Quizás se trate de amor
Quizás se trate de amor
DOMINGO ARSUAGA
Domingo acompaña durante un rato a Felipe.
Cabalga a su lado y le escucha hablar de ese verano que sucede sin él.
El calor está apretando en la llanura, y cuenta que hay días que al atardecer ni tan siquiera refresca, solo se levanta una brisa caliente que remueve el polvo y cubre las casas de un tono rojizo.
Los niños lloran y las madres los llevan a la orilla del río para que se remojen, pero el alivio no llega.
Algunas rezan, casi murmurando, y ponen velas para que sus vírgenes eliminen ese horizonte emborronado y vengan las nubes a llorar con ellas.
Felipe también le habla de las nuevas chicas que han llegado a Boise, camareras y desconocidas que vienen a por los ahorros de los hombres que trabajan en las minas, en los aserraderos, en la construcción de la presa o en los pastos.
Los hombres hablan de mujeres, las nombran como si fueran vetas de plata en la mina de su vida.
Pero como el pastor se mantiene en silencio, su amigo se aleja de ese asunto y habla de los matrimonios que se preparan y del avance de la enfermedad de Enrique Urquidi, a quien no han podido curar en el hospital.
Habla de ovejas, de sequías y de bautizos, señalando la ruta de lo cotidiano, porque se ha dado cuenta de que a Domingo solo le interesa que la vida no se detenga y que los días pasen hasta que él pueda volver a la ciudad.
Al llegar a un desvío en el que hay un cruce de caminos se despiden. Domingo, incorporado desde su montura, le abraza con torpeza, le da las gracias con un tono de voz profundo que explica por sí mismo la importancia de esa visita.
— Kontuz [38] —le advierte.
Vuelve sobre sus pasos. Mira al cielo, y después sus ojos curiosean la superficie de los riscos, el lado por el que la brisa mueve apenas unos matojos de anís.
Ha aprendido que en la montaña las tormentas no avisan ni dan tiempo a guarecerse.
No es como el mar, que alerta desde la mañana con sus nubes y sus colores revolviendo el oleaje, bajando la temperatura y estallando en rayos y truenos para dejar paso a la lluvia.
Ahí arriba hay que mirar al cielo muchas veces al día, adivinar las intenciones de los vientos y mantenerse alerta.
A pesar de que ama la montaña casi tanto como la mar, vuelve a oír en su cabeza esa voz que repetidamente le advierte que no podrá ser pastor durante muchos años más.
Ahora que Valentina está llegando hasta él, sabe que el día en que nazcan sus hijos no podrá estar muy lejos, y que la labor de un padre es, sobre todo, estar presente en sus vidas.
Ha oído que en los alrededores de Ketchum, en Sun Valley, están construyendo carreteras y cabañas para aquellos que quieren pasar un tiempo lejos de la ciudad.
Conoce la zona, y también Bald Mountain; se la enseñó Alfonso Arriaga, que le dio de comer en la taberna que llevan su hermana y su mujer.
Quizá Valentina, siendo cocinera, quiera ir un día a levantar un negocio y una vida donde él no tenga que ser el centinela de un rebaño.
Mientras se acerca al campamento piensa en su pequeño gesto de arrogancia.
Lleva dentro un pequeño volcán deseoso de entrar en erupción.
En realidad, sabe que le costará descifrar el contenido de la carta.
No lee tan bien como cree, ni conoce todas las palabras de todas las personas, pero no puede dejarla en manos de nadie.
Esa carta es el vínculo de un marido con su esposa.
Las palabras son el primer roce en la piel de su corazón, y ni siquiera un amigo puede interponerse.
Azuza al caballo e imagina el calor pegajoso que le ha descrito Felipe.
En parte, se alegra de que Valentina no lo sufra.
En Nueva York el asfalto sudará como una nube venenosa, pero le han dicho que ahora en los cines de la gran ciudad hay un aparato que enfría el aire.
El rebaño no ha registrado su ausencia. Ahí está su insignificante campamento, ese hogar de lona que mitiga el frío y ahuyenta a los insectos.
La última talla, un cucharón que ha ocupado el tiempo muerto, está abandonado en un rincón, y las hierbas que escogió Tajui para protegerlo de los malos espíritus aguardan en su saquito para desparramar sus propiedades benefactoras.
