La ciudad que toca el cielo #2
—Con una cama me conformo. Además, tengo que poner un telegrama a mi marido para decirle el día exacto que llegaré a Boise.
—Ahora descansa. Tiempo tendremos de ocuparnos de tu viaje.
Una alfombra mullida acoge los pasos del botones que transporta su baúl en un carrito.
No está acostumbrada y se siente incómoda, pero tampoco se atreve a decirle que ella es fuerte, que lleva arrastrando el baúl desde Lekeitio y que puede ayudarle, porque sabe que muy posiblemente no la entienda.
El joven abre la habitación 219 y le hace un gesto para que pase delante.
Deja el equipaje frente a la ventana y sale, haciendo una reverencia.
La habitación es amplia y tiene una cama grande, un armario con espejo en la puerta central y un escritorio con papeles y lápices.
Hay una ventana escoltada por gruesos cortinones por la que ascienden los ruidos de la calle y un baño equipado como nunca ha visto.
El corazón le salta en el pecho. Ni en sueños habría imaginado poder disfrutar de una habitación semejante.
Suspira y se le humedecen los ojos mientras acaricia la colcha de la cama.
Su baúl parece esperarla, pero está tan cansada que ni siquiera lo abre.
Se desnuda, se mete entre las sábanas limpias y deja que el sueño la arrastre.
La despierta el sonido de un timbre. Durante unos instantes, y pese a tener los ojos abiertos, no sabe dónde está.
Su memoria se ha quedado en el camarote del barco, y ahora mira a su alrededor confundida.
La espesura de su cabeza se despeja hasta identificar que el sonido viene de un teléfono que cuelga de la pared y que ni siquiera había visto.
Se incorpora y lo descuelga. La voz de la señora Aguirre le da los buenos días y le cuenta que ha dado orden de que no la despertaran, pero que ya es mediodía y la espera en el restaurante.
Pensaba ponerse uno de los vestidos que le regaló Clara, pero está tan arrugado que no podrá utilizarlo.
Entra al aseo y abre los grifos de la bañera.
Comprueba que sale agua caliente. Su corazón salta de alegría.
Podrá disfrutar del baño que no se ha podido dar desde hace casi un mes.
Se ha mantenido limpia, pero no ha tenido agua caliente ni un espacio para ella sola.
Cuando se sumerge, cree que no podrá sentir tanta felicidad ni en un millón de años.
La esperan, pero se queda enjabonándose y lavándose el pelo hasta que su inquebrantable sentido de la responsabilidad la saca de su paraíso.
Abre el baúl y estudia su ropa. Comprende que casi toda es anticuada y muy distinta de la que ha visto que usan las mujeres neoyorquinas.
En Gernika, las cosas que le daba Clara le parecían auténticas joyas, pero ahora, mientras revisa su escaso vestuario, solo su traje de boda, envuelto en papel de seda, tiene un toque elegante.
Ha ido metiendo en ese baúl los regalos de Fraulin, los restos que fueron dejando las doncellas del palacio y toda clase de cosas que, cuando no se tiene nada, parecen tesoros.
Algo semejante a la vergüenza la paraliza.
Ya no está tan segura de que el esfuerzo que le ha supuesto acarrear ese baúl por medio mundo haya merecido la pena.
Elige su segundo vestido, también de Clara.
No tiene más, así que no puede quedarse ahí parada dudando.
Se recoge el pelo y se aplica en los labios un poco de carmín.
Al mirarse al espejo, se da cuenta de que es una mujer guapa.
Desorientada y algo perdida, pero guapa.
Se calza los zapatos y sale al corredor.
Ve el ascensor, pero no lo utiliza, le infunde temor.
Baja las escaleras, y al llegar a recepción vuelve a sentirse pequeña.
No sabe cómo se dice «buenos días» en inglés, pero tampoco sabe la hora que es.
Sonríe al recepcionista y él le contesta con un «Good morning, madame».
Sale al exterior con decisión y ganas de explorar la calle, los comercios, pero da unos pasos hasta la puerta del Jai Alai y entra en el comedor.
Un camarero se acerca a ella. Valentina pronuncia el nombre de Begoña Orbe y el joven le sonríe.
—Avisaré a la patrona.
Mira los platos que los camareros llevan en sus bandejas, observa la generosidad de las raciones, los bocadillos hechos con un pan blando, cuadrado y tostado que allí llaman sándwiches, las carnes y las maneras de los camareros, que parecen bailar en torno al cliente.
Todos son extremadamente educados. Una de las chicas, con un vestido azul y un delantal con bordados, se pasea con una cafetera en la mano sirviendo a quienes lo desean.
Nadie canta ni levanta la voz, y se nota que los comensales vienen únicamente a comer.
Los vasos son altos y están repletos de un líquido oscuro —casi marrón— y con burbujas donde flotan trozos de hielo picado.
Casi nadie bebe vino. El camarero vuelve a buscarla y le pide que le acompañe a la cocina.
Allí, Begoña da órdenes y se mueve entre los grandes pucheros. Le hace una seña para que se acerque.
—¿Has dormido bien?
—Sí, muy bien.
—Tendrás hambre… Ahora comeremos. Pero necesito que pruebes estos guisos y me des tu opinión.
La señora Aguirre le hace probar su potaje de garbanzos, la sopa de cebolla y el consomé, y luego le habla de huevos, tortillas y pescados.
Los americanos adoran la carne. Le cuenta que muchos españoles venían a comer paella los domingos, pero que la crisis del 29 ha sacudido a la sociedad y ha dejado un rastro imposible de ignorar.
Le advierte que verá chabolas, mendigos en las calles, personas que tenían una vida cómoda pero a quienes la quiebra o el cierre de las empresas han dejado en la calle.
—Aquí el hambre es diferente que en nuestros pueblos. Nadie acoge a estos hombres que no han podido pagar su alquiler, y solo las iglesias y las organizaciones de caridad los atienden. En esta cocina no se tira nada. Todo se lleva a la iglesia de Saint Cecilia.