Al amor de la lumbre
Al amor de la lumbre
DOMINGO ARSUAGA
Durante más de una hora, una imprevista tormenta ha descargado tal cantidad de agua que la montaña parece derretirse.
A Domingo le ha resultado imposible el descanso; había que reunir el rebaño diseminado, los animales que se desorientaban con el ruido de los truenos y los que se equivocaban con la luz de los relámpagos y buscaban zonas en las que no hubiera barro.
El alba le pilló llevando a las ovejas a lugares donde la tierra estuviera prieta y pudiera secarse.
Para cuando sale el sol y vuelve la normalidad, ve en los bordes del camino la tierra ondulada que ha dejado el viento, como si se tratara de la huella de una marea viva en la arena de la playa.
La montaña tiene alma, y Domingo está seguro de que cuando un fenómeno atmosférico se produce sobre ella hay que escucharla.
Al final del día, está tan agotado que apenas se tiene en pie.
Tras montar la tienda y descargar la mula se calienta un poco de leche con trozos de pan seco, mira su cuaderno y anota tres rayitas y una palabra que le gusta entre muchas: «tormenta».
Se va a dormir sin esperar a que anochezca y, antes de cerrar los ojos, pasa por su cabeza la imagen de los marineros que desde los barcos echaban flores al mar en honor de la Virgen del Carmen.
Los pastores vascos nombran las vírgenes o los santos para separar los meses o las obligaciones.
Para San Pedro hay que estar en Lekeitio, y el día de la Virgen del Carmen un hombre de mar no puede faltar a la procesión marinera.
Antes de Santiago empiezan a llegar los de fuera, y para la Virgen no cabe un alfiler en la pradera de la romería.
Domingo nunca se perdía San Roque en Bermeo, o la Fiesta de los Gansos en Lekeitio.
Durante el verano los mozos recorrían los pueblos, y ahora, en esta montaña tan lejana, con los ojos cerrados y el olor de la humedad en el aire, Domingo piensa en su tierra, la recoge y abraza para escapar de lo que le rodea.
Para San Miguel, piensa el pastor, bajaré a Boise.
Le despiertan los ladridos de los perros.
Abre la tienda y advierte que la oscuridad es total.
Las estrellas no alcanzan a iluminar la planicie donde ha dejado el rebaño, y el candil resulta insuficiente.
Camina dando grandes zancadas, guiado por el ladrido de Beltza, pero sin poder evitar los matorrales de espinos que le arañan los brazos.
Lleva el rifle cargado, pues intuye que el alboroto se debe a la presencia de coyotes.
Las ovejas han levantado un remolino de polvo y los perros aúllan en dirección al arbolado.
Domingo busca los ojos amarillos de los coyotes, le parece detectar movimiento.
Dispara, haciendo un pequeño recorrido, y escucha un aullido de dolor.
Se acerca y descubre a uno de los corderos herido de muerte y al coyote al que sus balas han alcanzado.
Está furioso, ebrio de adrenalina, y la impotencia le hace farfullar palabras ininteligibles.
Pocas veces se enfada; ha aprendido a que su ira discurra subterránea, porque sabe los efectos que puede causar.
Se mantiene alejado de las personas iracundas o despiadadas en la medida en que puede y cuando se produce una refriega se encierra en sí mismo, apartándose.
Pero en la montaña puede gritar, aullar como un animal o descargar su impotencia en los troncos vencidos o en las rocas del río.
La naturaleza ofrece abrazos de reconciliación.
Cuatro días después, Domingo tiene las pieles secas y limpias, dispuestas para su venta, come un estofado de oveja que sazona con tomillo silvestre y mira al cielo para calibrar si las nubes que se acercan por el este llegarán hasta allí o se desharán por el camino.
No ha tenido tiempo para pensar en Valentina en las últimas dos semanas, pero termina el mes de julio y está seguro de que su esposa ya estará en Boise.
La imagina en su casa, empeñada en convertirla en un hogar.
No duda de que las mujeres la habrán arropado.
Ángeles, la mujer de Cipri, y Encarni le habrán presentado a las demás.
Sabe las razones por las que hasta hoy ha sido un buen pastor.
La primera vez que subió a la montaña supo lo que tenía que hacer: habitarla sin ignorar su fiereza y su lealtad.
