Un bosque de álamos en Idaho Un tren hacia el abrazo #2
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Un tren hacia el abrazo #2

El barullo y el traqueteo la aturden. Está en su segundo día de viaje y no ha conseguido descansar.

Sus ganas de hablar o de compartir algo con las pasajeras se esfuman, y ni siquiera contemplando las ocurrencias de los niños se distrae.

Mira las estaciones de los pueblos que atraviesan y en los que no se detienen, observa los campos sembrados o yermos, las colinas, las montañas, y esas vastas extensiones de desierto que ahora aparecen.

La desconocida geografía le da la sensación de estar dirigiéndose hacia el fin del mundo.

Añora el mar, y daría algo valioso por verlo desde esa ventanilla llena de polvo.

En Nueva York se atrevió a ir hasta los muelles varias veces, y allí el olor marino y los barcos suspendidos sobre el agua la tranquilizaron.

Normalmente tiene recursos para alejar los negros pensamientos, es una chica alegre que siempre da una oportunidad a la vida para que la sorprenda, pero esta vez se siente demasiado asustada.

El tercer día tiene que esforzarse para comer; ha rezado el rosario dos veces y ha conseguido contener unas inmensas ganas de llorar.

El cuarto, ya está encerrada en su mutismo; apenas responde con sonrisas y monosílabos a los intentos de conversación de quienes la rodean, y para cuando atraviesan Wyoming solo quiere cerrar los ojos y dormir.

Se siente cansada, dolorida, y no encuentra la manera de contener la náusea y el miedo.

Sabe que está a punto de encontrarse con ese desconocido del que ni siquiera tiene una fotografía y que la estará esperando.

Nota que su cuerpo está a punto de caer al abismo.

Se levanta para estirar las piernas y respirar un poco de aire en el espacio que hay entre los vagones.

No se da cuenta de que la mujer que la miraba sonriéndole como si la conociera se acerca.

—Buenas noches —le dice en español—. No hay quien duerma con este calor. ¿Vienes de España?

—Sí. De Vizcaya.

—Lo suponía. No me he atrevido a preguntártelo porque te he oído hablar en inglés con el revisor, pero ayer, mientras dormías, diste las buenas noches a alguien en tus sueños.

—Oh… No sabía que hablara en sueños.

—Pues creo que sí… Perdona, soy Margarita Urrutia y vengo de Bilbao. ¿Adónde te diriges?

—A Boise.

—También yo.

Se fija en la mujer. Es refinada y va peinada a la moda.

Al amparo de las sombras de la noche, Valentina se abre a esa desconocida y le confiesa lo que está viviendo, incluyendo las dudas que la han asaltado durante los meses que precedieron al viaje.

Le habla de su madre, de ese vacío que la empuja a buscar un abrazo más profundo que el que ella le negó, y de la esperanza que ha puesto en el matrimonio.

Describe Lekeitio, la colina desde la que vigilaba la isla de San Nicolás pensando en las ballenas, y le habla de sus amigos y de la niña que nació una semana antes de que ella partiera y que lleva su nombre.

Le cuenta que en Gernika hay un bosque de hayas en el que siempre hay sombra y que conoce Bilbao y el Hotel Carlton.

A medida que avanza en sus confidencias, advierte el alivio que siente al poner nombre a sus miedos, y ni tan siquiera cede espacio ni se interesa por lo que tenga que contar su interlocutora; únicamente avanza en su confesión como si talara los árboles de un bosque que le impidieran ver la luz.

Dos horas después, ambas regresan a sus asientos.

Margarita lo sabe todo de Valentina, y esta ignora quién es la mujer a la que ha abierto su corazón.

Cuando amanece, el revisor avanza por los pasillos anunciando la llegada a Idaho en un par de horas.

Todo el vagón empieza a moverse como si la ciudad estuviera a punto de aparecer tras los cristales.

Valentina espera su turno frente al espejo, se peina, pellizca sus mejillas, pone orden en su ropa y palpa los dólares que lleva y el anillo que se pondrá en el dedo anular de la mano derecha.

Por fin el tren ralentiza la marcha y, mientras atisba por la ventanilla, Valentina ve una llanura polvorienta rodeada a lo lejos de montañas y recuerda el consejo que le dio Valentín Aguirre de que no pensara en sus prados y valles.

No obstante, su vida pasa por su cabeza a toda velocidad.

Se detienen. Ella espera a que bajen los pasajeros.

Se toma su tiempo para respirar profundamente y volver a mirar su imagen en el reflejo del cristal.

De nuevo se pellizca para que aparezca el rubor.

Cuando apenas quedan un par de mujeres, Margarita se acerca y pone una mano sobre su hombro. Ella no puede evitar bajar la mirada.

—Boise es pequeño y todos nos conocemos. Te deseo que seas muy feliz. Si me necesitas, trabajo en el Salón de Belleza París, en Main Street.

Valentina asiente y musita un gracias avergonzado, arrepintiéndose de todo lo que le ha contado a esa desconocida.

Baja los escalones del vagón sosteniendo su maleta y por fin levanta la mirada.

A unos metros hay un hombre alto que estira el cuello con intención y la observa.

Valentina advierte que avanza hacia ella y, cuando está muy cerca, la mira con unos ojos implorantes, difíciles de olvidar.

En su cabeza, la voz de su tía viene desde muy lejos para recordarle que no es conveniente hablar antes de que lo haga el hombre. Se queda quieta, bisbiseando su rezo.

Ave Maria, gratia plena, Dominas tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictas fructus ventris tai, lesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae.

El tiempo se ha detenido, y no sabe cuánto ha transcurrido desde que el hombre se detuvo frente a ella.

Percibe un movimiento y levanta la mirada.

Los latidos de su corazón son tan intensos que si alguien se fijara en su pecho vería cómo la tela de su blusa se mueve levemente.

Ve que se quita el sombrero y que parece mucho más sereno que ella, pero no habla, solo la observa.

Valentina percibe un discreto olor a perfume, o quizá es la brillantina de su pelo la que huele a madera y a camelias.

Se dice a sí misma que es limpio, que es guapo, y que tiene más aplomo del que esperaba de un hombre analfabeto.

Entonces recuerda que Nicolás le advirtió que su pastor era de pocas palabras y algo tímido.

Un rayo la atraviesa. Siente que su espina dorsal se endereza para acortar la altura del hombre que, paralizado, le sonríe sin decir una sola palabra.

— Ni Valentina naiz [39] .

Le tiende su mano enguantada y él la estrecha con torpeza. Su marido coge su maleta y señala el edificio de la estación. La joven le sigue sin poder detener el galope de su corazón. Le mira algo decepcionada, preguntándose cómo podrá romper el incómodo silencio del que parece estar hecho.