La ciudad que toca el cielo
La ciudad que toca el cielo
VALENTINA ALZOLA
Las personas del centro intentan que se sienten como en casa.
Una mujer de Bilbao se interesa por ella, le pregunta por su futuro y Valentina percibe un gesto de compasión a aquellos a quienes cuenta que va a reunirse con su marido, al que no conoce.
La miran como se mira a los niños a los que se les oculta algo.
Todos se muestran amables y generosos, pero a ella se le seca la boca y no quiere hablar.
Su cuerpo está lleno de sensaciones extrañas y poco agradables que debe ocultar.
Por fin, Valentín Aguirre se presenta para llevar a Valentina a su destino.
Luciana, María Josefa y Fermina la abrazan.
No faltan los agradecimientos por sus cuidados, los consejos o las promesas y deseos de reencontrarse.
Los hermanos Anacabe le dan unas palmadas en la espalda y sueltan al aire el deseo de que la vida les proporcione un reencuentro allá en Nevada.
La joven conoce esa incapacidad de los hombres de su tierra para expresar lo que sienten y se conforma con sus muecas de impotencia, sus miradas sinceras y el gesto considerado de llevarle el equipaje hasta el coche que la espera.
Por la ventanilla contempla ese bosque de edificios inmensos que escoltan las calles abarrotadas de coches.
Se pregunta cómo habrán conseguido construirlos tan altos, y cuánta gente podrá vivir en ellos.
Le habían advertido de su existencia, pero ella no podía imaginarlos.
Le sorprende la cantidad de personas que caminan por las aceras, los muchos comercios que hay.
Hace calor. Las ventanas empiezan a iluminarse y ella adivina esas comodidades que dicen que tienen los americanos: teléfono, aparatos que aspiran el polvo, batidoras, neveras, lavadoras…
No es que en Bilbao o Gernika no haya, pero le han contado que aquí no faltan la luz, el agua o el teléfono en ningún hogar y que los americanos tienen almacenes en los que se puede encontrar de todo.
Valentina percibe que el mundo está dispuesto a desterrar el hambre, las necesidades o incluso muchas de las enfermedades comunes.
Su corazón se alegra; al fin y al cabo, en esa tierra próspera crecerán sus futuros hijos, que no tendrán que experimentar las dificultades que ella vivió de niña.
La abundancia de la ciudad le produce un cierto ahogo.
Quizá, se dice a sí misma, en un país donde la gente se va a dormir con la tripa llena, en un colchón mullido, la felicidad no se esconda tanto.
Junto a ella, el hotelero no deja de hablar.
Le cuenta que el famoso boxeador Paulino Uzcudun —un vasco de extraordinaria pegada— es amigo suyo y que ha estado a su lado en las grandes veladas del Madison Square Garden, pero ella no sabe quién es y está tan cansada que no puede compartir su entusiasmo.
Le habla también de los asturianos, andaluces, gallegos y castellanos que están empleados en las fundiciones de zinc y en las fábricas de automóviles de Pittsburgh, Detroit o Minneapolis, y de los cántabros que trabajan en Arizona.
Ella no termina de entender el significado de lo que le cuenta, pero intuye que quiere informarla de que desde todos los rincones de España los pobres van a buscar fortuna, si bien los de Euskadi se reparten mayormente entre Nevada y Boise.
Nombra, mirándola a los ojos, a personas a quienes no conoce, pero que al parecer forman parte de ese hilo resistente que hace que ella esté bajo su cobijo.
El señor Aguirre se esfuerza por que se sienta cómoda, o más que eso: como si estuviera en casa y no estuvieran atravesando las calles de esa ciudad que la tiene impactada.
Por él averigua que, años atrás, necesitaban cuatro o cinco coches para transportar a los vascos que venían a trabajar como pastores.
— Eta… zure artzainak artaldea dauka, ala beste norbaitentzat lan egiten du? [32]
—Creo que trabaja para otro.
—Entonces, cuando llegues no lo encontrarás. Ellos no bajan de los pastos hasta septiembre.
En Gernika, cuando cerraban el restaurante, Nicolás aprovechaba para hablarle de América.
Le repetía las condiciones del viaje en barco, los cuidados que debía tener, y le aseguró que Valentín Aguirre la conduciría hasta la misma estación desde la que partía el tren hacia el oeste.
Varias veces le confirmó que, aunque estuviera en la montaña, Domingo buscaría la manera de ir a buscarla.
Tenía anotado su derecho a tres noches en el Santa Lucía, con sus correspondientes desayunos y comidas.
También la recomendación de que al llegar le mandara un telegrama a Domingo.
Ha memorizado todo, y lo que espera ahora es el momento de tener en la mano su billete a Idaho.
Está tan cansada que ni siquiera habla, solo asiente y sonríe a medias hasta que se le cierran los ojos.
Despierta cuando el coche frena frente al número 82 de Bank Street.
Desorientada, mira hacia la calle, al edificio de varias plantas que el hombre le señala.
