Un bosque de álamos en Idaho Un hotel y una familia
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Un hotel y una familia

Un hotel y una familia

VALENTINA ALZOLA

Valentina vuelve a disfrutar su precioso cuarto de baño.

Sumergida en el agua caliente, no le parece ser quien es.

Se ha dado tan pocos caprichos en su vida que le sobran dedos en la mano para contarlos.

Experimenta un placer desconocido que le hace imaginar cómo será la vida de aquellos que no trabajan para comer.

En el caserío Etxegoyen no había bañera.

Una vez, cada quince días, su tía calentaba agua y la depositaba en un barreño muy grande en medio de la cocina.

Sus primas y ella se metían una a una y con rapidez procedían a enjabonarse, pero no era precisamente agradable: la primera se quemaba, la segunda se había quedado helada esperando y la tercera ya se encontraba el agua sucia.

Hacía frío, no había intimidad, ni tiempo, ni abundancia.

En la casa del jardín del palacio había una ducha, y en el Arraun otra.

Le parece un lujo sumergirse en el agua fresca si hace calor o bañarse en otra más tibia al atardecer.

Su cuerpo huele a jabón, su piel parece de seda y un bienestar desconocido la acompaña durante el día.

Se envuelve en la toalla sin poder quitarse la sonrisa de la boca.

Ahora entiende que los que regresan de América, cuando llegan a Lekeitio después de trabajar duramente, se construyan buenos hogares con baños como el del Hotel Santa Lucía.

Quizá algún día ella vuelva al caserío de su tío y construya un baño, en pago por haberla acogido.

No sale durante la mañana, más que nada porque algo le impide dejar el edificio.

Es una sensación extraña, como si una cuerda invisible la atara para protegerla de una manera de vivir que desconoce.

Desde que llegó, el suelo que pisa le parece inestable, y no es por los días en el barco; la culpa es de todo cuanto le interesa.

En la cocina del Jai Alai ha visto unas latas de chorizo de Bilbao que ella conoce bien.

Son las de La Fructuosa, un obrador que hay en la calle Iturribide de Bilbao y de donde Nicolás solía lleva al Arraun.

¿Cómo es posible que hayan llegado hasta allí?

Saca del baúl sus cuadernos y se sienta en el escritorio.

Repasa las anotaciones que ha ido haciendo y los recortes de periódico que hay entre las páginas, que contienen gran cantidad de recetas.

Le pesa haber nombrado pasteles de los que ni siquiera conoce los ingredientes, pero hay al menos una docena de postres que domina y, si tiene la ocasión, empezará por ahí.

Reflexiona sobre aceptar o no la propuesta de la señora Aguirre.

Alejarse de los propósitos que tiene la convertirá en un ser débil, y, como decía don Ramón desde su púlpito, perderse resulta muy fácil.

Se toca el anillo, para que su significado le haga escoger el camino acertado.

Las mujeres casadas no toman decisiones sin consultarlas antes con su marido, y aunque lo tenga, no lo siente lo suficientemente cerca.

Si pudiera hablar por teléfono, todo sería distinto; tendría su permiso y podría aprovechar la oportunidad que le brindan.

Hacia el mediodía siente hambre y baja al restaurante.

Quiere comer, pero también recordarle a la patrona su promesa de llamar a su marido esa misma tarde.

Trata de imaginar cómo viajará su voz tan lejos, y cómo será la de él.

La voz es algo más real que una carta que, según sospecha, alguien habrá escrito por él.

La voz y las palabras que escoja le dirán si se ha equivocado o no.

A ella le gustaba cerrar los ojos cuando se confesaba y la voz del sacerdote adquiría un tono de intimidad roto solo por la celosía.

Se santigua y reza un par de avemarías mientras se dirige al restaurante.

Un camarero la conduce a una mesa cerca de la puerta de la cocina.

Valentina le entrega el papel que le ha dejado la patrona.

Es una especie de pase que le permite comer sin pagar.

El joven lo mira y después hace un agujero con una pequeña perforadora que lleva en el bolsillo.

Mientras espera, en una mesa cercana advierte que otro camarero hace lo mismo con dos chicos que parecen tan desorientados como ella.

Cuando sus miradas se cruzan, ambos saben que proceden de la misma tierra.

En ese momento, Bego le trae un plato de sopa y otro de carne en salsa.

—En cuanto termines, vamos a hacer esa llamada. Mi marido ya ha localizado a la dueña de la pensión donde se aloja. Estamos en 1930, pero por aquí, y mucho antes, han pasado muchos chicos como tu marido. Todos buscan un hogar en los hospedajes, y allí es donde hay que pedir información.

