Un bosque de álamos en Idaho La llegada #3
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La llegada #3

Domingo se queda junto a ella. Está a su espalda cuando Valentina abre el baúl y lo vacía con cuidado.

La mano del pastor se apresura a rescatar las piezas de cristal de Bohemia envueltas en papel.

Ve que las mira, que pone cuidado en depositarlas sobre la mesa.

Saca algunos platos con el filo dorado, el cenicero de plata abollado, y los coloca en una esquina del aparador.

Pone el costurero sobre la mesa y lleva la ropa al armario.

Está nerviosa habitando esa casa, su casa, y mirando a ese hombre desconocido que no sabe dónde posar la mirada.

Pasan las horas. Valentina le habla del palacio, le nombra calles, esquinas que ambos han conocido, y le cuenta de Clara, de la Fraulin y de Zita de Borbón.

Luego prosigue con sus primas y con don José, el maestro.

Por fin se sienta en una de las sillas y deja escapar un suspiro.

Espera que Domingo le diga algo, pero él se limita a sentarse para acompañar su silencio.

Valentina piensa que tiene que encontrar la llave que le encierra, pero eso llevará tiempo.

De pronto, Domingo se levanta y rebusca en una alforja que hay en la cocina. Saca algo envuelto en papel de periódico y se lo entrega.

— Zuretzat da! Lagun batek egin zuen, Tajui [44] .

Le habla de la existencia de ese hombre indio que Valentina no puede imaginar y ella mira ese precioso collar con trozos de piedras de un color turquesa como nunca antes lo había visto.

Las piedras parecen haber sido perforadas para que una cinta de cuero las atraviese.

Le da las gracias. Está agotada, pero el collar le recuerda que todavía no le ha contado cómo fue su boda.

Le habla de ese día. Lo hace despacio, para no revelar la zozobra que llevaba en su corazón cuando por el pasillo se dirigía al altar.

Le describe la mesa del Arraun en el banquete y se acerca para decirle que ese día no dejó de pensar en él.

La luz que entraba por las ventanas se va apagando, pero los jóvenes recién casados tienen demasiadas cosas que contar.

—No sabía si había acertado aceptando casarme con alguien que estaba al otro lado del mundo y a quien no conocía.

Podría haberlo hecho con otro chico y seguir viviendo mirando el mismo horizonte, pero en realidad no tenía a nadie que me importara tanto como para quedarme.

Luego hicimos la boda en la basílica y don Ramón condujo la liturgia.

Cuando terminó, fuimos todos a Gernika y celebramos una comida en el Arraun.

Los invitados me decían que ya era una mujer casada, pero yo sentía que todo era igual porque aún no te conocía.

Vuelve al baúl como si no hubiera dicho lo que ha dicho.

Sigue sacando objetos incomprensibles que había olvidado y que ahora le parecen esenciales: moldes para pasteles, cuadernos, agujas para tejer, ovillos de lana y un jarrón de porcelana algo desportillado.

El viejo mundo hace su aparición y coloniza esa lejana morada.

Domingo la mira mientras ella va de un sitio a otro, estudia con disimulo la manera en que su pelo o sus manos se mueven.

Admira la facilidad con que coloca las cosas e intenta convencerse de que es real y está ahí, tan cerca que puede oler ese perfume de violetas que ella ha olvidado quién le regaló el día de su boda.

La sigue esperando órdenes, aliviando el peso de las cosas y admirando esa energía nerviosa que desprende.

De pronto la ve acariciar unas sábanas que ha sacado de su misterioso baúl.

—Son de hilo de holanda. Frescas en verano y cálidas en invierno. Pertenecían a la emperatriz, pero tenían unos pequeños desgarros que he remendado. Esther me las ofreció y yo las cogí. Ayúdame, Domingo.

Las tiende y le enseña la manera de remeterlas en las esquinas para que no se salgan los pies.

En el embozo está bordado el escudo de armas del Imperio austrohúngaro.

Valentina alisa las arrugas del tejido como si lo acariciara y sus pensamientos se trasladan al Palacio Iribarren, a la cocina, a Mariana.

Gira la cabeza hacia la ventana y finge mirar el huerto seco para que él no vea que unas gruesas lágrimas corren por sus mejillas.

¿Qué hará para soportar las puñaladas de la nostalgia?

Domingo la ve de espaldas, calcula que puede rodear su cintura con las manos.

Mira la cama vestida. El sol se está empezando a ocultar y una luz anaranjada, como de incendio, se derrama por la habitación.

Quizá Valentina se tienda en esa cama junto a él.

Sabe que tiene derecho a ello, porque es su esposa, pero entre los consejos que le ha dado Encarni está aquel de que espere unos días a tener relaciones. Es mejor que primero se conozcan.

—He visto ahí fuera unas florecidas amarillas. ¿Podrías recoger unas cuantas para ponerlas en el jarrón?

Cuando él sale, Valentina busca el búcaro de porcelana y lo llena de agua.

Ha escondido la nostalgia, pero se siente desorientada, cansada y hambrienta.

Con los nervios se les ha pasado la hora de comer.

Además, se ha fijado en que en la cocina no hay ni una sartén, y menos aún huevos o pan.

Le gustaría quedarse sola, que él volviera mañana a buscarla, pero solo hay una cama y está en su casa.

Domingo vuelve con las flores. Al entrar percibe los cambios que ha provocado su presencia.

Se siente feliz, como si ella hubiera llenado un vacío ancestral.

Le parece un comienzo, no sabe de qué, pero un comienzo.

Ve cómo Valentina dispone las flores y también cómo se lleva una mano al estómago.

Probablemente esté hambrienta, y él no tiene nada para ofrecerle.

La taberna más cercana es americana. Nunca ha entrado, pero intuye que se verá forzado a mostrarle a su esposa que es incapaz de relacionarse en inglés.

La alternativa de caminar más de diez manzanas hasta el Jai Alai está descartada.

—Aquí se cena cuando se va el sol.

—Pues está oscureciendo.

—En la taberna más próxima solo hablan inglés.

—Nos las arreglaremos. He aprendido algo en Nueva York.