El Jai Alai, restaurante propiedad de Valentín Aguirre, está situado en los bajos del Hotel Santa Lucía.
Haciendo un gran esfuerzo, le sigue educadamente.
Su guía atraviesa un comedor elegante mientras saluda a sus clientes.
Valentina quisiera detenerse a mirar cómo están vestidas las mesas, la vajilla o los platos que sirven, pero le quedan apenas unos minutos de voluntad y clava la mirada en el suelo, siguiendo los pasos de su anfitrión.
En el baño del Centro Vasco Americano se ha deshecho la trenza y ha guardado las horquillas, que se le clavaban en el cráneo.
No ha tenido la prudencia de recogerse el pelo en un moño, y ahora no quiere ni imaginar lo espantoso que será su aspecto.
Levanta la mirada. Las mujeres llevan el pelo corto y ondulado, los camareros van uniformados con chaqueta blanca y corbata oscura.
Escucha el rumor de las conversaciones ininteligibles.
Avanzan hacia una puerta batiente por la que sale el personal con los platos en alto.
Valentina reconoce los olores: son los mismos que en la cocina del Arraun.
El bullicio es considerable, y entre la media docena de cocineros que hay destaca una mujer bien vestida pero tocada con un delantal inmaculado que avanza hacia ellos y la saluda cariñosamente.
— Zer moduz, neska? [33]
— Ondo. Eskerrik asko [34] .
—Esta es Begoña Orbe, mi mujer, y la reina de este restaurante. —Valentín da un par de besos en las mejillas a su señora.
—Estarás agotada. —La mujer mira a su marido—. Tendrías que haberla llevado directamente a descansar. Esta chica debe de añorar una cama tanto como tú Busturia. Pero, ya que estáis aquí, sentaos y os saco un plato de sopa.
—La sopa de ajo de mi mujer levanta a los muertos.
Valentín conduce a su huésped hasta una mesa, le da una carta y se aleja para atender el comedor.
Ella la hojea con curiosidad. Los platos están divididos en columnas, en inglés y en castellano.
Reconoce algunos, desde esa sopa de ajo que Valentín le ha recomendado hasta el bacalao al pilpil.
Saca su cuaderno furtivamente y copia con fidelidad las traducciones al inglés de aquellos que podrían interesarle.
Desde que ha salido del barco, y a pesar de la espesura que nubla su cabeza, ha entendido que no será posible integrarse en ese país si no aprende inglés.
Apenas unos minutos después, Begoña, ya sin delantal, se sienta a acompañarla. La mujer le hace un gesto a uno de los camareros, y antes de que intercambien una palabra tiene frente a ella un generoso plato de sopa de ajo con un huevo flotando en la superficie.
—¿Cómo te llamas?
—Valentina Alzola.
—Yo soy Bego. —La mujer pone una mano en el pecho al decir su nombre, como si la presentación de su marido hubiera sido insuficiente—. Imagino que estarás sobrepasada. No te preocupes, se te pasará en cuanto descanses. ¿Está rica?
Valentina asiente y le dice que ella añade un poco de pimentón cuando el caldo está desabrido.
—¿Sabes cocinar?
La chica vuelca su historia de manera atropellada, sin olvidar mencionar el tiempo que estuvo al servicio de la emperatriz.
Le habla de los postres, de los canutillos de crema y las natillas con nieve.
Se extiende explicándole los trucos para conseguir un hojaldre crujiente, y añade que ella se ha ido especializando en confitería y repostería.
Ve que a Begoña le brillan los ojos, y eso, junto a la sopa, hace que se sienta mejor.
—Te aseguro que no te va a faltar trabajo en Nueva York —dice—. Para empezar, tienes abierta mi cocina. Pocas veces pasan por aquí cocineras como tú.
Valentina la interrumpe para advertirle que se ha casado con Domingo Arsuaga, un pastor que la espera en Boise.
Ve que la mujer asiente cansinamente, como si su vida fuera algo común, y entonces se calla.
Begoña parece percibir su incomodidad y la tranquiliza diciendo que desde hace tiempo ve pasar a mujeres para reunirse con su marido o casarse en Idaho o Nevada.
Ella misma, le susurra, vino a Nueva York desde Busturia después de casarse.
Por alguna razón que desconoce, Valentina le abre su corazón y le enseña el miedo que lleva escondido.
La mujer la escucha hasta el final, luego le hace un gesto para que la acompañe.
La joven se asusta: ha perdido de vista su baúl y su bolsa de viaje.
—¿Y mi equipaje? —pregunta alarmada.
—Tranquila, está en el hotel.
En la recepción, un hombre las saluda. La señora Aguirre le da órdenes en un inglés aceptable. Valentina se muere de cansancio, solo quiere una cama y muchas horas para dormir.
—Te vas a alojar en una de las mejores habitaciones. En esta época hay alguna libre. Tendrás un baño para ti sola, eso es lo que más se echa de menos.