Se ha sentado a su lado y le cuenta que la mayoría de los que emigraron al oeste fueron varones solteros —agricultores o pescadores— con necesidad de trabajo, bien por las guerras, huyendo del servicio militar, o bien porque la economía rural no alcanzaba para todos.

En los últimos años los que llegaban eran muchos menos, y la mayoría lo hacían para reunirse con familiares.

—América, como te dije ayer, está en crisis.

No sabíamos que esto pudiera pasar. Tanta abundancia, y ahora en las ciudades no hay trabajo, pero sí hambre.

Era la tierra prometida hasta que cayó la Bolsa.

El sector de la carne y las ovejas también está tocado y, aunque no se entienda, hay que aceptarlo.

Desde el año pasado, muchos vuelven: las penas en casa son menos fieras.

Aquí en Nueva York, en Argentina, Venezuela, Filipinas y un montón de lugares ya hay comunidades vascas tan grandes como nuestros pueblos.

El Jai Alai no es el único restaurante vasco, pero sí es muy conocido.

Valentina, tengo cientos de cocineras a mi disposición, pero pocas saben cocinar como allí.

—Los chorizos de La Fructuosa… ¿Se los traen?

—Sí. Todo lo que movemos nosotros va más rápido que las cartas…

No es casualidad que tú hayas caído aquí.

Probablemente tu marido también pasó por este hotel.

Hacemos encargos, cuidamos de los que vienen y de los que se van.

Tenemos chorizo, pimientos, y hasta bacalao de allí…

Hace una semana recibí el primer libro de recetas que ha publicado María Mestayer de Echagüe.

—¿La Marquesa de Parabere?

—La misma.

—Me gustaría mucho verlo.

Valentina ve el cielo abierto. Ese libro es un tesoro, y solo por tenerlo en sus manos sería capaz de trabajar lo que hiciera falta.

Las medidas de lo que está lejos o cerca cambian en su cabeza.

Ella viene de lejos, pero no está cerca de su marido, y las cosas que suceden lejos están cerca gracias a los barcos, el teléfono y los muchos hombres que viajan de un sitio a otro.

Le gusta escuchar a esta mujer fuerte y emprendedora, pero el apetito de Valentina va disminuyendo a medida que le habla del oeste americano.

Terminada la comida, Bego camina con decisión, seguida por Valentina, hacia una puerta que hay tras la recepción. El señor Aguirre está enfrascado en sus cuentas.

—Queremos hablar con el marido de Valentina.

—Llamaremos al rancho de Jeff Peterssen.

—¿Eso puede hacerse? —pregunta la joven.

—Ni te imaginas las cosas que se pueden hacer aquí.

Valentín levanta el auricular y habla con una operadora.

Unos segundos después, escucha el saludo que le hace a la señora Peterssen.

Su corazón palpita tan rápido que el vestido se le mueve a la altura del pecho.

Escruta el rostro del hombre, se detiene en cada gesto o mueca y lo interpreta como si entendiera la conversación que mantienen.

En un momento dado, el hotelero tapa el lugar por donde habla y le informa de que Domingo está con el rebaño en las montañas de Sawtooth y que no bajará hasta septiembre.

Destapa para soltar un par de okeys y vuelve a taparlo.

No hay ningún campero que suba y no pueden enviarle recado, pero él ha arreglado con un amigo que alguien irá a buscarla a la estación.

Valentín la mira, alzando las cejas en un gesto interrogante.

Sabe que espera una respuesta, que el teléfono es muy caro y que se siente perdida.

—Dígale que le manden recado de que no llegaré hasta el comienzo del mes de septiembre.

No sabe a ciencia cierta de dónde ha surgido la certeza de su respuesta.

Quizá la conversación que ha tenido con Bego la haya ayudado a tomar la decisión.

Por un instante se ha visto sola, esperando en la estación de un pueblo polvoriento y sin árboles, y ha tenido la necesidad de posponer su llegada.

Le gusta el restaurante, el matrimonio Aguirre y su cuarto de baño.

Quiere aprender inglés, y, si ha esperado tanto para conocerle, podrá esperar un poco más.

Bego le pone una mano en el hombro y la aprieta levemente, pero ella no se tranquiliza.

Muy al contrario, nunca se ha sentido peor, y se traga el sollozo que llega a su garganta.

Valentín cuelga el teléfono con aire satisfecho.

—Buena decisión. Tiempo tendrás de disfrutar de Boise y sus montañas. Hay dos chicos que salen para el oeste mañana. Si quieres enviar algo allí…

—Podrían llevar su baúl… —sugiere la mujer—. Son hombres, y será más fácil para ellos.

