Un bosque de álamos en Idaho Mi corazón es una montaña que te guarda #2
38%

Mi corazón es una montaña que te guarda #2

Su tribu vive en una reserva en Fort Hall, al sureste de Idaho, pero Tajui se siente prisionero.

Hay otra cerca, en Duck Valley, donde están sus hermanos paiutes, pero las cosas no son muy diferentes.

La sequía ha aumentado la presencia de coyotes, y los ranchos le buscan para vigilar el ganado.

Tajui es un buen cazador y es capaz de leer el camino y buscar huellas que los demás no ven.

Vive de su instinto y mantiene a su familia con la venta de las pieles de los animales que caza, pero ya no hay búfalos en las praderas en las que creció y se siente incómodo con las normas que imponen a su comunidad.

Domingo desea conocer a su familia y que él conozca a Valentina, pero es demasiado pronto para planear una vida que solo es real en la soledad de la montaña.

Tajui le acompaña durante varios días. Caminan juntos, vigilando el movimiento del rebaño.

No hablan apenas, pero el silencio los une como si se tratara de hermanos que nada tienen que contarse porque ya conocen sus vidas.

A veces se detiene, le indica a Domingo un punto en el horizonte y desaparece durante unas horas.

Siempre vuelve al anochecer con un salmón, algunas hierbas o unas frutillas desconocidas para el pastor que cocina en la sartén para cenar.

Tajui conoce cada rincón de la montaña. Es como si perteneciera a ella y pudiera sentir su latido.

En ocasiones le señala una mata, una hierba, una huella, y trata de aleccionarle sobre lo que significa, pero no le cuenta los secretos que guardan esas montañas a las que él saluda y canta.

Los hombres repiten su ritual junto al fuego cuando ya se ha ido el sol.

Ambos respetan sus silenciosas decisiones.

Una semana después, Tajui no regresa junto a la tienda al anochecer.

Domingo no se alarma. Sabe que no volverá porque, al desmontar la tienda, sobre una piedra descubre un precioso collar de turquesas.

Es el regalo de su amigo para Valentina.

Las piedras turquesas para su tribu son consideradas sagradas: creen firmemente que poseen propiedades curativas y que dotan de valentía a quienes las lucen.

El pastor se sigue moviendo, a pesar de saber que se aleja de la ruta prevista.

El verano se acerca con su horno encendido, y los manantiales y riachuelos nacidos del deshielo se van apagando.

Está a cuatro días a caballo de la falda de la montaña desde la que se accede a la carretera cercana al rancho.

Nadie ha venido a traer noticias, y ya están a finales de junio.

Aprieta las mandíbulas y empuja al rebaño con los sonidos de una voz que esconde los temores.

No quiere ni imaginar que haya sucedido algo y, sin saber cómo, le asaltan la memoria los fragmentos de esas historias de tormentas y tempestades.

Todos los marineros recuerdan una que les hizo mirar la mar con otros ojos, y a veces abandonarla para siempre.

Un escalofrío le recorre la espalda cuando evoca aquel barco llamado Titanic, que según decían había sido construido para no hundirse: lo hizo en 1912, en su primer viaje.

Sus compañeros de faena allá en la Cofradía de Pescadores de San Pedro sabían de naufragios, y él mismo recordaba a algunos conocidos que no volvieron a puerto tras la jornada en el mar.

Domingo se sienta sobre una roca y contempla la belleza que le rodea.

A lo lejos se ve el magnífico pico Hyndman, con sus más de tres mil metros de altitud.

Los pinos forman una alfombra tupida y oscura que despide un aroma reconfortante.

En esa montaña dicen que reposan los restos de un pastor osado procedente de Bedarona al que nunca se encontró.

El hombre echa una ojeada a los perros, que corren alrededor del rebaño.

Mira hacia abajo y ve una cinta de plata que atraviesa el valle.

Conoce ese río pequeño que desemboca en la profundidad de un bosque.

Recuerda haber estado allí. Suspira, y mastica una hierba que limpia sus dientes.

Piensa que, antes de saber que ella existía, esos momentos en la montaña le hacían feliz.

Raramente se asusta o experimenta miedo.

Quizá con alguna tormenta de esas cuyos truenos representan una amenaza a la que no podrá hacer frente…

Pero no teme a la montaña ni a los animales que la habitan. Solo hay que tener prudencia.

Lucha por alejarse de los presagios que suponen una amenaza no para él, sino para Valentina.

Sin saber cómo han llegado a su cabeza, recuerda las palabras con que describió un naufragio Marcial Cortabitarte cuando bebían para festejar el año nuevo.

El suceso era reciente: una tormenta había acabado con el Aslaug, un barco noruego que se fue a pique en la madrugada del 24 de diciembre.

Toda la tripulación quedó sumergida en las costas gallegas y, según su amigo, las tumbas de los que rescataron se hallan en un pueblo de Galicia.

Domingo resopla y coge aire. Si no tiene noticias pronto, se desesperará.

Tendrá que bregar con esa ansiedad durante más de dos meses, así que, como decía su madre: «No pienses en lo que no ha sucedido todavía».

Mientras vuelve al campamento se ríe de sí mismo.

Probablemente Valentina esté en Nueva York, o camino de esa estación inmensa donde la espera ese largo tren que atraviesa América.

De ese edificio se acuerda, y de su suelo reluciente.

Debe aprender a esperar, se repite, a resignarse a ese tiempo que ahora parece pasar tan lento.

Tiene que volver a ser como era antes de que existiera Valentina: un pastor que cumplía con sus responsabilidades, que no perdía ovejas porque vigilaba las noches en que los perros estaban inquietos, que apuntaba a los coyotes sin pensar en nada…

Tiene que ser aquel Domingo que solo con mirar las estrellas y acordarse del mar se sentía feliz.

Beltza corretea a su alrededor. Ha llegado a la tienda. Se agacha a acariciarlo y le habla.

—Beltza, yo era feliz cuando no sabía de su existencia. —El perro da un ladrido. Domingo lo mira—. Eres listo… No es cierto que fuera del todo feliz. Me faltaba ella, pero no sabía que con el deseo venía la amargura.

Saca su foto y de nuevo constata que el papel se ha ido cuarteando en algunas zonas, desdibujando a esa mujer a la que espera.