Un bosque de álamos en Idaho Llegaré en septiembre
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Llegaré en septiembre

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DOMINGO ARSUAGA

Él mismo conoce a compañeros que llevan rebaños de varios propietarios junto a sus propias ovejas, buscando la manera de sobrevivir yendo de un lado a otro.

No tienen empleados que mantener, y si las cosas van bien consiguen un buen dinero por la esquila, la ayuda en la parición y la venta.

Fue lo que hizo Nicolás, tener su propio rebaño, ser pastor de otros compartiendo beneficios, y por eso volvió a Gernika con miles de dólares en el bolsillo.

Él no es tan audaz ni tan ambicioso. Hace un par de años encontraron muerto a uno de Lekeitio.

El hombre no tuvo alternativa. Posiblemente se disparó fortuitamente en un pie y, sabiendo lo que le esperaba, se quitó la vida.

Un pastor debe estar en estado de alerta permanente: las ovejas necesitan cuidado, las fieras están al acecho y cualquier accidente resulta mortal debido a la soledad.

Por eso Domingo sabe que no estará mucho tiempo pastoreando rebaños, porque cuando piensa en Valentina se distrae y atenta contra sí mismo.

Las últimas semanas no ha tenido la cabeza donde debería tenerla, y la montaña no perdona a los enamorados.

Todavía se le eriza la piel cuando recuerda que hace unos días vio un oso cerca de un riachuelo y se acomodó en un recodo para disparar sin mirar dónde pisaba.

Una serpiente de cascabel le acechaba a unos centímetros, esperando para morderle.

Afortunadamente, se dejó caer hacia el río y tan solo sufrió una pequeña contusión.

Tajui le había enseñado a correr dando pequeños saltos para no despertar a las serpientes, pero él pensaba en Valentina y lo olvidó.

Enfila los últimos kilómetros sintiendo que algo en su interior se libera.

Desde su montura mira el rebaño, que obedece a los perros, y suspira.

Con una mano sostiene la rienda del mulo cargado, y con la otra la de su propio caballo.

A su nariz llega el aroma de los ramilletes de tomillo y lavanda que lleva para la señora Peterssen.

Recoger las plantas y atarlas con un cáñamo seco cuesta menos que agradecer que haya pensado en él, y además no quiere entrar en la casa del patrón.

Ha calculado mentalmente lo que sacará con la venta de las pieles y los corderos.

Felipe, cuando subió a verlo, le dijo que en el rancho de los Goitia buscaban gente para la esquila.

Sabe que trabajará con otros rebaños, aunque sea de noche.

Quiere saldar la deuda con su patrón tan pronto como le sea posible.

Casi a media tarde, los compañeros salen a su encuentro para ayudarle a conducir a las borregas a las cercas construidas para recibirlas.

Hay que contar los animales y separar a aquellos que necesiten cuidados.

Felipe le palmea la espalda, y sus ojos se encuentran.

No hace falta que pregunte, su amigo sabe lo que necesita escuchar.

—Mañana sale de Nueva York. Tienes cinco días para quitarte la mugre.

Sonríe aliviado, busca los ramilletes de hierbas y se los da.

—¿Puedes llevárselos a la señora Peterssen?

Su amigo asiente y camina hacia la casa.

Él se concentra en su trabajo, los perros ladran alborotados y Beltza corre cercando a las ovejas, sabiendo que ahora serán los hombres quienes lo liberen de su responsabilidad.

Cuando todo está encarrilado, va hacia los establos para descargar y cuidar a esa bestia que le ha sostenido.

El caballo es casi tan importante como el perro, aunque un hombre duro como él no pueda deshacerse en carantoñas con sus animales.

Quita la silla, le pone agua y heno fresco susurrándole esas palabras aprendidas en la infancia.

— Lasai lagunak, etxean dago [40] .

Sus movimientos son mecánicos, silenciosos, certeros, suficientes como para cerrar la puerta a esos meses de aislamiento.

Tiene que ir a saludar al patrón, pero no corre.

Lo primero es lo primero, y lo único que Domingo es incapaz de hacer es mostrarse servil.

La dignidad es su mayor patrimonio y no piensa perderla.

Además, tiene que esperar a que las palabras acudan a su boca.

Estar en silencio produce esas cosas; las costumbres olvidan el camino y durante los primeros días es casi incapaz de hablar.

Lleva sus pertenencias a la casa donde se alojan los trabajadores y tiende al raso, para que se oree, el colchón enrollable que le ha proporcionado descanso.

No se cambia de ropa, solo se lava las manos sin mirarse al espejo.

Es entonces, después de resoplar un par de veces, cuando se dirige hacia los cercados donde los hombres se afanan en recoger a los animales antes de que anochezca.

