Descubrir una vida desconocida
Descubrir una vida desconocida
VALENTINA ALZOLA
El Jai Alai está cerrado cuando Valentina, vestida con su uniforme blanco, golpea el cristal de la puerta del restaurante con los nudillos.
Va envuelta en esa inseguridad que asalta a quien espera hacer bien una tarea nueva.
Ha bajado las escaleras acordándose de Clara y murmurando las mismas palabras, como si se tratara de una letanía: sé cocinar, sé cocinar…
Y ahora, mientras espera olfateando el aire de Nueva York, que huele a restos de carbón, gasolina y algo marino, reza un avemaría y se encomienda a su Virgen de la Antigua, dando saltitos con sus topolinos blancos.
Ve a una chica menuda que se apresura entre las mesas con un manojo de llaves en la mano.
—Buenos días. Tú debes de ser Valentina.
—Sí, soy yo.
—No abrimos hasta las once, pero ya me han avisado de que vendrías y de que eres una repostera estupenda. Soy Manuela. —La chica le tiende la mano formalmente y ella hace lo mismo—. Ven, Elizabeth y yo estamos en la cocina desayunando.
Valentina sigue a la joven, preguntándose de dónde será ese acento con el que habla en un español musical.
En la cocina se reúnen con Elizabeth, una chica joven y grande que habla como si tuviera catarro.
Manuela procede de México, y habla en inglés con su compañera.
Sobre una mesa hay una tortilla medio deshecha, tostadas y café.
Obedece las indicaciones de la joven parlanchína y acepta el plato que le sirve generosamente Elizabeth.
Le gustaría tomar leche, y un poco de azúcar, pero no lo pide.
Aprende que lo que come no es una tortilla, sino huevos revueltos, y que la leche que ella necesita ha sido empleada en ellos.
En apenas unos minutos, las tres trabajan en sus cosas.
Elizabeth se ocupa de las carnes y los guisos, y Manuela limpia verduras y pela patatas.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunta Valentina, inquieta por la respuesta.
—Pues… La señora me dijo que ibas a encargarte de los postres… Ella vendrá enseguida. Si quieres, te enseño esto.
La joven entra en una pequeña habitación llena de estanterías.
—Esta es la despensa. La puerta debe estar siempre cerrada.
Valentina se queda extasiada. Pocas veces ha visto tanta abundancia como allí. Al fondo hay otra puerta y un ruido de motor.
—Estas son las neveras.
Abre una cámara frigorífica industrial. En el Arraun también había una, pero nada tenía que ver con esta.
Manuela la pone al corriente de lo que se guarda en la cámara y sale atendiendo a la llamada de Elizabeth.
Valentina mira a su alrededor. Las recetas acuden a su cabeza a medida que descubre ingredientes.
Por un momento olvida dónde está, y lo único que quiere es ponerse a cocinar.
Esperará a la patrona, pero para aprovechar el tiempo irá preparando un bizcocho que rellenará con crema y melocotones en almíbar. También hará una mousse de chocolate.
Revisa los utensilios. Está claro que allí no ha habido oficio: apenas hay boquillas para las mangas y los moldes hace tiempo que no se usan.
Echa en falta un barreño de cobre, tan útil para los almíbares y las mermeladas e indispensable, una vez limpiado con piel de limón, para que las claras a punto de nieve levanten pronto y no se corten.
Pide permiso a las chicas para ocupar la mesa en la que han desayunado y allí coloca los huevos, el azúcar, chocolate, harina, manzanas y una barra de mantequilla.
Comienza encendiendo el horno, tamizando la harina y mezclándola con el polvo Royal; en otro recipiente bate la mantequilla, los huevos y el azúcar con la ralladura de limón.
Está concentrada, y en su cabeza se proyectan las imágenes de cuando cocinaba en el palacio o en el Arraun.
Mariana viene a su cabeza. La ve con la pequeña Valentina apoyada en la cadera y removiendo el guiso de carne con tomillo que tanto le gustaba.
No se da cuenta, pero un par de lagrimones caen sobre la masa.
Mete un dedo en la mezcla, lo chupa, añade más azúcar y sigue batiendo, ajena a lo que la rodea.
