Un bosque de álamos en Idaho La llegada
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La llegada

La llegada

VALENTINA Y DOMINGO

Desde que se despertó, antes de que saliera el sol, ha recorrido su casa tratando de encontrar sitio a todo lo que ha ido dejando en una habitación en espera de que ella lo disponga a su antojo.

Hay cosas que ni sabe si le pertenecen o si Ángeles, la mujer de Cipri, las ha dejado allí por alguna razón.

Las casas son de las mujeres, son ellas las que adivinan los emplazamientos precisos para la cama o la mesa.

A su manera, les ha buscado lugar, temeroso de que su orfandad suponga un tropiezo a los ojos de Valentina, pero sabe que son provisionales.

No ha tocado su baúl, el que ella misma envió con unos chicos por encargo de Valentín Aguirre desde Nueva York.

Sus herrajes y el cuero de las cinchas le hacen preguntarse si su mujer procederá de buena cuna y si su casa y él le parecerán demasiado poco.

Ángeles se ha ocupado de la casa mientras él se hallaba en los pastos.

Cuando abrió la puerta por primera vez sintió que un aire dulce y limpio flotaba en el ambiente, como si se tratara de un anticipo de lo que iba a vivir.

Colgó sus camisas en el armario y se metió en la cama, aunque no pudo dormir demasiado.

Tuvo esa pesadilla que de vez en cuando padece: se ahoga en un mar espeso y no puede pedir ayuda.

Al levantarse se ha dado un baño y ha colocado dos toallas que trajo del almacén, la pastilla de jabón y el cepillo de dientes en el lavabo.

Los cuadernos donde dibuja las palabras aprendidas y los dos libros que posee están encima del aparador de roble, junto a las cucharas y tenedores que él mismo ha tallado.

La fotografía enmarcada del puerto de Lekeitio que se llevó sin el permiso de Juan Orive parece muy pequeña sobre la repisa de la chimenea, pero llena la estancia de una manera misteriosa.

La piel de oso está también perfectamente integrada.

Él no la pidió, pero Encarni ha decidido que debía de estar en su casa.

A Domingo le cuesta reconocer esos espacios que le acogen, la espera a ella para hacerlos suyos, y simplemente los recorre con el único objetivo de que los ojos de Valentina se posen en ellos.

Antes de salir se detiene a mirar cada rincón.

Si puede evitarlo, no volverá a la habitación de los trabajadores del Creek Valley Ranch.

Para él, lo que ve es casi un palacio, aunque no puede explicarse a sí mismo lo que significa tener un lugar propio.

Mira a su alrededor, escucha obsesivamente las pisadas de botas y entiende que no tiene sentido que un hombre que siempre está solo compre una casa.

Los hoteles están bien para ellos, pero si hay una mujer hay que tenerla.

— Egun on .

Julio se sorprende cuando le encuentra esperándole.

Le interroga sin dejarle hablar hasta que Domingo puede contarle que en el transcontinental de mediodía llegará Valentina, su mujer, a la que aún no ha visto.

El barbero se toma la información en serio y despliega su oficio con más esmero que de costumbre mientras le pregunta, bajando la voz, cómo la imagina.

—Ella me mandó una foto. Es muy guapa.

—¿Y tú te hiciste una fotografía?

—No. Nicolás le habrá dicho cómo soy.

Julio sonríe abiertamente, gesticula, enarca las cejas, se pone en jarras.

Domingo ha oído chismes acerca del barbero, nada concreto, solo medias palabras y una velada advertencia de que es un hombre distinto a los demás.

Atildado, le gustan la música y el baile.

Lo ha visto en la fiesta de Navidad, bien vestido y rodeado de mujeres.

Dicen que es demasiado limpio y que habla más de la cuenta, pero a él no le importa lo que murmuren los otros; siente aprecio por Julio y reconoce la destreza que posee.

El negocio le va tan bien que se ha comprado un automóvil.

Ha oído decir que todos los domingos va a Emmett, a ver a una novia a la que nadie conoce.

—¿Cómo vas a ir a buscarla?

Domingo lo mira perplejo.

—¿No estarás pensando en llevarla arrastrando las maletas por toda la ciudad?… Alquila un coche.

El pastor frunce el ceño. No había pensado en ese detalle.

—Y cómprale unas flores.

Sale de la barbería algo aturdido y se dirige a su hospedaje pensando que Encarni le asesorará.

Julio no ha cesado de repetirle que las mujeres no son mulas de carga y que, aunque no lo digan, les gusta que los maridos piensen en ellas.

Una extraña y desasosegante sensación recorre su espina dorsal.

Es verdad que es su marido, y casi lo ha olvidado.

Se avergüenza al pensar que esa mujer ha hecho que su último año haya sido uno de los más felices de su vida y que él no tenga presentes sus necesidades.

