Últimos días en Nueva York
Últimos días en Nueva York
VALENTINA ALZOLA
Desde su cama mira a su alrededor, estupefacta, como si no diera crédito a lo que ve.
El papel pintado, delicado y alegre, despliega unas caprichosas guirnaldas que caen desde el techo con la cadencia de una pared palaciega.
Su uniforme, y planchado, cuelga de una percha enganchada en la manija de la ventana.
Se detiene en un calendario que el recepcionista regalaba y que ella ha colocado en la pared.
Ha ido tachando los días con unas aspas decididas, y ahora cuenta los que le quedan en esa ciudad que la ha transformado hasta casi desaparecer: dos semanas.
Se queda pensando en la chica asustada que llegó a la isla de Ellis tres meses atrás y siente un escalofrío.
Durante las primeras semanas, apenas se atrevió a alejarse un par de manzanas del hotel.
Su primer día libre se quedó cosiendo junto a la ventana de su habitación.
Le aterraba salir a las calles a descubrir las cosas que intuía podían robarle el corazón.
De alguna manera, aunque no se sintiera casada, lo estaba, y la percepción de ello le hacía quedarse allí porque no tenía un marido al que pedirle permiso para lanzarse a la aventura.
A medida que pasaban los días, que su trabajo era reconocido, empezó a olvidar el sentimiento de pertenencia y culpa, lo que dio paso a la necesidad de saber en qué lugar del mundo se encontraba.
Las horas que pasa en el restaurante se siente feliz.
Dispone de una gran abundancia de ingredientes, frigoríficos poderosos y máquinas que baten y suben las claras a punto de nieve.
Los clientes y quienes pisan la cocina hablan del hambre, de la caridad que no alcanza para los miles de neoyorquinos sin trabajo, pero a ella todo le parece abundante y no tiene un conocimiento cabal de las penas que asolan la ciudad.
Las prisas y los nervios para que todo esté preparado le impiden pensar, y enseñar lo que sabe a Carmencita la estimula.
La patrona le ha prestado el libro Confitería y repostería , de María Mestayer de Echagüe, la Marquesa de Parabere, y ya se anima a reproducir las mejores recetas. ¿Qué más puede desear?
Mira hacia la ventana. Quiere levantarse para hacer uso del baño.
Hoy tiene el día libre y debe ocuparse de su higiene.
Le ha pedido a Manuela que la lleve a escuchar misa en la catedral de San Patricio.
A Valentina le parece que no puede irse de esa ciudad sin ver San Patricio, ni recibir un sermón en condiciones que le recuerde el peso del pecado o la gratificación de la confesión y la penitencia.
Los españoles van a misa en Little Spain, a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, situada en Manhattan, entre la Séptima y la calle 14.
Allí está el Café Madrid, y en sus calles hay tiendas de flores y arreglos y se oye hablar español.
Ella goza del pequeño imperio de Valentín Aguirre, pero los que tienen problemas o se quedan sin trabajo encuentran en La Nacional y en la calle 14 todo lo que necesitan para paliar la nostalgia.
En Nueva York hay muchos españoles, y ya sabe que la mayoría se dedican al cabaret , a los clubs y a la gastronomía.
Carmencita y ella han estado en La Bilbaína, un restaurante cercano a la iglesia en el que su hermana trabaja de camarera.
Con Manuela ha aprendido suficiente inglés como para defenderse, pero todavía no es capaz de centrarse en el aprendizaje del idioma.
Su voluntad y su alma están asoladas por tantos descubrimientos…
Su amiga ha resultado ser una guía excelente.
Le ha enseñado a no temer ese medio de transporte subterráneo que llaman metro y que en pocos minutos te lleva de un lado a otro de la ciudad.
Ya conoce el barrio de Queens y la ciudad negra de Harlem, donde se sintió turbada por la presencia de tantos hombres y mujeres negros que poco se parecían a aquellos infieles salvajes a quienes era necesario salvar según las homilías del cura de Lekeitio.
Manuela quiere mostrarle el almacén más elegante de Nueva York, cuyos siete pisos están dedicados a la moda y los complementos.
Se encuentra en la Quinta Avenida, cerca de la catedral, y se llama Saks.
Todos le han advertido del frío que encontrará en el oeste y de lo conveniente que le resultará tener un buen abrigo y unas botas, pero ella no está convencida de gastar el dinero que ha ahorrado sin consultar antes con su marido.
No lo siente suyo a pesar de la insistencia de Manuela, que proviene de una familia tradicional y católica pero ha nacido en Nueva York y está acostumbrada a que las mujeres piensen en ellas mismas.
En su fuero interno, Valentina navega en un mar de dudas que la zarandean como si ella fuera un pequeño barco en mitad de la tormenta.
Echa de menos el mercado de Gernika, el olor del salitre que sube desde el puerto en Lekeitio, la frescura de los días y hasta el repetido aburrimiento de su pueblo.