Ve la camisa azul de su patrón, el pelo rubio, su altura, un poco sobresaliente entre los demás, y enfila en su dirección.

El señor Peterssen se vuelve al advertir su presencia y camina hacia él, acortando la distancia.

Le tiende la mano, toma la iniciativa para escenificar esa paz que los dos hombres saben enturbiada por los acontecimientos.

El pastor está seguro de que Peterssen ha pensado que la presencia de Valentina alterará sus relaciones con ese hombre en quien hasta entonces ha confiado ciegamente.

Es su mejor pastor, y quizá el de los alrededores, y no quiere perderlo.

Vascos y americanos se apoyan en los mismos valores, son trabajadores, honestos y no quieren altercados, pero es difícil adentrarse en los pensamientos de un hombre como Domingo.

Felipe, que ha visto el cercano encuentro, se aproxima a ellos por si necesitan que alguien traduzca sus palabras, pero no va a ser necesario.

Se aprietan las manos, el patrón palmea la espalda de Domingo en un conato de abrazo, se toca el ala del sombrero, mira a sus ojos y luego levanta el pulgar.

Los americanos del oeste acostumbran a dejar metro y medio entre ellos.

No les gustan las cercanías, que guardan para su intimidad, y en eso se parecen a los vascos.

Él asiente, los músculos de su cara empedrados, los ojos fijos en los de Jeff, las piernas, algo separadas, enraizadas en una tierra que no es la suya.

Al fondo, en el porche de la casa grande, el pastor advierte la silueta de la señora Peterssen, que los observa.

Lleva en la mano los ramilletes de lavanda y tomillo, con esa ligereza con que las mujeres sostienen las cosas.

Cuando el patrón se vuelve hacia los otros, Domingo la mira sin disimulo, se toca el ala del sombrero e inclina la cabeza.

Ha visto a los americanos hacer esa señal de respeto y le gusta.

No hace falta entrar en contacto, es como un telegrama que cada uno puede escribir con las palabras justas.

La dama levanta una mano a modo de saludo.

Cuatro días más tarde va a Boise. Es preciso cerrar sus tratos con Arrieta, ir a la barbería, comprarse un par de calzoncillos y saber si hay correo para él.

Encarni Mendiola le recibe con cariño. Naturalmente, está al corriente de la llegada de Valentina, de la compra de la casa y de todo lo referente a su vida.

Encarni lo estudia, lo mira para comprobar que ha vuelto entero una vez más.

El pastor le entrega un par de cucharas con el mango largo, como ella le pidió.

—¿Ya tienes tu casita preparada?

—De eso se encargará la mujer.

—¿No echas algo de menos aquí?

Domingo mira a su alrededor y no advierte cambio alguno. Arruga la frente y mira a la hostelera pidiendo explicaciones. Su marido descolgó la piel de oso que hace tiempo cazó Domingo, y ahora está frente a la chimenea de su propia casa.

—Ni te has dado cuenta… ¡Qué sería de vosotros si no estuviéramos las mujeres detrás!

Su modo de hablar le transporta al viejo mundo; es el acento, el hogar, el ayuntamiento, la plaza, la taberna y las calles de su pueblo.

Es ella quien recibe sus cartas, quien las responde y quien le ordena comprarse una camisa o le adelanta el dinero para algo extraordinario. Tiene razón, pero no se lo dice.

En el almacén se guardan los enseres de los pastores, los objetos que quieren conservar hasta que vuelvan a España.

Por la puerta doble de la entrada puede aparecer un hermano, un primo o cualquiera con quien compartir lo que se ha dejado atrás.

Ella y su esposo tienen lo que se necesita para hacer de puente entre ellos y los americanos.

Hablan su idioma, conocen los almacenes y llevan a sus hijos a un colegio en el que se aprende a escribir en inglés.

Si no existieran estos hospedajes, los pastores no podrían soportar la dureza de su trabajo ni el aislamiento en el que viven.

—¿Puedes leer tu nombre?

—Sí.

Encarni le da la llave del almacén para que recoja sus cosas, advirtiéndole que hay cajas de madera con los nombres de los que han dejado allí algo que guardar.

Está en el sótano, y hace un par de años que no lo pisa.

Los enseres de los pastores se acumulan, casi olvidados, esperando a que sus propietarios decidan su destino.

Hay colchones enrollables de los que se usan en la montaña, maletas de cartón, libros, ropa y hasta una máquina de coser llena de polvo.

Hace un esfuerzo y va leyendo algunos nombres, pero él sabe distinguir muy bien el suyo.

En su cabeza es un dibujo fácilmente reconocible.

En el segundo pasillo se detiene en la última caja, de la que sobresale algo envuelto en telarañas.