Los marineros también saben relacionarse con la mar sin perderle el respeto, y cuando el horizonte se borra hay que anclar las piernas a la cubierta del barco y esperar que el zarandeo no sea mortal.
Nada más llegar a la montaña, cada temporada, Domingo olvida quién es y bloquea todo aquello que le hace vulnerable.
Nadie le espera abajo, tiene buena salud y sabe que a la adversidad no hay que hacerle frente, sino caminar a su lado hasta perderla de vista.
Es un ser perseverante. En la montaña, de alguna manera, ignora su cuerpo; su olor acre, la ropa sucia, la comida precaria o la piel tirante por el sol.
Huye de los malos pensamientos, de los anhelos y hasta de sus más profundos deseos.
No cae en la tentación de dejarse llevar por la soledad, más bien la mantiene a raya: talla, pesca, se ocupa del rebaño y busca piedras en las que el tiempo haya dejado grabadas las hojas de los arces o los pinos.
Él está allí para ahorrar un dinero que necesitará cuando no sea joven, cuando esté enfermo o cuando tenga una familia.
Sabe hacerlo, y también disfrutar de un colchón mullido cuando vuelve al dormitorio del rancho o de la pensión, de una cerveza fría, de un baño y de la ropa limpia.
Tiene perfectamente establecidos los límites de esa vida que ha elegido.
Tampoco el mar le daba días eternos; había galernas, mala pesca y otras dificultades.
Algo ha cambiado en él, y no es el agotamiento lo que le hace pensar que ya no mira el paisaje como siempre lo ha hecho.
Le parece que la piel que recubre su corazón está en carne viva y que ha perdido la voluntad de resignación que le permitía hacer bien su trabajo y hasta disfrutar de la naturaleza.
No puede evitar ser consciente de que huele mal, está cansado y se siente incómodo con su ropa sucia; quiere bajar a Boise, conocer a su esposa y dormir durante horas en su propia cama.
Quisiera tener la capacidad de exteriorizar sus emociones, pero está en la montaña y no tiene a nadie que le escuche.
No recuerda haber llorado en público, aunque sí la congoja que sintió cuando Encarni le leyó la carta de su tío en la que le comunicaba la muerte de su madre.
Domingo se sorprende ante la intensidad de sus sentimientos.
No sabe exactamente si es la ansiedad por conocer a Valentina lo que le agita, o esa emoción desconocida que le hace temblar cuando comprende que, por primera vez en su vida, va a pertenecer a alguien.
Se pone en pie y camina entre las ovejas.
Ellas, que todavía no se han secado del todo, exhalan un olor fuerte a humedad, fermentos y leche vieja.
Se fija en ellas, frunce el ceño y piensa que los viejos pastores tienen razón: no se puede ser pastor y permanecer tanto tiempo solo en la montaña.
Calcula los años que tiene, cuenta con los dedos y repasa los montes de su biografía.
A veces se le olvida que el tiempo pasa; tiene treinta años, va con el siglo.
Tardará cinco años en pagar el dinero que le ha prestado su patrón, y después…
Para reparar su malestar, busca el río, se desnuda y se zambulle.
El agua está fría, no tanto como en marzo, pero el frescor deshace los nudos de sus músculos y aleja los pensamientos.
Se tumba al sol, suspirando de placer, hasta que Beltza aparece ladrando como si hubiera fuego.
Mientras se viste, echa una ojeada al rebaño: parece tranquilo.
Luego desvía la mirada hacia su tienda y le parece adivinar una figura con sombrero.
Sube un repecho y, al acercarse, ve a Felipe.
El corazón le da un vuelco, sabe que su amigo está ahí para anunciarle la llegada de Valentina.
Los últimos metros los apura en cuatro pasos.
— Kaixo, lagun [36] .
Los hombres se palmean la espalda y se miran, buscando alguna línea del rostro que no halle su camino.
—No te encontraba.
—Tuve que cambiar de ruta. Ha llovido mucho y no quería jugarme la vida. —El pastor lo mira—. Traes noticias, supongo…
—Sí. Vengo a decirte que Valentín Aguirre, el de Nueva York, habló con la patrona.
Tu mujer quería hablar contigo. Va a quedarse hasta septiembre trabajando como cocinera en el Jai Alai.
—Felipe se vuelve hacia el caballo y busca algo en las alforjas—.
