Tu mano en mi pecho #2
Encarni mete una mano en un bolso grande y saca una cinta métrica y unas hierbas envueltas en papel de periódico.
—Es aloe, una especie de cactus que verás por todas partes.
Lo machacas y lo dejas toda la noche con un poco de agua.
Luego enjuagas tus partes con el líquido gelatinoso que ha soltado.
Alivia el escozor y cicatriza. ¡Ah, se me olvidaba!
—Vuelve a meter la mano en el bolso y le tiende un sobre—. Ha llegado esto para ti.
Valentina vuelve a sonrojarse y recoge la carta después de hacerse con las hierbas con un movimiento que quisiera ser imperceptible.
Las coloca en la fresquera, y ni tan siquiera se atreve a dar las gracias.
Encarni está midiendo las ventanas y farfullando unas cuentas que tienen que ver con el ancho de las piezas de tela.
Valentina aprovecha para mirar el sobre voluminoso que le ha enviado Mariana.
Lo deja en la cocina cuando ve que Encarni la mira con un gesto impaciente.
La posadera sale por la puerta y con determinación se encamina a una camioneta aparcada frente a la casa.
Ella la sigue, apartando la ansiedad que le produce dejar la carta sin abrir, y se monta a su lado, admirándose de la destreza con la que se mueve y maneja el inmenso volante.
La ve mirar por el retrovisor, dar marcha atrás y avanzar con esa camioneta que ruge como si tuviera los bronquios enfermos.
La joven repara una cadenita que cuelga del salpicadero.
Se fija y descubre que es su Virgen de la Antigua.
Suspira. Se atreve a tocarla y murmura para sí unas palabras devotas de agradecimiento.
Al fin y al cabo, ha llegado a su destino con bien, Domingo es un hombre bueno y le gusta, tiene casa propia y gentes que la ayudan y que la harán sentirse en casa.
—Dicen que los primeros vascos que llegaron al oeste eran de Ea, muy cerca de mi pueblo.
—Encarni comienza a hablar—. En realidad, todos los que salían de las cuatro esquinas de Europa iban en busca del oro de California.
Los hombres quieren mejorar su posición, y eso cuesta lo que cuesta: ser duro, no anhelar la lluvia ni la vida sencilla del pueblo y trabajar bien. Es decir, no mirar atrás. Recuérdalo.
La mujer conduce decidida. No hay muchos vehículos en las calles, y Valentina reparte su atención entre lo que escucha en el interior de la camioneta y lo que ve en el exterior.
—Las ovejas son resistentes y se adaptan a este clima —prosigue Encarni—.
El pastor vasco siempre ha sido bueno, sobre todo porque muchas veces el pago por cuidar un rebaño es en ovejas, así se ocupan de las suyas al mismo tiempo.
Cuando tienen un buen número de animales, ya están listos para quedarse y adquirir un rancho o regresar.
El que se va quiere volver, salvo cuando los hijos han nacido aquí, le va bien y no quiere hacer el esfuerzo de empezar de nuevo.
Mi marido y yo somos felices aquí. Los comienzos…
Tuvimos que aprender inglés y a reconocer lo que querían de nosotros los americanos.
Hemos construido nuestro pequeño país en este, y no te digo que en ocasiones una no se muera por respirar el aire de su infancia, pero…
Tienes un buen marido. Desde que vi a Domingo la primera vez supe que era especial.
Es duro como el pedernal, y está más zarandeado de lo que aparenta, pero es tierno y tiene ganas de saber lo que es una familia. Eso, para una mujer, es un tesoro.
Valentina escucha con atención y deposita las palabras que le dice en el fondo de su corazón.
A su cabeza vuelve la noche y siente que en su interior, por el sitio por donde el miembro viril se abrió paso, queda la sensación de una herida palpitante.
No es muy dolorosa, pero sí desconocida.
También piensa en la intimidad que reinaba en la alcoba, el calor de su cuerpo, los gemidos…
Lo vivido le ha dejado el deseo de querer explorar lo que sucede entre un hombre y una mujer que se van a acompañar durante el resto de sus días.
El sonido de la bocina y los gritos de Encarni mientras saluda a una mujer interrumpen la dulzura de sus pensamientos.
—¿Adónde vas, Amelia?
—Le llevo un puchero a Tomasita, que anda enferma.
—Te veo el jueves.
Vuelve a tocar la bocina y sonríe espontánea y alegremente. Valentina ha observado la escena. Aunque Boise no se parece en nada a Lekeitio, se hacen cosas parecidas.
Se detienen en una tienda en cuyo gran escaparate hay muestras de telas, hilos, botones, agujas… En la trastienda, dos mujeres cosen concentradas una manta con trozos de tela de algodón, formando dibujos geométricos de colores vistosos.
