado si las botas que le regalaron sus compañeros del Jai Alai se hunden o protegen sus pies.

Él sabe que el tiempo pasa rápido y teme en secreto que llegue el mes de marzo, cuando tenga que abandonarla para subir a los pastos con el rebaño.

No lo menciona, pero no deja de darle vueltas en la cabeza buscando una solución que no existe.

Él es pastor, y ahora es un hombre casado.

No son los mismos tiempos que vivió José Bengoechea Anduiza, ese hombre que todos los vascos que viven en Nevada, Idaho o Utah nombran cuando sueñan con la fortuna.

Se lo ha contado a Valentina, que todos lo conocían por Bixar, «el Barbas», y que llegó a ser uno de los hombres más ricos de Idaho, aunque acabó arruinado y viviendo de la caridad.

Bengoechea había llegado a Nevada procedente de Argentina, donde las cosas no habían ido tan bien como él había esperado en 1890.

Trabajó como pastor en el conocido Spanish Ranch de Tuscarora, en el condado de Elko, propiedad de los hermanos Altube.

Desde allí se trasladó a Idaho, al condado de Owyhee, siguiendo el rastro de sus paisanos, y fue haciendo su propio rebaño.

En aquel entonces no había normas ni condiciones para explotar los pastos, así que, a pesar de las fricciones con los americanos, él fue prosperando.

Llamó a sus hermanos, a parientes de su pueblo, y vivieron en campamentos hasta que tuvieron lo suficiente para establecerse.

Obtuvo la nacionalidad americana en 1901, y a partir de ahí consiguió terreno y se afincó en Mountain Home, donde construyó el hotel más bonito de todo el estado.