Viajar ligera le parece lo mejor de la conversación en la que el matrimonio decide y resuelve. Pero el tiempo es oro en esa ciudad, y los Aguirre no pueden malgastarlo en sus dudas. Vuelve a su habitación. Quiere escribirle a Domingo y preparar el baúl.

Cierra la puerta, se tumba en la cama y, agarrada a la almohada para que nadie la oiga, rompe a llorar.

Es la primera vez que le sucede, al menos con semejante desgarro, desde que su madre la apartó de ella.

Ha soportado los cambios drásticos de su vida, su boda, el nacimiento de la pequeña Valentina y el tortuoso viaje hasta esa ciudad, pero ahora algo se le ha roto en el pecho, como si un dique hubiera cedido y el agua fuera anegando los campos.

No piensa en nada, solo llora con desconsuelo.

Necesita vaciarse del miedo al que la tiene sometida su destino.

Atardece cuando Valentina decide dejar de llorar y hacer algo útil.

Abre el baúl y lo inspecciona minuciosamente.

Saca todo lo que puede necesitar en los próximos meses.

No es mucho, y cabe en la bolsa de viaje.

Descubre el costurero que le regalaron el día de su boda y un vestido que perteneció a una de las doncellas del palacio.

Lo mira. Es demasiado largo, y tiene unos volantes ridículos en el pecho.

Coge las tijeras y comienza a deshacerlo.

Si va a quedarse en Nueva York necesitará algo de ropa, y el baúl tiene que salir al día siguiente.

La tarea la ha entretenido y casi es la hora de la cena, pero antes de bajar al comedor debe hacer algo.

Se sienta en el escritorio frente al papel de cartas.

Cierra los ojos durante unos instantes e imagina a su marido, un hombre construido con los fragmentos que le han contado quienes lo han conocido.

Hace ya tiempo que lo tiene guardado en su pecho y quiere contarle cómo se siente y por qué no irá a Boise.

Mi querido Domingo:

Espero que te encuentres bien y puedas recibir esta carta en el más breve tiempo posible.

No quisiera que pienses que no anhelo reunirme contigo, pero la mujer de Valentín Aguirre me ha ofrecido trabajo en la cocina del Jai Alai hasta que termines la temporada en la montaña.

Hubiera deseado consultarlo contigo, pero he atendido a mi corazón y a la inutilidad de estar en esa ciudad sin ti.

Los Aguirre han tenido a bien llamar por teléfono.

No imaginas cómo deseaba hablar contigo, pero una tal señora Peterssen ha dicho que estabas en la montaña y que habías dejado encargado que vinieran a recogerme a la estación.

Eso me ha hecho tomar la decisión. Los Aguirre me pagarán un buen dinero para que me encargue de los postres y pueda enseñar mis recetas a alguna de sus cocineras.

Estoy acostumbrada a trabajar, y no sabría qué hacer en esa ciudad, esperándote.

En estos días viajan a Boise dos chicos de Gernika que llevarán mi baúl y esta carta.

No sé si la presente llegará a tus manos tan rápido como quisiera, pero la señora Aguirre les ha encargado que lo hagan llegar al rancho, porque no sé dónde viviremos.

Aquí, en el corazón de América, debiera sentirme más cerca de ti, pero veo que aún estoy muy lejos.

De alguna manera hago como si estuvieras conmigo, y a veces te hablo como si pudieras escucharme.

Es muy raro estar casada con alguien a quien no has visto.

No puedo pensar en cómo serás, y lo he dejado en manos de Dios.

Rezo para que te proteja y deseo que pronto podamos reunirnos.

Tu esposa,

Valentina Alzola

Relee lo escrito varias veces, y para cuando da la carta por terminada la hora de la cena ha pasado.

Su estómago no la advierte ni le reclama el alimento.

Lo siente arrugado, desperdigando unas lianas que alcanzan todo su cuerpo.

Mariana le decía que eran los nervios, y probablemente tuviera razón.

Ella imagina los nervios como una enredadera que crece veloz cuando ella no sabe del todo dónde está.

Baja al restaurante para decirle a Bego que tiene el baúl preparado y que ha escrito una carta para su marido. Allí todavía hay gente sentada en las mesas, fumando y tomando una copa de coñac.

—Pediré que lo lleven en cuanto lleguen los muchachos. Llévate algo para cenar. Estás muy delgada, hija. Necesitas fuerzas para trabajar. Mañana te espero aquí a las siete.

Camina hacia su habitación abrazando un gran paquete que le ha entregado Bego. Cuando lo abre descubre un par de vestidos blancos, dos delantales, medias y zapatos. También hay un pantalón. Lo mira incrédula mientras mastica un sándwich difícil de tragar.

Ahora sí siente que está en América.