Un bosque de álamos en Idaho Tu mano en mi pecho #3
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Tu mano en mi pecho #3

Quiere tenerla cerca, escuchar su voz, comprobar que está bien y que ninguno de los dos desea olvidar lo que corre entre ellos cuando se miran.

Vuelve sobre sus pasos y distingue su silueta en la puerta.

A medida que avanza, duda. ¿Ha de mostrar su impaciencia?

¿Darle a conocer sus deseos? Ha oído decir a sus compañeros que los hombres no deben revelar sus deseos a las mujeres, que eso les hace perder interés…

Antes de llegar a una conclusión, su esposa le rodea con los brazos y apoya la cabeza en su pecho.

—Te esperaba —le dice sin reparos.

Domingo suelta lo que llevaba en las manos y rodea sus hombros, acogiendo su cuerpo menudo.

Una vez más, certifica que tiene que dejar de escuchar las bobadas de los que desconocen el amor.

Permanecen en silencio, él acaricia su pelo con los ojos cerrados para que no se le escape ese instante de felicidad.

Es la primera vez que alguien le espera.

Todavía cautelosos, se escuchan, cenan y se acuestan un poco más cerca, con menos miedo y más ternura. Conversan hasta que, en medio de una frase, ella escucha su respiración cadenciosa. Se ha dormido. Valentina cierra los ojos y se concentra en el necesario descanso.

Vuelve a ser la luz de la mañana la que la despierta al día siguiente.

A Domingo le oyó levantarse entre sueños, y también recuerda que sintió un beso en su mejilla.

Hoy sabe algo más de él, de su manera de amarla, de los miedos de ambos y de esa tenacidad que muestran los dos por aprender de sus cuerpos.

Sabe que en la oscuridad su esposo se vuelve locuaz y, aunque a ella le gustaría ver su cuerpo desnudo o su manera de mirarla, se conforma con esa voz que la posee y le entrega su vida.

La noche pasada le habló de su hermana perdida, y de cómo su recuerdo le avisa de los peligros y del momento en que debe abandonar la montaña.

A ella le parece que uno transforma los recuerdos que no puede aceptar, y que no está mal que esa niña perdida le proteja de volverse loco o de ser presa de los lobos.

Valentina desconocía que su trabajo fuera tan duro.

Ahora comprende que no se separe de ese rifle que no sirve para nada en la ciudad, pero que resulta imprescindible cuando está en la naturaleza salvaje de esas montañas que ella empieza a mirar con aprensión.

Durante el día revisa sus anotaciones, tacha lo que ha solucionado, vuelve a contar el dinero que le queda.

Valentina sabe lo que quiere, y no se detendrá hasta obtenerlo.

Se ha impuesto a sí misma una disciplina para aplacar los temores de su nueva situación, y sabe que tiene la oportunidad de ser feliz.

En Nueva York supo que en América, y a pesar de que ellos no cesaran de hablar de la penuria que había traído la Gran Depresión, la gente no se conforma con ser pobre, con pertenecer a una clase que nunca cambiará su modo de vivir.

Allí es distinto: la gente trabaja, se abre paso a codazos, y siempre hay oportunidades.

Valentina desea eso, que no le falte dinero ni la voluntad para obtenerlo.

Riega sus semillas, hilvana las cortinas y las deja listas para coserlas.

Va a acercarse hasta la casa de Milagros Orueta, pero no quiere ir con las manos vacías, así que hornea un bizcocho de nueces para llevárselo y deja otro preparado para ellos.

Cuando sale a la calle, con su repostería envuelta en un paño de lino, suspira y aviva el paso mientras observa las calles para no perderse.

En Nueva York vio a muchas personas de piel oscura o rasgos asiáticos.

Al principio la asombraban y ni se atrevía a mirarlos, pero en Boise buena parte del comercio está regentado por chinos y ella empieza a acostumbrarse a la limpieza de sus establecimientos, a la educación y también a eso que comparten: el desconocimiento del idioma.

Milagros Orueta la recibe como si la conociera de toda la vida.

Debe de andar por los cuarenta años y tiene unos ojos vivos y sagaces.

Alaba el bizcocho, lo prueban junto a un café con leche y pone los ojos en blanco.

La mujer se queja de que no hay pastelerías como la de Pedro en Lekeitio o como las que ella conocía de Bilbao, Martina de Zuricalday o Arrese.

Le confiesa su debilidad por los dulces que tantos recuerdos le despiertan.

—Lo que daría yo por un roscón de Reyes, o por el turrón que le compraba mi madre en un portal de la calle Bidebarrieta a Iváñez, aquel hombre que los traía de Alicante.

Se me hace la boca agua cuando pienso en los buñuelos de viento que comíamos para Todos los Santos, o en las tostadas de crema para el Carnaval…

—Yo sé cocinar todas esas recetas.

—Pues te haré encargos. Pon precio a esas delicias y te aseguro que te irá bien.

Se ponen a coser y, mientras sobrehilan o hilvanan, la cotidianidad comienza a fluir como un río acostumbrado a atravesar un pueblo.

Valentina se siente bien, casi como cuando bajaba al puerto a acompañar a las mujeres que cosían las redes y contaban lo que sucedía en Lekeitio.

Así se entera de que más de treinta mujeres se reúnen una vez al mes para saber si hay que ayudar o apoyar a alguien.

—Ya sabes, si a una familia le llega el duelo, hay que ocuparse de ella o toda suerte de desgracias caerán sobre los huérfanos. Nuestra tierra está muy lejos…

La cabeza de Valentina registra el entusiasmo de Milagros por ayudar a los demás y su amor por los dulces.

Cuando ya cae el sol y ha colocado las cortinas en las ventanas, coge su preciosa pluma y le escribe a Mariana una larga carta en la que le cuenta sus primeros días en Boise.

«Aún no he encontrado mi sitio, pero lo haré.

Creo que estará cerca de otras mujeres que, como yo, quieren habitar esta tierra sin olvidar la que dejaron atrás», escribe.

Al final de la carta anota la dirección de su casa para que se la dé a Clara.

Domingo vuelve a llegar muy tarde. La liturgia de la espera se repite. Ella en la puerta, la cena preparada y las ganas de estar juntos. Esta vez, un perro collie de pelo negro y blanco, impaciente y listo, acompaña a su marido.

—He traído a Beltza, mi compañero. No quiero que estés sola.