Un bosque de álamos en Idaho La llegada #2
48%

La llegada #2

Se coloca pegado a la pared de la estación y, aunque no lo necesita, se pone de puntillas para observar a los pasajeros que salen de los cuatro vagones.

El espacio se va llenando de gente que camina en dirección al edificio.

A su alrededor todo son encuentros, abrazos y recogidas de equipajes.

Domingo advierte que el tren se está vaciando y se llena de temor: quizá lo haya perdido, o se haya arrepentido a última hora…

De pronto ve a una chica menuda con el pelo largo y rizado que desciende arrastrando una maleta.

Se acerca sin dejar de mirarla. Está seguro de que es ella.

Lleva un ligero vestido de florecillas y parece muy joven.

Camina decidido y, cuando está a un par de metros, siente que las palabras que tenía preparadas se le han quedado atascadas y no quieren salir.

Solo tiene que pronunciar su nombre, se dice a sí mismo, pero algo que está más allá de su control hace que no lo consiga.

Tras unos segundos aterradores, ella le tiende la mano y se presenta.

Domingo se la estrecha midiendo su fuerza, azorado, temiendo hacerle daño e intentando no ruborizarse ante la tibieza de su piel.

Coge la maleta y comienza a andar en dirección a la salida.

Ella le sigue mirando sus hombros anchos, sus piernas largas, él la siente a su espalda y se mortifica por no haber sido capaz de darle la bienvenida a esa chica preciosa que es su mujer.

Ezequiel está apoyado en su Ford y levanta un brazo. Valentina sonríe agradecida. Es él quien le da la bienvenida con el acento de su pueblo, quien le pregunta por el viaje, por Nueva York, por España, y el que le dice que tiene los ojos más bonitos que ha visto llegar a Boise.

—¿Adónde vamos, Domingo?

Valentina escucha por primera vez la voz profunda de su marido cuando este le dice al chófer que ha comprado la casa de los Zarandona, la que está en la esquina de Main Street y Capitol Boulevard.

Le gusta como suena, se parece a la de Francisco, un pescador que perdió la mano derecha en un atunero y que cantaba en el coro de los pescadores de Lekeitio.

Es una voz oscura, grave, que finaliza las palabras como si cortara el sonido con un hacha.

Le recuerda el canto nocturno de Santa Águeda.

Esa voz la distrae de pensar en ese secarral que ve a través de los cristales y en el que al parecer se asienta la ciudad donde vivirá.

Por el rabillo del ojo vigila las manos inquietas de Domingo, el fémur largo, las botas limpias y esa camisa recién estrenada que aún conserva el apresto.

Valentina percibe, en su cuerpo rígido, anclado casi como si estuviera sujeto al asiento del coche, una tensión que lo envuelve como un escudo.

Durante un instante tiene la tentación de cogerle la mano como a un niño y confesarle que también ella está asustada, pero se concentra en el alivio que ha supuesto saber que su esposo posee una casa; allí podrá al menos refugiarse de la timidez inmensa que parece aquejarle.

Su marido no ha sido capaz de mirarla a los ojos.

¿Es un mal presagio, o simplemente su vida estará envuelta en esa presencia ausente?

En su cabeza escucha las advertencias que Mariana deslizaba a todas horas antes de su partida.

«Si no te mira es porque está asustado».

Y eso debe de ser lo que le tiene tan tenso, porque desprende tanta ansiedad como la que ha sentido ella durante el interminable viaje.

Cierra los párpados durante un instante.

Está cansada y hambrienta, tanto que solo quiere llegar a donde sea que la espere su hogar.

El automóvil se detiene y Ezequiel saca la maleta mientras Domingo rodea el vehículo para abrirle la puerta.

Por fin se miran a los ojos, sonríen, y entonces su marido recuerda los consejos de Encarni y del barbero y le da dos imprevistos besos en las mejillas.

Luego le ofrece el brazo para recorrer los escasos metros que hay hasta la casa.

Ezequiel les dice adiós, aunque ellos apenas se detienen a despedirse.

Domingo toma la iniciativa, abre la puerta y deja sitio para que ella entre en primer lugar. Valentina da unos pasos, deja su bolso sobre la mesa y recorre esa casa blanca y espaciosa.

—Es una cocina útil, y la fresquera es muy amplia —comenta.

No le molesta el silencio de su marido, tampoco no obtener respuesta a lo que acaba de decir. Sabe que debe darle tiempo.

Entra en la habitación, donde hay una cama de matrimonio sin sábanas con una manta doblada a los pies.

Abre el armario. Le sobrecoge ver las tres camisas y los dos pantalones, un par de calcetines y unos zapatos usados.

A Valentina le impresiona la desnudez de ese hogar tan desprovisto de todo, pero evita pronunciar una palabra de decepción.

