Un bosque de álamos en Idaho Mi corazón es una montaña que te guarda
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Mi corazón es una montaña que te guarda

Mi corazón es una montaña que te guarda

DOMINGO ARSUAGA

A medida que pasan los días la luz se hace más intensa, casi tanto como esa ansiedad que no le deja disfrutar de una primavera que estalla ante sus ojos como solo sabe hacerlo la naturaleza.

Hay macizos de lilas salvajes y verbascos llenos de flores amarillas, y en los bordes del camino los cardos borriqueros atraen a las abejas.

Domingo reconoce el olor de los bosques, los aromas de los árboles; el pino despide una suerte de olor picante que te abre los pulmones, y el abedul, cuando está mojado, recuerda al aroma del coñac.

A medida que se funde con la montaña advierte que es misteriosa como una mujer.

Nunca acaba de conocerse, y si uno la mira con humildad esta le muestra cosas que solo los seres que la aman pueden ver: el lugar donde anidan algunos pájaros, las flores diminutas que crecen entre las grietas o el rumor de los riachuelos que discurren invisibles.

Ha comprobado que el pasto está fresco y alto, así que deja a las ovejas pastando sin miedo a que rasuren la zona hasta dejar la tierra agostada.

Quiere acercarse a un arroyo que baja por la ladera con la prisa que impone el deshielo para llenar las cantimploras.

Una vez allí ve las huellas de un puma. Son profundas, y piensa que el animal debe de ser grande.

Al hombre solitario le conviene ser benévolo con lo que le rodea.

Ese puma solo ha venido a beber y probablemente haya seguido su curso ajeno a su presencia, pero no a la del rebaño.

Vigila su rifle, siempre cercano y dispuesto; allí nadie le salvará la vida, y no es el lugar para cometer errores.

Le ha llevado casi una jornada tallar, en un álamo temblón, el nombre de su esposa.

Cuatro vocales con sus consonantes, nueve letras que ya lee de corrido y repite como si necesitara apoderarse del espíritu que encierran.

La palabra posee música y, escrita en el tronco, ocupa buena parte del perímetro del árbol.

Domingo la mira. Pasa las yemas de los dedos sobre las heridas de la madera, como hacen los ciegos cuando quieren reconocer un objeto.

Tallar es lo mismo que gritar al mundo su nombre, ese que dejará ahí para que otros pastores se entretengan con la nostalgia de quien como ellos por allí.

Valentina es un misterio del que aún desconoce el sabor, y solo sabe rodear la sombra que proyecta.

Debe mantener a raya sus deseos, reconciliarse con las cosas sencillas.

Se aleja del árbol pensando que cuando ella necesite asegurarse de que la ama, aun antes de conocerla, subirá de su mano a ese bosque para que comprenda de qué manera la ha tenido presente.

Hace tres noches perdió una oveja. Sabe exactamente de cuál se trata: la aventurera.

Desde que salieron del rancho, el animal mostró una querencia huidiza, como si alguien la llamara desde más allá del rebaño.

Casi todos los días se ha visto obligado a reconducirla hacia las demás, y hasta la estuvo observando por si era ciega o no veía de un ojo.

La buscó a caballo, adentrándose en la maleza, y llegó hasta el río por si hubiera sido el agua lo que la atrajo.

Se llevó con él a Beltza, para que reconociera su ladrido, pero no la encontró.

Teme que se la haya llevado un coyote, quizá un oso hambriento, pero no ha visto huellas.

Sabe que por mucho que se esfuerce los animales cumplen sus leyes secretas, pero no le gusta perderlos.

Se quedará un día más y volverá a buscarla antes de moverse hacia otro lado.

Se tumba en el catre y mira la fotografía de Valentina, que empieza a estar cuarteada.

Si sus cálculos son buenos, ya estará en Nueva York, o muy cerca.

Contiene la masa de rabia que lleva con él.

Allá arriba, los malos pensamientos pueden convertirse en monstruos devoradores.

No es conveniente pensar en su llegada, en su patrón y en ese día tan condenadamente especial en el que él no estará en la estación.

Busca el libro. Tiene más de cuatrocientas páginas y está escrito en inglés.

Felipe le ha recomendado que anote las palabras que no entiende, que son casi todas.

Prefiere leer la última carta de Valentina, aunque se la sepa de memoria.

No quiero decirte que tengo miedo porque soy una mujer que sabe enfrentarse a las cosas, pero lo tengo. Espero llegar con bien a esa ciudad y que seas el hombre que Nicolás dice que eres.

