Un bosque de álamos en Idaho Un tren hacia el abrazo
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Un tren hacia el abrazo

Un tren hacia el abrazo

VALENTINA ALZOLA

Lleva veinticuatro horas viajando. El paisaje desfila ante sus ojos, infinito.

Termina el verano, los valles se suceden salpicados de casas de labranza, las montañas y las llanuras de ese país inabarcable parecen no acabarse nunca.

Valentina no puede detener sus pensamientos.

Está poseída por una especie de perplejidad que no la ha abandonado desde que partió de Gernika.

Se deja arrastrar por la inercia de sus movimientos, aunque no pare de pensar que en su cabeza sigue haciendo falta una mano que ponga orden.

Desde su posición defensiva, atrincherada en su asiento, recuerda los rumores que corrían por el pueblo acerca de algunas mujeres que hicieron el mismo camino que ella recorre ahora: unas se habían vuelto locas, y otras vivían en medio de una llanura donde la casa más cercana estaba a kilómetros de distancia.

Algo en su interior se ha detenido. Es una sensación protectora, ya no le queda tiempo ni ganas de defenderse de lo que teme. No hay vuelta atrás.

El cansancio físico todavía no ha hecho mella en Valentina.

Es joven, está fuerte y sus ahorros van seguros en una faltriquera que ella misma ha cosido al vestido.

Reza durante un rato, se adormece y vuelve al misterio glorioso en el que se ha perdido.

Rezar le sirve para mantenerse a salvo de esas ideas que la persiguen obsesivamente.

No quiere escuchar a la chica atemorizada que vive dentro, ni temer a la mujer que la advierte de que quizá sus elecciones no han sido acertadas.

Rememora recetas y visualiza los adornos que tanto le gusta hacer con el merengue o la mantequilla batida.

Lo hace porque a veces ni el devoto rezo ni su placentero oficio le impiden pensar en los hombres, cada vez más cerca y cada vez más hombres.

Ahora sabe más de ellos que cuando salió de Gernika.

Manuela le ha contado cómo son las relaciones sexuales; se lo explicó con todo detalle y ella pudo hacerle algunas preguntas que no sabía a quién formular.

Ahora entiende ese misterioso proceso que conlleva el matrimonio, y también está instruida sobre cómo procrear o evitar quedarse embarazada.

Los hombres son la fortaleza y la autoridad, pero también el cobijo y la ternura.

Su amiga le ha explicado aspectos del amor que ella desconocía, y ahora considera que quizá no debería haber tomado una decisión tan rápido.

Muchas eligen un noviazgo largo para conocer al esposo.

Un tiempo en el que se aprenda a tocarse sin poder evitar un respingo, para quitarse el miedo de decir lo que se piensa y no permanecer en ese limbo en el que hay que aguantar hasta llegar al altar.

Se da cuenta de que el matrimonio es una trampa en la que es imposible no caer si una mujer quiere prosperar en la vida.

Ahora, cuando piensa en Domingo, no siente la misma extraña lealtad que cuando recibió su carta y ella trató de imaginarlo; ahora, lo que le viene a la cabeza es la firma incierta y temblorosa de su nombre.

Nicolás no se cansó de decirle que era un hombre bueno, pero Valentina teme encontrarse con un hombre rudo y descuidado.

Afortunadamente, en el interior del vagón la atmósfera se parece a la de un patio de vecinos.

Las mujeres ocupan una mitad y los hombres otra.

A la hora de comer todos sacan lo que llevan, y no es raro que te ofrezcan algo.

Por la noche, en tercera clase, se compone una suerte de acomodo con unos travesaños de madera semiocultos en los laterales que se apoyan en el suelo para que algunos puedan tenderse a descansar.

La chica observa la mezcla variopinta de nacionalidades, los distintos acentos de una misma lengua y el recato en el vestir que los viajeros mantienen, a pesar de las altas temperaturas.

Begoña y Valentín la acompañaron hasta la Estación Central, de donde salía un tren que la llevaría a la ciudad de Milwaukee.

Una vez allí, enlazaría con un transcontinental que llaman Milwaukee Road y que atraviesa Chicago, Wisconsin, Minnesota, Dakota del Sur, Nebraska y Wyoming antes de llegar a Idaho.

Le contaron que hace unos años ese mismo ferrocarril llegaba hasta Winnemucca, y que posteriormente construyeron la vía férrea a Boise.

Tal vez esa era la razón por la que tantos vascos estaban establecidos en los alrededores de esa ciudad.

