Últimos días en Nueva York #2
San Patricio es una catedral grande que queda empequeñecida por los edificios que la escoltan, y en su interior Valentina se recoge agradecida por el latín del oficio, las columnas, el eco de la voz del sacerdote.
Sigue la misa y recita el credo imaginando a la Virgen de la Antigua, esa pequeña talla en la que tantas veces ha depositado su fe y su desesperación.
La iglesia es inmensa, pero cuando cierra los ojos ella no ve más que el retablo de su basílica, esa maravilla que dicen que pagaron marineros y piratas.
Credo in Deum, Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et terrae.
Et in Iesum Christum, Filium eius unicum, Dominum nostrum, qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine, passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos, tertia die resurrexit a mortuis, ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis, inde venturus est indicare vivos et mortuos.
Pero Nueva York no es una ciudad cualquiera. Se abre poderosa ante sus ojos, y al salir y sumergirse en ella los poderes que la intimidad del oficio le ha conferido se evaporan como un perfume volátil.
En el interior de Valentina se derrama algo parecido a la decepción.
Los escaparates exponen una abundancia casi ofensiva para aquellos que han vivido ignorando que existiera semejante cantidad de cosas.
Hay algunas que nunca ha visto y que no sabe para qué sirven.
La mayor parte de sus días, casi desde que tiene uso de razón, ha estado concentrada en trabajar, en arrancarle a la vida unas monedas que la salvaran de morir de hambre.
Ahora es consciente de la distancia que ha puesto su pobreza entre ella y este mundo abastecido.
Nació pobre, sin padre y señalada por ello.
En su cabeza crecen una comprensión y una luz que antes no tenía.
Sabe que ha tomado el camino adecuado para abandonar lo que le correspondía, y ahora avanza hacia otro lado en el que, si se esfuerza, conseguirá el hogar con el que sueña.
Le sucede desde que pisó la ciudad francesa de Le Havre: se siente impotente ante la oferta del mundo moderno y abrumada por la magnitud de sus nuevas necesidades.
Manuela la arrastra hasta los almacenes Saks y se empeña en que se pruebe un abrigo que cuesta un dineral.
Valentina no quiere hacerlo, pero pasan horas recorriendo las distintas plantas del establecimiento, descubriendo prendas y complementos que ni tan siquiera sabía que existieran.
El departamento de belleza huele a rosas y a gardenias, y una vendedora las perfuma sin preguntar.
Medio ebrias y aturdidas por la interminable oferta, salen a la calle y caminan entre el ruido de las bocinas de los automóviles.
Ella no tiene idea de adonde van, le faltan ojos para mirar lo que ve, pero Manuela sí tiene un destino: el Cine Rivoli, en la calle 42.
—Entremos. —Manuela tira de su brazo—. Dentro hace fresco, y no puedes irte sin ver una película sonora.
Valentina mira la fachada, llena de carteles gigantes que anuncian el programa. En las taquillas, y de forma claramente visible, la empresa hace saber a sus usuarios que la sala está climatizada. Deben de estar a más de treinta y cinco grados, y eso hace que la oferta sea prometedora.
—Nunca he visto una película. ¿Cómo es?
El cartel anuncia El ángel azul , interpretada por Marlene Dietrich, una diva de Hollywood.
Manuela le traduce los reclamos publicitarios y le habla de la magia del cine, convenciéndola de que por veinticinco centavos volverán al hotel felices.
Ella nunca ha estado en una sala de cine.
Se conforma con escuchar la radio que hay en el saloncito.
—En una sala de cine, cuando apagan las luces y comienza la película, todo se olvida.
—¿Apagan las luces?
—¡Naturalmente! Por eso vienen los novios…
Valentina se deja guiar, camina por el vestíbulo alfombrado y lleno de espejos, y no tarda en constatar que la temperatura allí es mucho más baja que en el exterior.
Se sientan en sus butacas y la joven mira a su alrededor, observando a los demás.
El lugar es semejante a un gran teatro, y Valentina piensa que tiene algo de catedral.
Por fin se apagan las luces y comienza la magia.
Esconder su ignorancia y su desconocimiento se ha convertido en un hábito, pero Valentina se queda estupefacta ante lo que ve y oye y se remueve en su asiento, temerosa de que el mundo que proyectan caiga sobre ella.
Había oído hablar del cine, pero la realidad la sobrepasa y durante la función, una vez superada la primera impresión, llora, ríe y experimenta infinidad de emociones.
Su amiga tiene razón: todo se olvida, el mundo desaparece, y ella con él.
Al anochecer cuenta el dinero. Ha gastado un dólar y cuarenta centavos, incluyendo la postal y el franqueo de la carta que le ha enviado a Mariana.
No le ha dicho a nadie que en una semana cumplirá veintiún años, y tampoco que cuando sale de la cocina del Jai Alai, o de las cuatro calles de alrededor, se vuelve nostálgica e insignificante y solo desea que Domingo la espere con un abrazo.
El 14 de septiembre, Valentina se levanta y, antes de nada, se arrodilla para dar gracias a Dios por sus veintiún años de vida.
Después se pone el uniforme y baja al restaurante.
Es domingo, y tiene preparados en la nevera los ingredientes para hacer un pastel nuevo que llevará el nombre de Jai Alai.
Sin embargo, al entrar en la cocina se sorprende de que no haya nadie, a pesar de que un puchero humea en el fuego.
Todo está desacostumbradamente silencioso, y teme que haya sucedido algo.
Traspasa la puerta batiente que da al comedor y el grito de sus compañeros felicitándole el cumpleaños la sobrecoge.
Manuela se adelanta sonriendo y le entrega un paquete voluminoso diciéndole que todos los compañeros han colaborado.
Valentina no quiere romper el bonito papel que lo envuelve y lo hace cuidadosamente.
Dobla el lazo, y el papel deja ver un precioso abrigo con cuello de piel y unas botas para la lluvia.
No puede evitar las lágrimas y abraza a sus compañeros.
Bego se acerca con otro paquete, bastante más pequeño.
—Apenas quedan unos días —dice—. Espero que seas feliz en Boise con tu marido, pero, si la cosa sale mal, aquí siempre tendrás un sitio. —Le tiende el envoltorio—. Espero que nos escribas.
No sabe cómo agradecerles lo que han hecho.
Abre el inesperado regalo y se da de bruces con un estuche de fieltro que contiene una pluma estilográfica y un tintero.
Le tiemblan las manos, y el corazón late acelerado.
Es una Waterman, como las que tenían don José, su maestro, y Esther, la gobernanta.
Un objeto que siempre ha codiciado. La acaricia.
No sabe cómo ha descubierto la importancia de ese objeto. Le da las gracias.
—Esto significa mucho para mí. ¿Cómo lo has sabido?
—Vi tu preciosa letra cuando copiabas las recetas en ese cuaderno que llevas en el bolso. Te gusta escribir, aprender…
Todos vuelven al trabajo, y ella guarda sus regalos a la espera de poder contemplarlos con detenimiento. Se siente feliz. No sabe si seguirá siéndolo cuando la semana siguiente se monte en ese tren que conduce al oeste.
Tiene que aprender a ser otra.
La espera su marido.