No puede cambiar de la noche a la mañana, y, como siempre ha sido pobre, algo le impide comprar lo que esa ciudad exhibe.
Y añora todo eso desde un lugar en el que no puede echar raíces, a pesar de esos edificios que construyen en el centro y que compiten en altura con el vuelo de los aeroplanos.
Disimula, se cuida de no pensar en algunas de las cosas que ve, no dice lo que piensa, ni tan siquiera puede traducir a palabras esa especie de parálisis que siente.
Hay una incomodidad persistente en su corazón, como si alguien tirara de sus brazos en sentido contrario y la obligara a elegir entre ese marido que la espera en el oeste y el calor del Arraun y de Mariana.
Por eso no se atreve a pensar, a preguntar todo lo que quisiera, porque no tiene sitio en su cabeza para tanta novedad.
Ha recibido la primera carta de su amiga, y la ha leído tantas veces que se la sabe de memoria.
Las palabras que ha escrito en esos dos pliegos de papel con letra apretada y varios tachones han levantado una ola de nostalgia que le ha dejado la piel en carne viva.
Mientras leía, la cocina, el comedor y hasta el Palacio Iribarren pasaban como fantasmas delante de sus ojos.
En esos momentos los cerró y hasta creyó reconocer el olor que flotaba en el aire de Gernika.
«Los niños están bien, incluyendo a la pequeña Valentina, que se ha convertido en el juguete de la casa y crece con salud.
El restaurante sigue funcionando, aunque la economía y los rumores políticos asustan a los clientes».
Mariana la informa de las cosas cotidianas sin detenerse en los detalles, porque sabe que quien se va deja un pie en el lugar que ocupó.
Le habla del mercado y de cuánto se echa en falta su mano para los postres.
Nombra a clientes, a conocidos, pero ella nota una curiosa ansiedad en las preguntas que su amiga le hace sobre Domingo o Nueva York.
Mariana está tan expectante como ella y quiere saber lo que le está sucediendo.
Las mujeres intuyen lo que pasa en el corazón de otras mujeres.
Conocen la inestabilidad del suelo que pisan, es una cualidad que se aprende en las cocinas, en los corrillos de las plazas o en los días de costura.
Están acostumbradas a intuir, a vislumbrar, y también a susurrar y murmurar acerca de esas corrientes que les afectan.
Por mucho que Nicolás revise las cuentas, se ocupe de los números o arregle los desperfectos, es Mariana la que lleva el peso de las pequeñas decisiones que conforman sus vidas.
Con resolución se levanta de la cama. Pensar y repensar no le hace bien.
Se le instala en el pecho esa barra de hierro que le atasca el aire y le quita las ganas de comer.
Se pone la bata que le ha regalado la señora Aguirre y camina, aún somnolienta, hacia el baño del pasillo.
Da un par de golpecitos con los nudillos y nadie contesta.
Empuja la puerta y entra. Se desnuda y se mira al espejo mientras se llena la bañera.
A veces lo hace: mira su cuerpo como si fueran los ojos de Domingo los que la mirasen.
Está delgada, y sus pechos le parecen demasiado pequeños.
Debería cortarse el pelo como las mujeres que la rodean, porque el alboroto de su melena la hace parecer más niña, pero se ha empeñado en mantenerlo así hasta consumar el matrimonio.
Se fija en sus ojos: soñadores, grandes y a punto de perder la inocencia.
Se mete en el agua caliente y se afana en la limpieza.
Unos toques en la puerta la sobresaltan.
Sale de la bañera, diciendo en voz alta «occupied».
Al otro lado, la voz de Manuela la avisa de que la aguarda en el comedor.
Se apresura, no le gusta hacer esperar. Se pone ese vestido que ella misma ha arreglado y cuya tela es ligera y fresca para el día que se presenta, mete en el bolso los cincuenta dólares que tiene reservados para sus compras y se recoge el pelo.
En el comedor hay un biombo y, tras él, una mesa donde el personal desayuna o come.
Valentina se toma un café y mordisquea una tostada; los pensamientos le han apaciguado el apetito.
Luego pasa a la cocina para recordarle a Carmencita que ha dejado la crema batida en la nevera.
Lleva en el bolso la carta que ha de franquear, su respuesta a la curiosidad de Mariana.
No ha podido darle explicaciones sobre su corazón, pero le ha contado del Jai Alai, de la cocina y de esa ciudad en la que se aprenden tantas cosas por segundo que ni siquiera se lo puede imaginar.
Ha terminado pidiéndole que le envíe una fotografía de la familia y otra del Arraun.
Que la remita al rancho o al hostal de Encarni.
Se lo ha pedido encarecidamente porque, aunque no lo diga, saber que alguien la recuerda en su tierra la ayudará.