—A ti no tengo que colgarte un cartelito con el nombre de tu destino ni aconsejarte que lleves un periódico en inglés para que los de inmigración no te importunen, como he tenido que hacer tantas veces —le dijo Valentín Aguirre—.

Vas mejor preparada que muchos de los que he visto partir hacia el oeste.

—Te irá bien, Valentina —añadió Bego—. En todas partes es bien recibida una chica que cocine como tú. Escríbenos y tennos al corriente si necesitas algo.

—¿Cuántos kilómetros hay de aquí a Boise?

— Laztana , no pienses en eso… No pienses en nada. Hay muchos kilómetros, pero ya sabes que no tienes que contarlos. Reza un rosario y duerme todo lo que puedas —le aconseja Begoña Orbe palmeándole la espalda.

Le costó despedirse de ellos. La agencia de Valentín Aguirre facilitaba mucho las cosas a quienes ignoraban cómo funcionaba América.

Gestionaba los depósitos de dinero de muchos pastores y actuaba casi como un banco; enviaba dinero, pagaba facturas y organizaba viajes.

Recibía a los visitantes, se ocupaba de ellos si tenían problemas de salud y hasta les conseguía trabajo.

Detrás del Jai Alai había nada menos que un frontón.

¿Qué más podían pedir sus huéspedes? Su dirección aparecía como referencia en muchos permisos de residencia, y no había prácticamente nada que no pudiera resolver.

Haber trabajado en el Jai Alai le proporcionaba a la joven una tranquilidad adicional, y en su cuaderno de notas figuraba el número de teléfono de su patrona.

Valentina contempló la imponente estación antes de acceder a los andenes.

Quería fijar en su memoria un trocito de aquella ciudad que tanto le había enseñado.

Luego buscó su tren y encontró un asiento junto a la ventanilla.

Dejó sus pertenencias en la rejilla superior y comenzó a rezar el rosario.

La duración del viaje oscila entre cuatro y cinco días, dependiendo del tiempo que se detenga el convoy en las paradas establecidas o de los obstáculos que encuentre en el camino.

Manuela le ha preparado una bolsa de provisiones envidiable: huevos duros, galletas, queso, embutidos, pan de sándwich para una semana y, por supuesto, un termo con agua fresca y otro con café.

Mientras mira el paisaje, Valentina recuerda los consejos que le han dado para llegar con bien a su destino y mira de reojo su maleta grande.

En la fila de su izquierda, una mujer de la edad de Mariana le sonríe como si la conociera.

Ella la ignora. No desea hacer amistades, ni tiene fuerzas para ser encantadora y educada.

No come mucho. Los nervios le mantienen cerrado el estómago, y lo único que tiene es sed.

Cada cierto tiempo, un hombre con un carrito pasa vendiendo bebidas.

Hace calor, y en muchos tramos no se pueden llevar las ventanillas abiertas a causa del ruido y el polvo.

Hay pasajeros que permanecen dormidos, inmutables en su asiento, y otros que parecen viajar constantemente, porque no paran quietos y se ocupan de poner pañuelos o toallas en las ventanillas para que el vagón no se caliente más de lo que ya lo está.

El tren se detiene en Chicago casi una hora.

La pasajera que lleva a su derecha la advierte de que puede descender para estirar las piernas o acudir al cercano Hotel North Hill, donde, si no la detiene el portero, podrá asearse en los baños y comprar unas bebidas.

Pero Valentina se resiste a abandonar su asiento.

Alguien podría ocuparlo o llevarse su equipaje.

Este convoy atraviesa el país y, aunque es mejor y más cómodo que los que conocieron otros, va lleno de gente que huye de las ciudades y de la depresión económica para abrirse camino en el campo.

Las mujeres atienden a sus hijos, bostezan, comen, hablan mucho.

Buscan oportunidades después de que la crisis las haya dejado a la deriva.

Por ellas ha llegado a saber que Canadá se encuentra al norte de Idaho, que al este están Montana y más abajo Wyoming, y que cerca se extienden Utah y Nevada.

Trata de entender en qué lugar de ese continente vivirá, y le resulta difícil imaginarlo cuando a través de las ventanillas ve una inmensidad de campos, tierras y bosques que parecen no tener fin.

Nunca se ha orientado bien. No le gusta ir sola a los lugares que no conoce.

Suspira y se consuela pensando que un tren nunca se pierde, que las vías conducen siempre hacia el destino y que, como le aconsejó el señor Aguirre, ella no se moverá hasta que no vea la torre del reloj y el letrero de Boise.