Su tarea la lleva de nuevo lejos, esta vez al palacio, donde Esther, la Fraulin, le pide que escarche unas frutas para el helado de tutifruti.
Ni tan siquiera se da cuenta de que va y viene vigilando el horno, de que no reconoce lo que a su espalda se habla y de que un par de muchachos han pasado a su lado camino del vestuario.
Para cuando Begoña entra en la cocina, el aire es un festín de olores y Valentina está a punto de rellenar los bizcochos con una crema de mantequilla dulce y esponjosa.
Sobre la mesa hay al menos una docena de copas rellenas de mousse de chocolate.
La patrona mira complacida, prueba, sonríe y finalmente felicita a Valentina.
—Me gustaría que hicieras una mousse de café. ¿Sabes?
—Claro.
—Y a las tartas ponles todo el merengue dulce que tengas: a los americanos les encantan las salsas, las cremas, el merengue y, sobre todo, el azúcar. Voy a mandar traer un carrito para que podamos llevar tus delicias entre las mesas… Será un éxito.
—¿Podría ver el libro de la Parabere?
—Mandaré que te lo lleven a tu habitación. Los chicos ya se han llevado tu baúl y la carta. En cuatro o cinco días estarán en Boise. —La mujer mira la mesa—. ¿Vas a necesitar algo?
—Sí, necesito bastantes cosas. Azúcar avainillado y glas, miel y frutos secos.
No he visto hilador para el huevo, y hacen falta boquillas y un cortador de pastas.
No sé quién es la encargada de hervir la leche, pero habría que dejarla enfriar cuarenta minutos para retirar la nata y poder hacer la crema de chantillí…
Bego levanta una mano, pidiéndole que detenga sus peticiones.
—Es tu primer día, y es miércoles. Hoy no vendrán muchos clientes, así que, en cuanto termines lo que estás haciendo, tú y yo nos vamos de compras.
Prepara una lista. Tendremos que visitar un par de almacenes, y en el barrio chino hay de todo.
A partir de mañana, Carmencita será tu ayudante y aprendiz.
Quiero que le enseñes lo que sabes, estarás con nosotros hasta cuando tú quieras.
Bego es una mujer práctica y eficaz. Cuida de su personal y aplica el sentido común.
Quiere que el Jai Alai sea una referencia, y está dispuesta a conseguirlo.
Valentina se fija en su seguridad, en esa manera de no detenerse en los problemas y buscar soluciones.
Cuando hay muchos clientes se quita y pone el delantal, se atusa el pelo frente a un espejo y sale a saludar.
Los camareros anuncian los nuevos postres a los comensales, y poco a poco llegan a la cocina las felicitaciones de los clientes más golosos.
Valentina ha pedido un espacio propio en la fresquera y ha advertido a Carmencita de los secretos que toda repostera debe aprender.
El azúcar es un buen conservante, pero los huevos y la leche tienen que estar a buen recaudo; la mantequilla, si no está bien guardada, puede ponerse rancia, y es aconsejable envolverla en papel encerado y sumergirla en agua fría.
Apenas ha comido, obsesionada por cumplir su cometido, superando las expectativas de Bego, y cuando esta viene a buscarla lleva casi seis horas en pie, pero no protesta.
—Sube a cambiarte —dice—, mi marido nos espera para llevarnos al centro. Ahora estás en otra habitación, pregúntale a Patrick.
El recepcionista le entrega una llave, indicándole que tome el ascensor.
Va a decir que prefiere las escaleras cuando ve que tiene la habitación 502 y que está en el quinto piso.
Se monta en él, rezando un padrenuestro, y sale en cuanto se detiene en su planta.
La habitación es mucho más pequeña que la que ha ocupado hasta ahora y no tiene baño, solo un lavabo con un espejo.
Alguien se ha encargado de sus cosas y en el armario cuelgan medio huérfanos sus vestidos junto a su par de zapatos.
Sobre una mesita están el costurero y el otro vestido que empezó a renovar.
Descorre la cortina y ve un patio y una escalera metálica.
Nunca ha estado a esa altura, semejante a la del palacio o un poco más, pero ella nunca subió a los últimos pisos ni utilizó el lujoso ascensor con su banquito forrado de terciopelo rojo y apenas se atreve a mirar hacia abajo.
