Un bosque de álamos en Idaho La tierra de los shoshones #2
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La tierra de los shoshones #2

La imagina a punto de zarpar desde Francia y espera que el mar no muestre su fiereza durante la travesía como lo hizo con él.

No sabe la razón, pero no consigue recordar todo el tiempo que pasó en el barco.

No quiere volver allí, ni tan siquiera en sus pensamientos.

Lo ha olvidado, pero sabe que lo ha hecho porque le resultó casi insoportable.

Dicen que los barcos han cambiado, que ya no funcionan con vapor, que son más rápidos y que los Gobiernos no permiten que los emigrantes viajen como si fueran ganado.

Lo desea de verdad, no quiere que su esposa llegue tan marchita que no pueda recuperar la sonrisa.

Pero él sabe que el mar no cambia, y que si hay una tempestad la sufrirá igual que cuando a los barcos los empujaba el viento.

Antes de comenzar la temporada, Jeff le ofreció unos días para poder preparar la casa antes de que llegara su esposa.

La relación con él se ha vuelto incómoda.

Domingo se lo ha dado todo a ese hombre; cuida el rebaño como si fuera el dueño, nunca se queja ni pide más de lo que le dan, pero desde que supo de la llegada de Valentina en plena temporada ambos se impusieron una distancia.

El patrón quiere restaurar lo que se ha roto, pero Domingo no está dispuesto.

Depende de él, le debe dinero, y hasta que no salde la deuda no podrá acercarse a él.

Aceptó los días sin decirle nada. En uno de los hostales contrató a un albañil navarro que le recomendó Cipri.

Cuando llegara el verano, el calor de Boise asustaría a Valentina, y quería terminar de sustituir la letrina por un baño dentro de la casa.

Trabajaron de la mañana a la noche hasta que repararon las cañerías y construyeron un baño espacioso, con una bañera que le ha costado sus buenos dólares y en la que su esposa podrá refrescarse.

Sus bolsillos están vacíos y no tiene ni para pagarle al barbero, pero una casa le espera a su regreso.

El clima de esta tierra es duro y áspero como una piedra.

El invierno se prolonga, robando semanas a la primavera, y el verano es asfixiante.

Sin embargo, cuando termina el mes de mayo, el aire se convierte en una caricia.

No ha habido tormentas ni lluvias, y el aire está más seco que otras veces.

La sequía se nota en el escaso cauce de los ríos y en los animales que bajan a beber al atardecer aun sabiendo que él está allí.

Domingo ha matado tres coyotes a los que vio merodeando.

Ha colgado las pieles como Tajui le enseñó, sujetándolas con palos para mantenerlas tensas y limpiándolas con las ramas de los pinos.

Lo ha buscado. Le extraña no verlo. Sus encuentros se dan siempre en estas fechas.

Le ha guardado parte de sus víveres, y quiere contarle que tiene una casa en la que podrá quedarse cuando vaya a Boise.

Su amigo vive en la reserva de la llanura, junto al río Snake, pero en primavera sube a la montaña para cazar y no olvidar las costumbres de sus antepasados.

Tajui respeta la naturaleza, no pesca más salmones de los que necesita y busca hierbas para el invierno.

Domingo marca en un cuaderno los días que pasan.

Anota las semanas con seis rayas y una que las atraviesa, como siempre lo ha hecho, pero ahora se esfuerza y aprieta el lápiz y dibuja las letras que componen los meses: marzo, abril…

Ya es capaz de escribir algunas cosas en inglés, pero disfruta cuando puede hacerlo en su lengua.

Escribir es difícil y él prefiere concentrarse en leer, aunque se pierde y confunde los términos de las distintas lenguas.

Cuando una palabra le ofusca y está a solas, monta en cólera.

Todos aquellos que le conocen dicen que es un hombre templado, de palabras justas y pocos enfados.

La naturaleza le ha dado un porte de sencilla elegancia, pero nadie le conoce como verdaderamente es y se siente, pues a fuerza de esconder su fragilidad ha llegado a carecer de ella.

Lo único que le inquieta y rompe la armonía es Valentina.

Quizá llegue pronto a Nueva York y desde allí mande un cable al hostal, para que Encarni llame a Felipe y le diga cuándo llegará.

Ya ha hecho sus propias averiguaciones sobre Ignacio Anduiza y sabe que es un hombre de ley.

Le han contado que ha llamado a su familia para que participe en su ya próspero negocio, así que el grupo viajará compartiendo esperanzas y temores.

Cuidarán de Valentina, se dice a sí mismo, no permitirán que nada le suceda.

A pesar de sus movimientos por la montaña, está en la zona donde le dijo a su compañero que estaría, y allí se quedará hasta mediados de mes.

Los nervios le hacen buscar trozos de madera secos y listos para tallar.

Maneja la navaja con destreza, y ya tiene seis cucharas.

Ha empezado a buscar trozos más grandes para hacer cuencos como los que tiene la señora Peterssen.

Debe guardar todo para ella. Las deudas no les permitirán las comodidades que quisiera ofrecerle a su esposa.

Domingo suspira y mira la naturaleza que le rodea.

Escucha el palpitar del bosque. El brezo y los pinos despiden una fragancia al bajar el sol que le reconcilia consigo mismo.

Rompe una ramita de enebro y se la lleva a la nariz, luego mastica uno de sus frutos y camina unos pasos, atento a los brotes nuevos.

Cuando levanta la vista ve a lo lejos un jinete que parece vigilar el horizonte; baja por un sendero que conduce a la civilización.

Domingo no puede evitar sentirse como un náufrago que ha sido arrojado a la orilla y ve alejarse la vela de su embarcación.

Nada hay tan conmovedor como quedarse a contemplar cómo se empequeñece ese barco en el horizonte hasta convertirse en un punto y desaparecer.

Un golpe de consciencia le arroja en brazos de la realidad. Está solo, aunque quiera sentir que Valentina está con él.