—En el Palacio Iribarren, las colchas de las camas se vestían en invierno con algo parecido y se rellenaban de plumas. —Valentina también quiere hablar de su vida anterior—. Al parecer, es costumbre en otros países. Dicen que no deja pasar el frío. Me gustaría hacer una igual.
La posadera la informa de que Milagros Orueta es una especialista.
La pondrá en contacto con ella para que le enseñe y le permita manejar su máquina de coser.
Encarni habla inglés con desparpajo, aunque no tiene el mismo acento que la mujer que las atiende.
Compran lo necesario para vestir las ventanas principales.
La joven quiere administrar el dinero que posee y estirarlo cuanto le sea posible, porque en la casa hacen falta muchas cosas y ella no está acostumbrada al dispendio.
Una prudencia ancestral la impulsa a hacer cálculos y a traducir cada centavo de dólar para acostumbrar a su cerebro a evaluar lo que puede permitirse o no.
Vuelven a la camioneta después de visitar una tienda de comestibles muy bien abastecida.
Valentina pregunta cómo se dice «semillas de cebolla» en inglés y anota en su cuaderno tanto el nombre como su precio.
Encarni la devuelve a su hogar tres horas más tarde, no sin antes mostrarle la casa de los Orueta, a tres calles de la suya.
Valentina le promete llevarle su famosa tarta colineta para agradecerle su atención.
Encarni mueve una mano en el aire y le dice:
—¡Anda!… Hoy por ti y mañana por mí.
Entra en su casa, y lo primero que hace es ir en busca de ese sobre que la espera en la cocina.
Lo abre con cuidado, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
En su interior hay una fotografía. Nicolás y Mariana están sentados frente al Arraun; los chicos, uno a cada lado, parecen divertirse, y su amiga sostiene en sus brazos a Valentina.
Se acerca para mirar a la niña. La mancha es oscura, como si le hubiera caído una tinta amarronada sobre el párpado, y aunque la cría sonríe su lado derecho parece más triste.
Una congoja imparable se abre paso hasta su garganta.
En ese momento la distancia le parece un abismo, y por primera vez es consciente de que quizá no vuelva a verlos.
Durante un rato se deja llevar por la nostalgia.
Está sola, nadie la mira ni le hace preguntas: es un buen momento para llorar.
Cuando el llanto se aplaca y llega la aceptación, se concentra en sus tareas.
Lava las sábanas mientras se seca las mejillas con el dorso de la mano y luego las tiende en la parte trasera de la casa.
Planta las semillas que ha encontrado en el colmado: zanahorias, cebollas y patatas.
Nunca se ha dedicado al campo, pero está harta de ver las frondosas huertas de los demás.
La faena le alcanza casi hasta el atardecer, cuando se detiene a comer algo sin dejar de mirar constantemente el reloj.
No sabe a qué hora vendrá Domingo. Ni tan siquiera sabe si su marido se acordará de que hay una mujer esperándole.
Ha comenzado octubre y ya no hace tanto calor como cuatro días atrás.
Ordena la casa y extiende el popelín de florecitas para cortar las cortinas.
Mide y pone alfileres, y cuando oscurece recoge sus labores y prepara la cena.
Se sienta en la mesa y permanece atenta a los ruidos del exterior. Le espera.
Cuando por fin oye los cascos de un caballo, el corazón le da un salto y corre a la puerta.
Le ve desmontar despacio, agarrar las riendas y conducir al animal al establo.
Todo su cuerpo se endereza, la sangre que corre por sus venas le calienta el pecho, sus manos tocan la realidad para hacerla música, y esa joven cae en la cuenta de que nunca ha deseado tanto que alguien se acerque a ella.
Domingo hubiera querido volver antes, pero ha tenido que pasar por el rancho de los Goitia para ayudar a devolver el rebaño a sus cercas y vigilar que las ovejas no estuvieran enfermas.
Los Goitia tienen casi dos mil cabezas y le han pedido en incontables ocasiones que vaya a trabajar con ellos.
Ha traído diez dólares, y mañana traerá otros diez.
Pronto empezará la época de cría, y tendrá que vigilar que los carneros cubran a tantas ovejas como sea necesario.
Está ansioso por reencontrarse con Valentina.
La ha visto en la puerta esperándole, pero no ha querido correr hacia ella como deseaba.
Ha ido a guardar el caballo y a desensillarlo, como suele hacer.
Cuando abandonó la casa esa mañana no había amanecido.
Ella dormía, el pelo desparramado sobre la almohada, y él prendió una vela para contemplar el rostro de su mujer.
No le dirá que permaneció unos minutos observándola, y tampoco le confesará que hubiera podido quedarse horas absorbiendo lo que flotaba en el aire.
En el trayecto, cabalgando bajo una luz mortecina, se sintió feliz: se llevaba con él su olor y su sueño.