Tu mano en mi pecho
Tu mano en mi pecho
VALENTINA Y DOMINGO
Hace dos días que duerme con la mano de Domingo apoyada en su estómago.
Cuando se mueve, él la sigue para no perder el contacto con su piel.
Las horas de sueño abrazados los acercan de una manera que a ella se le antoja definitiva.
Sus soledades se abrazan para diluirse, y cada noche ambos conquistan un trocito de ese territorio que antes habitaba el miedo.
Valentina no puede entender cómo el mundo entero no va enlazado a otro, y se estremece al pensar que ella temía esa cercanía.
El comportamiento de ambos consolida un vínculo invisible e impronunciable que disuelve la tristeza atávica de sus vidas y la sumerge en un mundo secreto de felicidad.
Han comprado pucheros, sartenes y otros utensilios que ella necesita para cocinar.
Esa mañana ha hecho unas natillas con islas flotantes de canela mientras él se ocupaba de desbrozar el pequeño huerto y poner unas maderas por las que trepe una enredadera.
Domingo aún desconoce la sabiduría repostera de su esposa.
Valentina ha encontrado la manera de amar, abrazar o acariciar a los demás elaborando sus cremas, hojaldres y chantillís.
Igual que la cocina es el corazón de una casa, el suyo susurra palabras de amor cuando trastea entre aromas de vainilla y caramelo.
Ambos disfrutan convirtiendo esa casa desangelada en un hogar.
Mañana Encarni la acompañará a comprar tela para unas cortinas, y es posible que para noviembre, cuando comience el frío, ella empiece a trabajar en la cocina del Jai Alai.
Su esposo hace ruidos en la habitación. Coloca una mesilla en el lado donde duerme ella para que pueda dejar los zarcillos de las orejas cuando se los quita.
Domingo sonríe espontáneamente al mirarla, y ella lo quiere lo bastante como para temer algo menos el momento en que se consume su compromiso.
Suspiran en ese lecho nupcial que los acoge con el bordado del desaparecido Imperio austrohúngaro y mantienen una vigilia incómoda que en realidad no desean.
La tela de sus prendas se interpone apenas para evitar el ya deseado contacto de su piel.
Inmóviles, escondiendo lo que no pueden esconder, permanecen despiertos en el lecho, respirando con cuidado para que al otro no le moleste su desvelo.
Pero no duermen como deberían para soportar las muchas obligaciones a las que tienen que hacer frente durante el día.
Domingo espera que ella le acepte con las limitaciones que posee; no quiere que se incube un resentimiento imperdonable, pero teme sentirse humillado o rechazado.
Le gustaría decirle que no se cansa de mirar sus ojos verdes y que guarda ese delicado regalo que le ofrece al no hacerle sentir que su timidez la desarma.
Quiere encontrar lo que encontró en Amy, pero le pesa la responsabilidad de saber que Valentina no posee la escasa experiencia que tiene él.
Ella desea intensamente que el miedo desaparezca del todo; entonces se abrirá el horizonte, y está segura de que construirán despacio su nido.
Todo va muy deprisa, y apenas tiene tiempo para pensar en otra cosa que no sea el acercamiento a ese hombre silencioso que la mira cubriéndola de cariño cuando están a solas.
Esa noche se acuestan muy tarde, a pesar de que al amanecer Domingo partirá temprano.
Valentina le pregunta por el patrón. No es que le interese demasiado, pero quiere hacerle hablar.
Ha descubierto que su marido se crece en la oscuridad y que a ella la vuelve loca su voz grave.
Él describe a Jeff Peterssen como un hombre sobrio, volcado en su trabajo, generoso y algo esquivo.
Ella percibe que se esfuerza en no desautorizarlo, pero que una sombra se interpone entre ellos.
—Me prestó dinero para comprar esta casa —susurra en la penumbra—. Y a mí no me gustan las deudas.
—Entonces, el dinero que he traído deberíamos utilizarlo en saldar esa deuda.
—No. Eso es para la casa. Hay que arreglar algunas cosas antes de que llegue el invierno. La ventana de la cocina no cierra bien, y debo revisar la chimenea. Esta casa tiene años y, aunque es sólida, no la han cuidado.
Valentina le confiesa lo que para ella significa esa casa.
Le cuenta lo que padeció cuando su tío se empeñaba en echarla del caserío.
Nadie debe vivir sin un techo bajo el que cobijarse, le susurra con la voz entrecortada.
Es entonces cuando Domingo se acerca, la abraza y pone sus manos sobre los pequeños pechos de su esposa.
Valentina lo acoge temerosa, porque sabe que ha llegado el momento.
Se dice a sí misma que está preparada y cede al miedo.
Siente dolor e intenta no pensar en lo que está sucediendo, se concentra en los brazos que la rodean, en los gestos cuidadosos, en la dulzura de ese abrazo, tan cercano que la piel se funde, y pronto los movimientos se acompasan llevados por un primitivo instinto.