He traído un paquete de café Pure Maid, huevos, beicon y una tableta de chocolate.
El patrón no sabe que he venido, pero su mujer sí.
Ha sido ella la que me ha dado las provisiones para ti. Y también esta carta.
Domingo toma lo que le ofrece su amigo. Su cabeza recuerda el último día en el salón del rancho con los Peterssen.
No puede olvidarlo, el café dulce, los pantalones de la esposa de Jeff, y aquella sala llena de objetos bonitos.
Eso está ahí, sosteniendo el instante en que el patrón y él se dieron la mano para prometer que nada iba a cambiar.
Se llena el pecho de aire y lo expulsa como si con él salieran también las brasas que guarda de aquel día.
Se mete la carta en el bolsillo y se acerca al fuego, donde apenas lucen unas brasas.
—Aquí se respira. —Felipe se quita la chaqueta y se suelta un par de botones de una camisa que se ha secado al sol de muchos veranos—. El calor de ahí abajo no da tregua.
—¿Vas a quedarte?
—No. Cipri me sustituye, pero no quiero comprometerle.
Domingo echa un poco de leña y sopla para que salga la llama. Luego pone un par de tazas de hojalata sobre una piedra y rellena una cafetera abollada con el agua que hay en un pequeño barreño.
—No tengo azúcar.
—Pena no haberlo sabido.
Su amigo echa una mano al bolsillo en busca de su tabaco y hace un gesto. No le importa el café amargo. Son hombres que llevan la aceptación en la sangre.
—¿Todo bien aquí arriba?
—Sí. Solo he perdido tres ovejas. Bueno, y también un cordero…
—¿Coyotes?
—Sí.
—¿Quieres que baje las pieles?
Domingo asiente y prosigue con la preparación del café.
Sus movimientos son lentos. Algo dentro de él se demora más de lo habitual en los quehaceres.
Felipe se sienta en otra piedra y suspira, mirando al infinito.
A ninguno de los dos le molesta el silencio, o ese intercambio de palabras que disfraza la intensidad de lo que sienten.
Ambos se aprecian con esa profundidad que solo ellos conocen.
Se cuidan y protegen como pueden, de ellos mismos y de los demás, y nunca franquean la intimidad del otro.
Los dos piensan en esa carta que Valentín conserva en su bolsillo, pero no lo dicen hasta que, pasados unos minutos, Felipe se atreve.
—¿Vas a necesitar que te lea la carta?…
—No, puedo hacerlo.
—Bien.
—Estoy cansado, pero dile al patrón que bajaré a finales de septiembre. Lo acordado.
—Te aprecian.
—Lo sé.
Beben la taza de café casi quemándose los labios.
Domingo sabe que su amigo ha tenido que coordinar y acordar la escapada con Cipri, levantarse al alba y azuzar al caballo para llegar hasta él.
Está seguro de que le gustaría quedarse, pero ve cómo de vez en cuando levanta la mirada al cielo.
Se conocen, saben que la montaña no se adapta a los caprichos de los hombres, sino más bien al contrario.
Felipe está midiendo la luz que necesitará para llegar al cruce del río y calibrando a qué velocidad va bajando su intensidad.
Ambos se miran, sonríen, se palmean la espalda y emiten sonidos onomatopéyicos.
Se trata de un rito social intenso que únicamente los hombres de su tierra comprenden.
Solo podrá retenerle unos minutos más, los suficientes para poner palabras a una pequeña parte de lo que quieren decirse.
Sin previo aviso, Felipe bebe un trago largo de su taza hasta apurar el café, palmea sus muslos y se pone en pie.
— Ori da [37] .
—Te acompaño hasta la colina. —Domingo necesita mostrarle su gratitud. No le dará las gracias, pero le demostrará que valora su generosidad.
—¿Seguro?
Domingo asiente, mueve las manos envolviendo el aire como si empaquetara un regalo y luego añade:
—Extiende la brasa mientras ensillo.
Con una mano en el hombro, Felipe le dice que no tema por su esposa. Ellos van a saber el día de su llegada e irán a buscarla a la estación. Antes, Ángeles abrirá las ventanas y pondrá flores sobre la mesa de su hogar.
Domingo busca las cucharas talladas y se las tiende.
—Déjalas en mi casa.
Y el eco de aquel posesivo deja en su boca un resto dulce, como si la casa fuera miel.