Ya no le trata de usted, y sus palabras han ido haciéndose más cercanas.

Al pronunciarlas paladea su sonido, se fija en las vocales rotundas, en las consonantes insinuantes.

Siente que se abren paso hasta alcanzar su corazón de la misma manera en que el viento atraviesa una garganta entre dos montañas.

Las palabras son las pistas de un mapa secreto que le lleva a lugares donde nunca ha estado y que le permiten ver a esa joven valiente que acepta su destino.

«Tener miedo es bueno —susurra imaginándola—, ayuda a no morir antes de llegar al final del camino.

Si sabes enfrentarte a las cosas, tu temor desaparecerá».

Domingo siente correr por sus venas un afecto sincero.

Quizá Nicolás y Tajui hayan sido las únicas personas que conocen la manera en que se ha construido.

Tajui le entiende a medias, pero su amigo, hace tres primaveras, cuando coincidieron en la montaña, le enseñó lo que los hombres nunca enseñan y esconden entre el corazón y las tripas.

Hablaron de soledad, de tristeza y de rabia, y Nicolás le confesó que su verdadero sueño era ser feliz con su mujer y sus hijos en una casa que oliera a pan recién hecho.

Sí, Nicolás ha debido de escoger bien las palabras para que una chica tan guapa atraviese el mundo para reunirse con él en otro continente.

Por la mañana monta en su caballo y sale de nuevo en busca de Aventurera.

No quiere alejarse demasiado y cabalga lentamente, mirando las zarzas donde puede haberse enredado.

El rebaño debe ser el único pensamiento que sostiene a un pastor en la montaña.

Está a punto de regresar cuando le parece escuchar el peculiar silbido de Tajui.

Puede confundirse con el de un pájaro, pero no: es él.

Unos metros hacia el norte avista su silueta sobre su caballo manchado, que lleva a Aventurera en la montura.

Los amigos se saludan, Domingo recoge la oveja díscola y, con gestos, le pide que le acompañe al campamento.

Tajui asiente y le sigue. Al llegar, Domingo desmonta y retiene al animal entre las piernas mientras en un cuenco vierte agua y unas flores que machaca hasta conseguir un líquido amarillo que extiende sobre la lana de la oveja.

Cuando llegue la hora de esquilarla, los vellones amarillos habrán de ser lavados con sal.

— Orain edonondik ikusiko zaitut! [35]

Aventurera sale con prisas para reunirse con el rebaño y ambos se sientan sobre unas piedras para compartir algo de pan y tocino.

Tajui señala el cielo e imita la lluvia.

Ha llovido muy poco este año y en la llanura no hay pastos.

El verano ha sido extremadamente seco, y los vaqueros se ven obligados a buscar en la montaña el alimento para sus vacas.

Ha habido disputas entre ovejeros y ganaderos, y las autoridades federales redactan leyes para impedir la violencia.

El pastor asiente, está al tanto, y sabe que el precio de la carne ha ido descendiendo porque hay menos demanda.

Comen, explicándose en el idioma de la amistad y la admiración que se profesan los acontecimientos de sus vidas.

Domingo cree entender que su mujer espera otro hijo, y él dibuja con sus manos el pelo largo de Valentina y hace el gesto de un anillo en su dedo anular.

Ambos se palmean la espalda, felicitándose.

Los shoshones eran en tiempos los dueños de grandes extensiones de tierra, pero sus leyes no estaban escritas.

Los primeros colonos las cruzaron para ir al oeste.

Ellos, que habían atravesado el mundo para asentarse en aquella tierra prometida, no los trataron bien ni entendieron que tenían sus costumbres.

Surgieron disputas, y estas crecieron hasta que se produjo la matanza del río Bear, en 1863.

Los indios no tienen libros donde registrar lo sucedido, pero dibujan las pieles y en ellas representan escenas de lo vivido por sus antepasados.

Tajui le cuenta que al anochecer su tribu enciende un fuego y todos, niños incluidos, se reúnen alrededor para escuchar las historias de su pueblo.

Domingo le contó en su día que también en el puerto, mientras se espera la llegada de los pescadores, los más viejos relatan lo que sucedía cuando cazaban ballenas en Lekeitio o historias de los pescadores que llegaron hasta las tierras de los vikingos.

Ellos están sentados junto al fuego y se acompañan mirando las estrellas.

La vida, por muy distinta que sea, se parece y transita por los mismos caminos, aunque uno se dirija al otro lado del mundo.