La ciudad que toca el cielo #3
Comen, y mientras hablan ella mira a las clientas.
Se fija en cómo visten, charlan o sueltan una carcajada.
Percibe que son diferentes, más libres, que ella, y piensa que a Clara le gustarían.
Bego, como la señora Aguirre prefiere que la llamen, le ha enseñado las grandes neveras y una batidora con la que se mezclan los ingredientes de los pasteles.
Valentina se informa de que el líquido oscuro que beben los americanos se llama Coca-Cola y lo inventó un farmacéutico.
Lo prueba. No le disgusta el sabor dulzón y picante, pero no lo dice; tampoco que la comida tiene el mismo aspecto que la que se cocina en el Arraun, pero no sabe igual.
No sabría decir qué le falta o le sobra, pero no es la misma.
La carta de postres es básica: flan de leche, pasta de guayaba, melocotón, quesos… No ofrece las tartas que ella sabe hacer, y descubre que la dueña del Jai Alai tiene un propósito que se dispone a desvelar.
—Me gustaría que trabajaras conmigo —le dice.
Valentina abre los ojos, negando con la cabeza—.
Sé que estás casada, y que tu marido te espera en Boise.
Hablaremos con el rancho donde trabaja. Estamos seguros de que estará en la montaña hasta septiembre, y yo solo quiero que te quedes un par de meses, los suficientes para que nos enseñes esos postres que tú hacías en Gernika.
Ahora en Boise hace mucho calor, y dudo que haya ventiladores en todos los lugares…
Te pagaré bien. Cuando llegue el invierno te hará falta dinero, los principios siempre son difíciles.
Valentina guarda silencio durante unos minutos.
No sabe qué hacer. Le gustaría trabajar en esa cocina, ver la ciudad y tener un dinero del que poder disponer.
Un par de días antes de partir, Nicolás se empeñó en llevarla a unos almacenes para que hiciera sus compras.
Mariana apenas podía moverse de casa. La niña estaba todo el día colgada de su pecho, no dormía y decía que toda la ropa le quedaba pequeña y que no quería lucirse de aquella guisa.
Mientras caminaban por la calle Santa María, Valentina se dio cuenta de que él se sentía incómodo. Carraspeaba, y a ella le pareció que no arrancaba a decirle algo que se sentía obligado a expresar.
—¿Qué te pasa, Nicolás?
—Tu viaje… América… No sé si has entendido adonde vas, o si yo no me he explicado… Creo que no te he dicho toda la verdad.
Valentina se detuvo. De todas las personas a las que conocía, solo por él se dejaría cortar una mano.
Era lo más parecido a un padre, a un amigo, a alguien a quien no sabía cómo catalogar.
Nicolás no había escatimado esfuerzos para conducirla a donde iba.
Se tocó el anillo de casada y, antes de pronunciar una palabra, le pidió a la Virgen que lo que fuera que le hubiera ocultado no ensombreciera su partida.
—Explícame.
—Domingo es como te he dicho, pero no sé si allí tendrás una vida de comodidades.
América es América, una tierra que puede darte mucho, pero él es solo un pastor; no tiene casa, ni su propio rebaño, aunque no dudo que conseguirá tenerlo.
Es un muchacho de pocas palabras. Me fío de él, pero creo que en el fondo sé que tú le ayudarás.
Las mujeres sois listas… —Se detuvo y le puso una mano en el hombro—. Valentina, los principios serán duros.
Valentina soltó una carcajada espontánea. Nunca había imaginado que su pastor fuera un potentado, y esa risa liberó sus nervios. Ahora recuerda aquel momento y el beso que le dio al entender que Nicolás seguía siendo un hombre bueno y que su viaje le ponía nervioso.
Nunca ha fantaseado con ser rica, ella solo se imagina trabajando para vivir.
La oferta de la señora Aguirre le parece tentadora.
Le acaba de decir que podrá quedarse en una habitación algo más modesta, pero digna y con ventilación.
La mujer quiere dejarle claro que no necesitará gastar el dinero que gane; desea ayudarla y le enseñará algo de inglés.
Ella permanece en silencio. En el fondo, todas las mujeres se parecen; son las que llevan el peso del hogar y lo saben.
Tiene escondidas las pesetas oro que consiguió a cambio de los ahorros de toda una vida.
Nicolás le advirtió que apenas llegaban a cincuenta dólares.
Ha visto la carta del restaurante y ahora sabe que América es muy cara.
La mujer la coge de la barbilla, obligándola a mirarla.
—Mira, piénsatelo durante un día y mañana llamaremos por teléfono a tu marido. Luego decides.
—¿Podré hablar con él?
—Si está allí, sí, pero no estará. Las llamadas a larga distancia son caras. Mi marido está al corriente del interés que tengo en ti. Dime, ¿qué postres añadirías a mi carta?
Valentina sonríe. Hablar de cocina le despeja las dudas y la centra en la vida.
Le gusta Bego. La protege, y eso siempre la conmueve.
Pastel Saint-Honoré, colineta catalana, un ruso, o las islas flotantes que tanto gustan a los niños.
Tocino de cielo, brazo de gitano, canutillos con crema y hojaldres rellenos de todo lo que se quiera.
Troncos de chocolate, trufas o marrón glacé .
Peras al vino, o a la emperatriz, polvorones de almendra, bavaroise de manzana, y también turrón…
Begoña mantiene los ojos bien abiertos mientras Valentina recita ensimismada las recetas que recuerda haber leído en las columnas de la Marquesa de Parabere, cuando era simplemente «Maritxu».