Abre el cuaderno y cuenta las rayitas, los días, las semanas, los meses…
Le palpita el corazón cuando coge la carta en sus manos.
Rasga el sobre con cuidado y extrae un papel en cuyo encabezamiento figuran el nombre y la dirección del Hotel Santa Lucía.
Vienen a su cabeza el edificio, el restaurante, las calles que no se atrevieron a franquear.
Recuerda aquel oasis tras la larga travesía, y también el vaivén del mar que los acompañó durante días.
Suspira y dice en voz alta: la mar. Para los que están dentro, para los marinos, es la mar, un lugar femenino.
Mar gruesa o en calma, hacerse a la mar.
Mira las montañas que le rodean, allí él recuerda el mar, itxasoa .
Él ya no es un hombre de mar, pero ha sido la mar quien le ha traído a Valentina.
Ojea el texto escrito, que parece indescifrable a primera vista, y comienza a leer, despacio, como si fuera el mapa de un tesoro que necesitara descifrar.
Pone un dedo tosco sobre una palabra e intenta superar esos muros que su cabeza levanta frente a las letras.
Luego pasa a la siguiente, y así hasta completar la frase.
En un tono más alto, arañando su propia voz, como si armara un rompecabezas, sin entender del todo el significado hasta que de pronto, cuando la ha repetido tres o cuatro veces, la luz se hace y una explosión de felicidad le hace sonreír.
Hay palabras que no comprende y frases que se niegan a revelar su significado, pero él sabe que las letras necesitan su tiempo.
Avanza dichoso, apoderándose de las expresiones que emplea Valentina.
«No quisiera que pienses que no anhelo reunirme contigo».
Ez de nahi zuk pentzatzea ez dudala desiratzen zurekin bildu nahi .
A Valentina le parece imprescindible hacerle saber que se ha quedado para trabajar, que no tenía sentido llegar a un lugar donde no está la persona por la que ha hecho el viaje…
Y él la entiende. Ambos desconocen la generosidad de sus corazones, y a Domingo le apena ese respeto innecesario.
A su cabeza acuden pensamientos nuevos que ponen en entredicho su condición de pastor.
Tiene poco sentido que él esté ahí arriba y ella allí, en Nueva York, cuando es la persona que le acompañará hasta el final de sus días.
Comprende su impotencia, aunque no hayan llegado a nombrarla.
«Hago como si estuvieras conmigo, y a veces te hablo como si pudieras escucharme».
La noche ha caído y ni tan siquiera ha comido.
El alimento que destilan las palabras de Valentina le nutren de algo ligero, le embriagan.
Aviva el fuego y se cocina un buen plato de huevos.
Luego revisa esa nube blanquecina que conforma el rebaño bajo las estrellas brillantes.
Se acuesta en el catre, y con la luz del quinqué mira a esa joven de la fotografía que posa bajo un magnolio y le presta una voz dulce que le responde, como si pudiera escucharle.
A su cabeza vuelve Amy. Si él hubiera hablado inglés, quizá podría haber llegado a algo serio con ella, pero, a pesar de que muchos de los que conoce se han casado con americanas, es más fácil vivir con alguien que sabe cómo es la tierra con la que uno sueña.
No imagina cómo puede ser hablar de lo que pasa dentro sin tener que explicar nada.
Cuando está en Boise, se fija en las parejas.
Lleva tiempo tratando de averiguar qué es lo que las une hasta el punto de entenderse con solo mirarse.
Encarni y su marido lo tienen. Jeff Peterssen cree que lo posee, pero está equivocado.
Lo ha visto en la señora Peterssen: una sombra pasa por sus ojos cuando mira a su marido.
Él imagina que es el sueño compartido el que te entrega al otro.
Nunca pudo compartir una noche entera con Amy, pero le hubiera gustado despertarse a su lado y saber cómo el placer se había acomodado en ella.
Los hombres saben que cuando duermen están desprotegidos.
Si no hubiera leyes y cárceles, muchas mujeres asesinarían a sus maridos en ese momento en que se hallan tan indefensos como niños.
Eso explica su deseo de dormir una noche entera con Valentina.
