Un bosque de álamos en Idaho La tierra de los shoshones
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La tierra de los shoshones

La tierra de los shoshones

DOMINGO ARSUAGA

Su patrón le contó que el nombre de Idaho provenía de la lengua de los shoshones y que significaba «el sol que sale por las montañas».

Sobre el caballo, Domingo observa el apretado rebaño que trepa, aún vigoroso, mordisqueando las riberas de las sendas.

El paisaje está iluminado por esa luz dorada que el sol de montaña derrama con generosidad sobre sus cumbres.

Sin embargo, esta vez no cabalga al amparo de la naturaleza; ese sentimiento se ha desplazado de su pecho, y la comunión secreta de la que gozaba cuando se reencontraba con las montañas ha desaparecido.

Ahora en su lugar hay un extraño desasosiego, una inquietud que le hace contar las horas.

Cada palmo de pendiente hacia las cumbres le recuerda que se aleja del lugar al que ella llegará en un par de meses, y eso le impide concentrarse en la ribera del río, en el deshielo que forma torrenteras, en los coyotes que andarán olfateando el aire y en los rumores de las corrientes que serpentean a lo largo del camino hacia las Montañas Rocosas.

Ha conseguido leer el cable que Nicolás le envió para comunicarle que su ya esposa embarcaría en Francia, en el puerto de Le Havre, hacia finales de mayo, y que ella mandaría recado al Hotel Jai Alai para avisar de su llegada a Boise.

Durante días ha hecho cálculos imposibles, contando con demoras e imprevistos.

El saldo que arrojan sus repetidas operaciones no deja lugar a dudas: él no podrá estar en la ciudad cuando su tren se detenga en la estación, ni podrá albergar en su memoria el instante en que se deberían reconocer.

Respira el aire puro y contempla la luz interminable de la primavera.

Mastica su rabia sin dejar de mirar el rebaño y al atardecer, después de pasar junto a un torrente que remansa en el inicio de un riachuelo, decide detenerse para procurar agua a los animales.

Es una hondonada por la que hacía tiempo que no pasaba; ha sido la distracción la que le ha llevado a ese hermoso rincón.

Monta la tienda y el catre bajo la música del agua y de los habitantes de ese lado de la montaña, enciende el candil y se hace un par de huevos que rebaña con el pan que conserva de hace unos días.

Calcula las provisiones. En los ranchos más grandes las cosas empiezan a mejorar.

Un campero va con el pastor en un carro y se ocupa de que no le falte alimento y compañía.

Habla con él, le ayuda y así no está tan solo.

Pero Jeff Peterssen aún no ha decidido nada al respecto.

Es un hombre recio que no hace dispendios, pero a cambio ofrece un salario justo a sus trabajadores.

En ese momento le pesa haberle pedido dinero prestado para la compra de su casa.

Rumia algo parecido a la desesperación mientras raciona lo que le importa: el café y el beicon.

Ha decidido que cuando llegue a los pastos altos descansará unos días.

Lleva cuatro o cinco ovejas preñadas y no quiere forzarlas.

Mientras cae la tarde las busca, observa su comportamiento, se cerciora de que no se apartan del rebaño y mira si tienen las ubres hinchadas.

Con los años ha aprendido a tratarlas para que confíen y se dejen arrastrar hacia su campamento.

Con la lámpara en la mano trepa hacia un peñasco y mira hacia abajo, donde empieza a crecer una nube baja.

Se pone las manos alrededor de la boca y silba repetidas veces con una cadencia que su amigo Tajui conoce.

El sol casi ha desaparecido y los sonidos de la noche van haciendo acto de presencia.

Tras los balidos y los ladridos de sus perros se escucha el murmullo de un arroyo, el sonido de algún roedor, los aullidos de algún felino.

Espera un par de minutos y repite su silbido, como un cuco que avisara a su pareja.

Su amigo suele cazar por esos lares, pero quizá haya que esperar al deshielo, cuando la primavera cambie el aire y caliente la noche.

Vuelve sobre sus pasos, extrae de debajo de su ropa la fotografía de Valentina y la mira unos segundos antes de apagar el quinqué.

Se lo ha dicho a Felipe. Ha marcado en el mapa la ruta que seguirá y varias cruces que indican los lugares previstos por donde se moverá, por si hubiera que localizarle.

Su amigo se ha comprometido. Se lo ha dicho con pocas palabras, mirándole a los ojos y estrechando esa mano que parece un mazo; que desde finales de mayo pasará cada semana por el hotel para comprobar si hay noticias de Valentina y que, dependiendo de su llegada, intentará subir a avisarle, pero que esté tranquilo, porque él mismo la recogerá.

Es la primera vez que algo tan suyo no depende de él, y eso le inquieta.