La joven recuerda una vez más las palabras de Mariana: «Todo es mejor cuando pasan unos días».
La despierta el sonido de la bocina de un automóvil.
Durante unos instantes se siente desorientada y confunde esa cama con la de su habitación del Hotel Santa Lucía, en Nueva York.
Domingo no está, pero la noche sigue intacta en sus recuerdos.
Como siempre ha hecho, ella ha inmortalizado algunos y los ha depositado en un rincón de su memoria para no olvidarlos: el olor de su marido, el crujido de los muelles, la ternura de sus caricias y el abrazo en el que se durmió, cubriéndole el pecho con las manos.
Se sobresalta al recordar que ha quedado con Encarni Mendiola, la dueña del Jai Alai.
Al ponerse en pie siente un escozor doloroso que la devuelve a lo sucedido durante la noche con su marido.
Va hasta la ventana de la sala y mira hacia el exterior.
La casa está separada por unos metros de un mustio jardín que llega hasta una calle que da a la que conduce a la salida del pueblo.
Un seto y unos árboles la protegen y aíslan.
Siente alivio cuando comprueba que no hay nadie y que probablemente el ruido de esa bocina viniera de la calle principal.
Mira el reloj de cuco que olvidaron los Zarandona y que Domingo ha reparado y colgado.
Tiene media hora para prepararse. Cuando abre los postigos de la ventana, el sol ilumina la habitación y deja al descubierto una mancha de sangre en las sábanas.
Las quita con rapidez, como si temiera que alguien a su espalda viera la prueba del delito, y corre a ponerlas en remojo.
A pesar de que el dolor le hace sentirse extraña, una delicada felicidad llena su pecho.
Esa noche ha visto y sentido muchas cosas.
Parte del miedo se ha evaporado, y una dicha desconocida la acompaña como una sombra.
La ha emocionado sentir su piel pegada a la suya, la vida latiendo en su interior, y ese silencio que posee el hombre que la abraza y a cuyo misterio sabe que nunca accederá.
No sabe muy bien si él hace lo que debe para que ella sea feliz, pero no duda de que el tiempo iluminará su ignorancia.
Se asea y se peina el cabello, y mientras lo hace se dice que después de esa noche ya puede cortárselo a la moda.
Luego vuelve sobre sus pensamientos y sonríe al comprobar lo infantil que ha resultado esa decisión que tomó hace años: no cambiar de peinado hasta que dejara de ser virgen.
Le viene a la cabeza la pasajera a la que hizo tantas confidencias y que tenía un salón de belleza en Main Street.
Quizá en algún momento, cuando se le pase el arrepentimiento por sus confidencias, se ponga en sus manos.
En la cocina busca el molinillo de café, echa unos granos y gira la manivela con fuerza para triturarlos. Luego abre el cajoncito y se dispone a volcarlo sobre una manga de lino para infusionarlo, pero en el momento en que está a punto de hacerlo unos nudillos golpean la puerta.
Encarni nunca dice su edad. En realidad, muy rara vez habla de ella, pero aconseja a quien se lo pide y a menudo también a quien no lo hace.
Conoce a todos los vascos que habitan el estado de Idaho y a parte de los que residen en Nevada.
Vale más por lo que calla que por lo que dice.
Su marido se ocupa de todo lo referente a cuentas, depósitos, gestiones con los bancos y relaciones comerciales de muchos de los pastores o trabajadores vascos residentes en Boise.
Ella organiza el alojamiento y la comida y se encarga de mandarlos al barbero, de acompañarlos al médico y de reprenderlos o aconsejarlos como si se tratara de niños.
Para controlar la inmensidad de sus quehaceres, cuenta con la mayoría de las mujeres.
Ellas, además de trabajar y ocuparse de los hijos, intentan no olvidar su tierra, sus costumbres o su idioma.
La posadera le dice que siga con el café, y mientras Valentina echa el agua hirviendo y el aroma llena la cocina, Encarni observa con sus ojos pequeños y vivos la casa de Domingo.
Con un orgullo recién estrenado, la joven le muestra las habitaciones, el baño nuevo y el trozo de jardín que aguarda cuidados.
La hostelera se fija en las copas y en la vajilla que descansan en el aparador, ojea los cuatro libros amontonados en la mesilla de noche y ve la cama desnuda.
De nuevo en la cocina, comparten un café y la mujer pone sus ojos en el barreño en el que reposan las sábanas en remojo.
Mira a Valentina y advierte el rubor de sus mejillas.
La joven casada está nerviosa, teme el ojo censor de esa mujer que, ahora lo sabe, escribió la carta que le envió Domingo.
Tiene la certeza de que su vida será más fácil si ella la ayuda.
—¿Has medido las ventanas?
—No, no tengo metro.