Corresponde a Juan Orive y, si mal no recuerda, hace un par de años que volvió a España.

Le despierta la curiosidad el hecho de que sus pertenencias sigan allí.

Abre la caja y ve unos zapatos viejos, una manta que ha alcanzado una consistencia parecida a la madera y una fotografía enmarcada del puerto de Lekeitio.

Limpia el polvo del cristal que la protege con la manga de la camisa y la contempla.

Sus rodillas resbalan hasta el suelo y Domingo se deja arrastrar por la fuerza de la nostalgia.

Da un par de suspiros, y él mismo se sorprende al descubrirse evocando el lugar que representa con fidelidad la fotografía enmarcada.

Le resulta casi mágico descubrir lo que uno aloja en el corazón.

Vuelve a poner la caja de madera en su lugar, pero se queda con lo que ha encontrado.

Juan ya no necesitará esa fotografía del puerto por el que tantas madrugadas ha caminado.

Encuentra su nombre y abre la caja. Hay ropa vieja e inservible, una fotografía de su madre y la pitillera de cuero que le regaló uno de los Garate.

En una bolsa de papel están las cartas que recibió de su madre; el billete del barco que le trajo a América y una esponja que le dieron para que se lavara.

Mete la fotografía del puerto junto a esas cosas, de las que solo salvará la foto de su madre, y agarra la caja para llevársela a su casa.

Se sienta en una de las mesas corridas. Espera a Arrieta para ajustar los precios de las ovejas que le ha entregado.

Domingo calcula mentalmente la cantidad de dinero de la que dispondrá para pagar la deuda a su patrón.

A su izquierda, unos pastores comentan que Ignacio Gaztanaga no ha devuelto el rebaño en la fecha y que ya son más de quince días de retraso. Algunos han subido a buscarlo.

—¿Tú no lo viste, Domingo?

—No. Tiré hacia arriba, al oeste.

—Ignacio no se ha ido. Tiene dos chiquillos en casa. Algo le habrá pasado.

Guardan silencio. Todos conocen la montaña y las dificultades que puede encontrar un pastor.

Escucha que las mujeres están acompañando a su mujer y que, si para la noche no hay noticias, volverán a subir.

Hablan a trompicones, como si un viento frío les cortara el aliento.

Todos piensan en lo peor. No será el primero ni el último que no regrese y que al año siguiente, con el deshielo, aparezca entre las rocas.

Los hombres se lanzan a recordar a otros pastores que salvaron la vida porque Dios es grande y que volvieron con las manos desolladas de haber estado agarrados a una roca durante días.

Cuando llega el tratante, se sienta frente a él y cierran la operación sin regateos.

Arrieta parece más contento que de costumbre esta mañana.

Le pregunta por Valentina. Sabe que está a punto de llegar y no quiere perderse el encuentro.

Como el pastor le conoce, no le ofrece información y desvía la conversación hacia otros temas. Pero él insiste en darle consejos.

—Tienes que mostrarte paciente pero duro. Los principios marcan el resto de la vida.

Domingo le escucha a medias. Comen un plato de alubias y hablan con los demás. La llegada de la mujer le hace sentirse distinto. No sabe cómo será ser el propietario de un rebaño, pero pensar en decir «mi mujer» le parece importante.

Pasa por el almacén y compra una almohada y una manta.

Siguiendo el consejo de Felipe, se lleva también unas galletas y café.

No tiene refrigerador, y tampoco ha pensado en lo conveniente de tener hielo.

A él le cuesta enormemente hacer esas cosas.

Se muestra azorado e inseguro cuando entra en una tienda.

Siente algo parecido a la humillación cuando no puede pronunciar los nombres de las cosas, o cuando no es capaz de buscar o preguntar algo cuya respuesta no entenderá.

Normalmente lleva grabada en su memoria la manera de pedir lo que necesita, pero esos días, zarandeado por su corazón, se siente especialmente inseguro.

Sus esfuerzos solo alcanzan para ignorar las preguntas y expresiones de los que no pertenecen a su tierra.

Lo primero que hace al llegar a su casa es colocar la fotografía de Lekeitio sobre la repisa de la chimenea.

Afortunadamente, la mesa y las sillas que le dejaron los Zarandona llenan el espacio casi vacío.

Domingo mira la bombilla desnuda que alumbra apenas la espaciosa sala y recuerda la acogedora sala del rancho.

Suspira. Van a hacer falta demasiadas cosas y unos buenos dólares para darle forma al abandono que dejaron los antiguos moradores tras su partida.

Esa noche duerme en su casa, poco, esperando la mañana. Irá a la barbería de Julio, y después a buscar a su mujer a la estación.