Se lava como lo ha hecho siempre, se arregla el pelo y se apresura para no hacer esperar al matrimonio.
Al salir recorre el pasillo y ve una puerta en la que hay un rótulo donde se lee la palabra BATHROOM .
Comprueba que está abierta. Es un baño casi idéntico al que había en su habitación, y está limpio.
Valentina se siente feliz de poder disponer de aquel lujo al que le iba a costar renunciar.
Nueva York la sobrecoge lo suficiente como para comprender que la ciudad está viva y llena de gente llegada de otros continentes, de otros países, de capitales donde la historia hizo y deshizo sus destinos a causa del hambre, el paro o la guerra.
Dicen que es la ciudad donde todo el mundo tiene su oportunidad, aunque desde que cayó la Bolsa el año pasado el dinero no circula de la misma manera.
Ella ha podido comprobarlo en el restaurante.
A la hora del cierre siempre hay gente esperando las sobras de la cocina, y cuentan que de noche se ven hogueras de gente sin hogar que duerme al raso.
Probablemente, piensa Valentina, esos hombres no han conocido antes la pobreza ni el hambre.
Ella sí lo ha hecho, pero en un pueblo como el suyo siempre hay alguien que sabe lo que necesitas y te lo ofrece como si le sobrara.
No quiere olvidar la manera de encontrar la felicidad entre los mimbres de la penuria.
Valentina oye nombres de ciudades desconocidas pero pertenecientes al mismo país, con la misma lengua, que se han agrupado en un barrio que combate la nostalgia haciendo una réplica de sus pueblos.
Los edificios están ahí para hablarle de ese desafío que se hacen unos constructores a otros para levantar el más alto.
Hay palacios con jardines y vidrieras, así como edificios de ladrillo rojo que albergan garajes, surtidores de gasolina o almacenes.
Haría falta una vida entera para averiguar lo que se esconde en los cruces de las inmensas avenidas, en los zaguanes o en las bocacalles, pero en su destino está escrito que ella entregará su vida a la capital del estado de Idaho, donde quizá sea madre, envejezca y muera.
Impresionada por la velocidad a la que tiene que adaptarse, vuelve a sentir que se le encoge el estómago y le cuesta prestar atención a las palabras que le dirige el matrimonio.
Tiene algo atascado en la garganta, el impacto de saber que tiene mucho que aprender, empezando por distinguir dónde están los suyos en esa Babel en la que se encuentra.
La vida en Gernika o en Lekeitio iba en línea recta y, aunque ella soñara con lo desconocido, lo que ahora vive la marea un poco.
No sabe si será capaz de pasar estos meses sin enfermar.
—¿Han estado ustedes en Boise?
Lo ha preguntado sin pensar. Quizá para agarrarse a una esperanza que se le antoja frágil y quebradiza.
Su pregunta es casi un ruego, y durante unos segundos queda suspendida en el aire esperando una respuesta que la acoja.
Es la primera vez que se siente tan perdida, desorientada y abandonada a su suerte.
La mujer permanece en silencio, y es Valentín quien arranca a hablar describiendo un desierto de polvo y calor rodeado de preciosas montañas.
Habla de la nieve, que devuelve a la joven al manto blanco que vio un día en 1921 y que apenas duró unas horas sobre la plaza.
Deja de escuchar y piensa que habrá de comprarse unas botas y un abrigo y cuidarse del agua fría si no quiere volver a tener sabañones.
—Cuando lo veas, intenta no compararlo con nuestros valles o saldrás corriendo.
El almacén que visitan en primer lugar es tan grande y está tan bien surtido que a Valentina se le borran los pensamientos.
Una legión de empleados mueven inmensas escaleras para llegar a los altos estantes en los que se apilan productos desconocidos para ella.
Begoña no habla un inglés tan fluido como el de su esposo, así que entre los tres acumulan gran cantidad de artículos que entregarán al día siguiente en el restaurante.
Después visitan otro similar en el que hay vajillas y cacharrería.
Los brillantes bruñidos de las cazuelas la deslumbran.
Mientras eligen unos moldes, Valentina comprende lo que significa América para los que vienen de Europa.
Escoge un molde en forma de estrella. Con él hará un pastel especial para su veintiún cumpleaños.