La llegada #4
Él le ofrece el brazo, ella se enlaza y siente el vello de sus brazos, el calor tibio que desprende.
Caminan en silencio, iluminados a medias por unas farolas demasiado lejanas unas de otras.
Una hilera de fresnos de hojas verdes que han debido de proporcionar buena sombra los escoltan.
Valentina va pendiente de no descompasarse; sus zancadas son más cortas, cada cierto tiempo tiene que apretar el paso y se tropieza con ese cuerpo que la acompaña como si la llevara atada.
Se suelta. No puede aceptar más dificultades esa noche.
En el local apenas hay una docena de parroquianos que los miran al entrar.
Domingo coge su mano y la lleva hasta una mesa.
Nuevamente, el contacto hace mella en Valentina.
Le parece que su marido está empeñado en mostrar a la ciudad que ha llegado su mujer.
Una joven los saluda y pregunta si van a cenar mientras pone en la mesa una jarra de agua fría.
La pareja intercambia unas palabras mientras la chica espera.
Valentina pide el plato del día para los dos en un inglés aceptable.
Hablan poco y en voz baja mientras devoran un estofado de cordero con patatas. Ella estudia el local. Hay una máquina en la que los parroquianos, por una moneda, pueden escuchar un disco de moda. Domingo le explica cómo funciona y le cuenta que los sábados por la noche los jóvenes vienen a bailar.
Una vez saciados, se levantan para volver.
Esta vez no le ofrece su brazo y ambos caminan algo separados hasta la casa.
Valentina quisiera dormir durante dos días, pero involuntariamente camina despacio como si así pudiera retrasar lo que le espera.
Domingo es guapo, pero demasiado retraído.
También se molesta en que ella se sienta segura, y eso la hace confiar en él, a pesar de ese silencio que se vuelve cuchillo en la angustiosa espera.
Valentina repasa mentalmente las palabras de Mariana respecto a lo que sucedía la noche de bodas y la asaltan los consejos de Manuela: que se deje desnudar, que le pida que vaya despacio y que, si le duele mucho, piense en algo bonito.
Ambas, a su manera, recalcaron que debía insistir en que fuera despacio, pues al parecer los hombres en esos momentos son incapaces de escuchar.
Ya en la casa, Valentina coge su camisón y entra en el baño para cambiarse.
Desnuda, se mira al espejo. Tiembla, pero ella misma se da ánimos.
Se lava los dientes y se pone una gota de perfume tras las orejas.
Al otro lado se oyen las pisadas de su marido por la casa, y de pronto unos golpecitos en la puerta y su voz:
—Voy a ver al caballo.
Ya ha visto que en esas tierras los hombres van a caballo, pero no sabe dónde está el de Domingo.
Suspira y recorre deprisa el espacio que la separa de esa cama vestida para un emperador.
Se desliza en su interior y trata de relajarse rezando un par de avemarías interrumpidas por sus pensamientos.
«Alguien ha debido de orear la lana hace poco.
Mañana tendré que ir a comprar lo necesario para vivir.
Es pronto para hablar de dinero, pero habrá que hacerlo… ».
Escucha la puerta al cerrarse, las pisadas de esas botas que ya reconoce.
Todo está oscuro, aunque una claridad lechosa entra en la habitación.
«Debe de haber luna». Su hombre se sienta en la cama.
Escucha cómo se desprende de las botas, de la ropa.
Ve su silueta moviéndose hacia la ventana para cerrar los postigos.
Siente el olor que despide, una mezcla de hierba, sal y una pizca de aliento picante.
Valentina nota su cuerpo en tensión y se encoge aún más cuando él se tiende a su lado, haciendo crujir los muelles del somier.
Escucha un profundo suspiro y percibe el movimiento del colchón cuando él va encontrando la postura.
Sin saber cómo, la joven cocinera comienza a memorizar los ingredientes de la tarta Saint-Honoré: leche, harina floja, vainilla…
. En su cabeza se ve a sí misma rascando el interior de una aromática rama de vainilla, batiendo la mantequilla y añadiendo el azúcar poco a poco.
Está en la cocina del Arraun, y varios pucheros humean en el fuego.
Ve a la pequeña Valentina, que duerme en el moisés de esparto trenzado mientras Mariana lo mece moviendo un pie y tarareando una nana que ella adora…
Aurtxo polita seaskan dago,
zapi zuritan txit bero…
La voz de Domingo, a su lado, la hace regresar a la realidad.
—Valentina, duerme tranquila. No te molestaré. Descansa. Me siento feliz de que estés aquí.
Su voz resuena en la noche como la reverberación de una campana. No sabe de dónde sale esa profundidad, pero se queda enganchada en ella.
Nota una mano que la busca y se apresura a encontrarla.
Es una mano grande, algo áspera, como si la piel tuviera una consistencia parecida a la madera.
Él presiona su mano y luego la retira. Los muelles vuelven a chirriar mientras en la oscuridad adivina que él le da la espalda.
Valentina se libera de un peso que la ahogaba, pero lo sustituye una emoción que aparta e ignora.
«Es un hombre bueno. Tenía razón Nicolás».
Se da la vuelta y abraza la almohada. Se le cierran los ojos mientras susurra…
Aurtxo polita seaskan dago, zapi zuritan txit bero.
Amonak dio: ene potxolo, arren egin ba, lo, lo.
Txakur aundia etorriko da zuk ez badezu egiten lo.
Orregatik ba, ene potxolo, egin aguro lo, lo [45] …