La primera mirada de esa chica al llegar a la estación de ferrocarril de Boise Depot tendría que ser para él, pero, como dice Encarni, antes la obligación que la devoción.

Ángeles, la mujer de Cipri, preparará la casa, oreará el colchón y la ayudará en lo que necesite.

Se lo ha repetido varias veces, palmeándole la espalda para tranquilizarle.

«La llevaré a la Pioneer Tent Company, donde trabaja Emilia Vicario, por si necesita comprar algo».

Ella está empleada en un hospedaje y conoce a los pastores, a sus mujeres e incluso a sus futuras mujeres.

Sabe cómo hacer que alguien se sienta en casa.

Hasta ahora, esa red de ayuda y vigilancia que empezaba en Lekeitio y terminaba en Boise o Nevada —pasando por Nueva York— le parecía natural, pero ahora le resulta imprescindible y extraordinaria, y se promete ayudar cuando sea necesario.

Las mujeres tejen una red que sostiene a las familias, a los niños y a las que tienen a sus maridos trabajando o enfermos.

Se ocupan de la enseñanza, de organizar bailes y conciertos para no añorar las romerías que dejaron atrás y de vigilar que nadie falte a misa en la iglesia del Buen Pastor.

Domingo sabe que Encarni, en no pocas ocasiones, va a la estación y recibe a los recién llegados, los acompaña al banco para que puedan enviar su cheque a la familia o escribe sus cartas.

Podría habérselo encargado a ella, pero por alguna razón quiere que Valentina permanezca al margen de todo lo que mueven las hosteleras, al menos hasta que él la mire a los ojos.

Se despierta antes del amanecer. Los primeros días siempre le cuesta acostumbrarse al catre.

Duerme vestido, tan solo tiene que prepararse el café y bajar al río a lavarse la cara para espabilarse.

Antes de dejar la tienda mira la foto de Valentina y le da los buenos días.

Al salir, una luz que no termina de despuntar deja a la vista una densa niebla que parte la montaña en dos.

Da unos pasos y se esfuerza por ubicar su rebaño; parte de él ha quedado velado por un tupido vapor que flota en forma de nube.

No le gusta. Los que viven en los altos, allí en Vizcaya, saben lo que eso significa.

Los valles que quedan cubiertos por ese aire repentino están en peligro de sufrir desgracias.

Aideko [30] , como llaman a esa intuición de lo terrible, suele ser invisible, pero a veces se viste de niebla e interviene en los asuntos de los humanos.

Si la espuma blanquecina viene a hacer daño, se llama Aidegaizto [31] .

También sucede en el mar, porque, según dicen los pescadores, lo que se halla bajo la niebla es lo que puede entenderse, y lo que hay sobre ella es cuestión de Dios.

Se da prisa y recoge el campamento sin esperar a hacerse el café.

Beltza intuye las intenciones de su amo, sabe que hay que despertar al rebaño y recorre las distancias ladrando y conduciéndolo a donde el pastor se dirige con los caballos.

Domingo quiere salir de la niebla sin que se le note el miedo.

Las ovejas presienten a sus pastores y se olvidan de seguirlos para huir en todas direcciones.

Da gritos y silbidos. En la montaña, las palabras no sirven porque nadie las escucha; es mejor reproducir sonidos, aullar como los lobos o balar como ellas.

Con prisa remonta la montaña. Evita respirar el aire envenenado y, aunque le rugen las tripas, no se detiene hasta un claro a un kilómetro y medio, donde ya no hay rastro de Aideko.

Es el mes de abril y el sol calienta, tímidamente aún.

Complacido por haber podido huir, vuelve a montar su tienda después de cerciorarse de que ninguna oveja ha sufrido daño.

Hace café, se sienta en la hierba y come algo.

En la alforja guarda el libro que le regaló su patrón.

Quiere leerlo, pero le cuesta. Cuando consigue descifrar una frase, se ve obligado a volver sobre las palabras para comprenderlas del todo.

Una sola es poca cosa; cuando se juntan, lo que cuentan es un milagro.

Los días pasan despacio. Domingo contempla el alba y espera el atardecer.

El tiempo se va templando, y ahora que han nacido algunos corderos bebe leche tibia para dormir.

La vida se ha vuelto distinta desde que sabe que ella piensa en él.

Los lugares que antes le acogían ya no lo hacen, y Domingo piensa que el amor y la responsabilidad hacia otra persona con la que se siente comprometido le quitan libertad.

Uno no puede pertenecer a dos amores a la vez, y ahora entiende que algunos de los pastores busquen otra familia y no vuelvan.

Suspira, algo sorprendido por sus pensamientos.

¿Qué le sucederá cuando la abrace, la toque, la sienta suya para siempre?