Domingo cierra los ojos en la misma postura que tendría si estuviera abrazado a ella, y el lecho le parece tan mullido como una de esas nubes de algodón que anuncian la llegada del otoño.
Amanece temprano. Lo organiza todo para bajar un poco más antes de que el sol alcance su punto más alto.
Ahora sabe que cada trecho que descienda supone un par de días menos para llegar a la fecha.
Lo hace ignorando sus costumbres. Ya no mira la montaña, sus recovecos o la forma que tiene de esconder sus misterios.
No ve las cavidades subterráneas, las hondonadas y las simas.
Pasa por los lagos o los arroyos sin reparar siquiera en el agua cristalina, en el ruido de los cantos deslizándose hacia la meseta.
Es como si su paisaje interior le resultara más interesante que ese paisaje exterior que tantas veces le ha proporcionado una inmensa dicha.
La montaña, como el desierto o el mar, está plagada de espejismos.
La luz engaña y a veces, en la lejanía, se ven picos que no existen, las nubes conforman lugares imaginarios y la nieve borra las distancias cuando se empeña en desplegar una blancura casi alucinante.
Domingo cabalga buscando únicamente un llano cerca del río donde poder olvidar.
Evita las zonas más escarpadas, los riscos peligrosos, y vigila concentrado en esa marea bamboleante.
Las ovejas, como si supieran que regresan, se desmandan en pequeños grupos y reunirlas obliga a los perros a correr ladrando sin tregua.
Dicen que son unos animales tontos y bobalicones, pero no es así.
Son dóciles y saben que no tienen armas defensivas.
No tienen cuernos, garras o caparazón. Tampoco poseen sentido de la dirección, y por eso saben que mantenerse juntas es indispensable.
Si una oveja ve un coyote, echa a correr y todas la siguen, aunque solo ella lo haya visto.
Con apenas una mirada percibe si el rebaño va en la buena dirección o se desvía, tiene experiencia y controla en un par de minutos si está completo, pero debe vigilar la retaguardia, no dar por hecho que ningún animal se ha quedado entre los arbustos o permanece ajeno al movimiento.
Una ligereza nueva le acompaña, aunque el aire le sube a la garganta y tiene que soltarlo para no ahogarse.
Hoy no tiene sitio para la naturaleza en su corazón: Valentina lo ha ocupado por entero con sus esperadas noticias.
Cuando el día finaliza, vuelve a tomar la carta en las manos y la descifra, esta vez con más consciencia de lo que hace.
Y así va repitiendo las pequeñas liturgias que le da la costumbre de sus días.
Su ansiedad le hace ser consciente de su soledad, de ese aislamiento que ha sabido distraer durante años.
Ahora Domingo siente el friego que le habita cuando prepara las alforjas y recoge el rebaño para hacer el último trecho que le separa del rancho, y nota una ansiedad en su riego sanguíneo que no había sentido antes.
Los días se le hacen especialmente largos.
Su pecho está atravesado por la impaciencia, y el tiempo parece haberse tragado un trozo de eternidad.
Cada mañana se plantea bajar sin esperar a la fecha, pero hace demasiado calor y sabe que el rebaño debe permanecer al menos una semana más en la montaña.
Lo conduce hasta un lago cuya visión siempre le causa un efecto tranquilizador.
Cuando llega, el paisaje inmenso y sobrecogedor le arranca unos suspiros que desatascan su pecho.
Ese día se tiende en la noche bajo un manto de estrellas de las que le gustaría hablarle a Valentina.
No puede olvidar la manera en que su jefe se despidió de él.
Por nada del mundo se regresará al rancho vencido antes de tiempo, y aceptando que no habrá pasto para el rebaño en medio de ese calor abrasador.
No puede presentarse ante los demás habiendo perdido la solidez y la tenacidad que le ha otorgado su condición de hombre fuerte y de pastor.
Pero, a pesar de sus pensamientos, siente que ya no es el mismo; no es el aislamiento lo que le corroe, ni ha soñado con su hermana perdida.
Su urgencia nada tiene que ver con el rigor de la naturaleza, es más un fuego que lo consume por dentro y que no se atreve a calibrar.
Quizá se trate de amor.