A su manera ha hablado con ella, la ha llevado a la montaña pegada a su cuerpo y casi hasta ha sentido la calidez de su piel.

Esperarla le ha hecho bien, y no quiere desprenderse de su sueño ahora que está a punto de hacerse realidad.

Apenas a una hora de su llegada, siente algo parecido al pánico.

— Ene! [41]

Las chicas que trabajan en el Jai Alai le guiñan un ojo al verle.

Sonríen con complicidad y hablan entre ellas.

Julio, el peluquero, le ha obligado a aceptar como regalo de boda una camisa celeste, está recién afeitado y peinado y huele a loción; en esas condiciones, un pastor se convierte en un bicho raro.

Algunos sonríen maliciosamente y le miran, esperando algo.

A Domingo le molesta intuir que la llegada de su mujer no es un secreto.

Encarni tira de él y se lo lleva a su pequeño despacho.

Como una madre, le arregla el cuello, algo tieso, y le palmea un brazo.

—Has hecho bien… Txukun zaude [42] . No hagas caso de esos. Nos acostumbramos a andar de cualquier manera y nos sorprende ver a un hombre aseado… Te aseguro que lo que tienen es envidia.

—Julio me ha dicho que necesito un coche para llevarla de la estación a la casa.

—Y ha dicho bien. Hay un buen trecho, y estará molida del viaje. Ahora mando aviso a Ezequiel.

—¿Y flores? ¿Debo llevar flores?

—Como quieras. Tiempo tendrás de cortejarla… Pero bésala en las mejillas y pregúntale si está muy cansada. Habla con ella. No te quedes como un pasmarote esperando a que caigan las palabras del cielo.

—¿Hablar?

—Sí, hablar. No os conocéis, y apenas habéis intercambiado un par de cartas formales. Ha hecho un viaje muy largo y estará temerosa de lo que va a encontrar. ¿Es que no tienes curiosidad?

No le responde, porque no conoce la palabra exacta que pueda definir el correcorre que va por sus venas.

Sale a la calle y da unas zancadas, abrumado por sus obligaciones de esposo.

Ni Julio ni Encarni se han atrevido a darle consejos más urgentes, y él se agarra a lo que ha oído en el dormitorio de los trabajadores.

Felipe habló de un amigo que se había casado y que la misma noche de bodas montó a la mujer como si fuera un toro.

Al día siguiente la joven desapareció, y nunca más se supo de ella.

Cipri les dijo que a las mujeres había que tratarlas como a la porcelana y que había que esperar a que ellas insinuaran que estaban preparadas.

Él no sabe de mujeres de verdad. Las que hay en el burdel saben más que ellos, pero las que vienen del pueblo…

A Domingo le asusta más que le rechacen o que, sin querer, cometa algún error irremediable.

Si se pone tierno, perderá su hombría y le quitarán el sitio que tanto le ha costado ganarse entre los suyos.

Se detiene en los escaparates, va hasta el frontón y atraviesa el parque.

La ciudad ha crecido, y él ni tan siquiera se ha dado cuenta.

Las grandes avenidas se abren a derecha e izquierda de la estación de Boise.

Su torre y el reloj que hay en ella se ven desde cualquier calle, y lo mismo sucede con la iglesia del Buen Pastor, que hace tiempo que no visita.

Finalmente, cuando cree que no deberá esperar más allá de media hora, se encamina a su destino con los músculos en tensión.

Le han aconsejado que le hable, pero ¿de qué?

La sala de espera está fresca, y una docena de personas se sientan en los bancos de madera.

Mira la hora. Quiere preguntar si el tren llegará puntual, pero no se atreve; teme no hacerse entender, y está demasiado nervioso como para soportar más tensión.

Los hombres fuman cigarrillos y leen el periódico, las mujeres permanecen inmóviles junto a sus maridos vigilando a los niños, que alborotan y corren.

A Domingo le obsesiona el consejo que le han dado e intenta buscar palabras para ofrecerle a Valentina.

Puede contarle que, aunque vea una planicie seca, más allá están la montaña, los ríos y el frescor de los álamos.

Puede pedirle que le hable del viaje, o interesarse por su familia.

No sabe nada de ella y en realidad podría preguntarle cientos de cosas, pero de momento le basta con conocerla.

Ha huido de las confidencias cuanto le ha sido posible y sabe que, dependiendo del momento en que se hagan, pueden volverse en contra de quien escucha.

El reloj avanza sin prisa. Se levanta y sale al andén.

Lo recorre de una punta a otra junto a otros que también esperan.

Selecciona la primera palabra que dirá. «Soy Domingo Arsuaga.

Tu marido. Espero que el viaje haya estado bien».

Satisfecho, sigue memorizando la frase hasta que a su alrededor la gente comienza a moverse. El tren está llegando.