Busca el baño y cierra la puerta. Parece nuevo, abre la ventana y ve un trozo de tierra que en otro momento debió de ser huerta.

Más allá, un arbolado proporciona una dulce sombra.

Podría ser una higuera, pero cuando se fija no es capaz de identificarlo, tal vez sea un olmo, o un ciruelo.

Se mira al espejo y contempla los estragos del viaje.

Ha adelgazado aún más, y tiene unas ojeras azuladas que le dan un aspecto enfermizo.

Se moja la cara, se atusa el pelo y recompone su vestido arrugado.

Domingo se levanta de la silla cuando Valentina reaparece en la sala.

Ve que el sol del mediodía entra en ese momento por las ventanas y se filtra entre sus rizos.

Le parece una mujer preciosa, quizá algo delgada, pero preciosa.

No sabe si es exactamente la misma con la que soñaba cuando solo tenía su fotografía y que tanta compañía le hizo.

La sigue con la mirada, porque mientras ella estaba en el baño ha ensayado unas palabras y ahora busca el momento de pronunciarlas.

Se sienta frente a ella y pone una mano sobre la madera encerada. Bat, bi, hiru, lau [43] …

—Valentina, no soy un hombre hablador… He comprado esta casa para ti, y estoy muy contento de que hayas llegado por fin.

No sé lo que necesitas para sentirte bien, pero si me lo dices te lo proporcionaré.

Mientras tú estabas allí y yo aquí quería preguntarte, saber de tu vida, pero ahora…

Estarás cansada y tendrás muchas preguntas…

Se calla bruscamente. Aunque quisiera, no podría pronunciar una palabra más; se le ha secado la boca y la lengua se le pega al paladar. Se acerca a la cocina para beber un poco de agua. Solo hay un vaso.

Ella le sonríe, se recoloca un mechón que le cruza la cara y le sigue con la mirada. Ha visto sus ojos azules, y le parece tan guapo que cree que se está ruborizando.

—Esto es difícil para los dos. No nos conocemos, y tendremos que ir despacio.

—Valentina busca en su equipaje. Saca una bolsita y extrae el anillo que ella le puso a Nicolás en el dedo anular el día de su boda—.

Esto te pertenece. Tu amigo hizo de novio.

—Valentina le coge la mano y lo coloca en su dedo—. Te queda perfecto.

Ha hecho el gesto como si fuera uno más, pero un escalofrío le ha recorrido la espalda al tocar su mano.

Domingo la atrapa justo en el momento en que ella va a retirarla.

La retiene, mirándola a los ojos, y, como si algo hubiera estallado en su garganta y él tuviera que expulsarlo, rompe a hablar atropelladamente.

Le cuenta quién es, y quiénes frieron sus padres; le habla del mar, de la soledad, de la montaña, de la esperanza que se ha ido amontonando en su corazón desde que ella le envió su fotografía.

Tiene tres días libres y luego deberá volver, aunque, como ahora es un hombre casado, podrá pernoctar en su casa.

El tiempo de asueto lo destinará a acompañarla, a enseñarle la ciudad y a presentarla en los círculos vascos.

—No creo que te sientas sola. Aquí hay más personas de Lekeitio o de Ea de las que puedas imaginar.

Casi todos los hoteles están regentados por mujeres de allí.

Ellas nos salvan, ellas dan cobijo a los muchos hombres solos que trabajamos en la montaña o en los ranchos.

Hay un coro, un frontón, y hasta quien fabrica chorizos.

Ella no puede dejar de mirarle. Sus temores se deshacen a medida que Domingo le habla. Mil preguntas la asaltan, pero teme interrumpirle y que deje de contarle cómo es su vida allí. De pronto Domingo enmudece y, como si hubiera olvidado hacerlo, le pregunta por su familia.

—No tengo familia —responde Valentina—. No conocí a mi padre, y mi madre no quiere saber nada de mí. Nicolás, Mariana y los niños, y ahora tú, sois los míos.

Al escuchar sus propias palabras, siente que puede hablar abiertamente con el hombre que la escucha, por eso le cuenta con voz entrecortada que ni sabe dónde vive su madre y que no conoce a sus hermanos.

Finaliza su revelación bajando la mirada y encogiéndose de hombros.

No le ha gustado contar eso. Se levanta inquieta.

—No sé cómo he podido traer todo esto desde Gernika… —Valentina intenta arrastrar el baúl. Domingo corre a ayudarla—. Gracias.

Busca la llave del candado en su bolso y se la da. En realidad, no deseaba hablar de su madre, pero quizá un marido sea el depositario más seguro de los secretos y pasadas unas semanas pueda decirle lo que realmente ha roto su corazón.