Los mares que acercan los sueños #3
Los hermanos Anacabe conducen al grupo igual que los pastores dirigirían un rebaño.
Marcan con sus cuerpos los límites de las mujeres y el niño y miran desafiantes a quienes representan un posible peligro.
Pero no es la multitud que se agolpa la que encarna ningún ataque.
En la isla hay un coro de voces que entonan distintas lenguas.
La gente se aprieta en colas, los niños lloran y los anuncios están en varios idiomas.
Todos prestan atención al personal de inmigración y a las indicaciones de ir hacia un lado u otro.
Si alguien es rechazado, los gritos de súplica reverberan por las salas, llevando el miedo a las miradas perdidas de la gente.
El vaivén del barco permanece en su precario equilibrio.
La muchedumbre se bambolea como un grupo de borrachos mientras caminan hacia los funcionarios, enlazados por la desesperación como si fueran uno.
Por fin les llega el turno. Suspiran aliviados y sudorosos por el esfuerzo de haber arrastrado el peso de los equipajes.
Federico comienza a hablar al funcionario en un euskera salpicado de señas mientras amontona papeles sobre la mesa.
El hombre uniformado hace una seña y otro vestido igual se acerca y les habla en español.
Valentina da un paso al frente y hace de intérprete.
Sabe lo que tiene que decir: ella va a reunirse con su marido y lleva anotada la dirección donde trabaja y el certificado de matrimonio.
La familia de Anduiza lleva cartas que acreditan que los necesitan en Nevada.
Todos tienen sus papeles en regla y las señas del lugar donde van a alojarse en Nueva York: el Hotel Santa Lucía.
Pero nada impide que los nervios les descompongan el ánimo al ver cómo algunos de sus compañeros de viaje no llegarán a pisar tierra americana y serán deportados.
Luego, los hombres por un lado y las mujeres por otro, pasan unos exámenes médicos.
Ellos están asustados, pero sanos como manzanas.
Unas horas más tarde embarcan en un ferri con destino al puerto con los papeles sellados, que las mujeres guardan en su pecho y los hombres en el bolsillo.
En los muelles, un joven grita entre los recién llegados.
— Euskalduna zara? Ongi etorri New Yorkera! [29]
Federico levanta una mano. El chico es el hijo pequeño de Valentín Aguirre.
Su lengua tiene sonidos distintos, pero es la tierra la que los conduce al descanso.
En el hotel, su padre, que lleva años recogiendo a los vascos que llegan al puerto y acompañándolos a la Estación Central para que un tren los lleve al oeste, ayudará a Valentina a poner un cable para avisar del día que cree que llegará a Boise.
Los pasajeros se trasladan, agotados y enmudecidos por lo que ven.
Es tiempo de silencio, hay que dejar lugar para que la sorpresa no haga mella en ellos.
Los hombres hablan con Aguirre. Le cuentan los días que emplearon en llegar al puerto de Le Havre, las dificultades que experimentaron durante la travesía y aquel temporal que les desbarató el cuerpo.
No miran a través de los cristales como hacen ellas, y Valentina los escucha preguntar por el cambio de moneda y por el precio de un billete de autobús y de una barra de pan.
Ella no es capaz de preguntar nada. Se limita a quedarse ahí, mirando esos edificios infinitos de los que no sabe qué pensar.
El chico permanece atento a la calle y levanta las cejas de vez en cuando, como si no hubiera escuchado las mismas historias cientos de veces.
Solo los interrumpe en el momento en que van a enfilar el puente que une Manhattan con el bullicioso barrio de Brooklyn.
Ladea un poco la cabeza y le pide al taxista que aminore la velocidad para contarles que, cuando lo construyeron, los neoyorquinos no se atrevían a cruzarlo.
Tenían miedo de que, al ser tan largo y soportar el peso de tantos automóviles, se derrumbara y todos cayeran al río.
A fin de convencerlos de su seguridad y disuadirlos de su temor infundado, las autoridades hicieron desfilar por él a los veintiún elefantes de un circo que visitaba la ciudad para demostrar así que aguantaba lo inimaginable.
Valentina mira la inmensa construcción sobre el East River e imagina una cadena de elefantes engalanados con telas de colores mientras memoriza las palabras que ha empleado el chico: bridge, river, town …
Le aterra no poder hablar con sus vecinos, y por eso apunta en su cuaderno las palabras que escucha.
Pasan entre edificios y la joven girada cabeza cuando descubre que al pie de esos enormes bloques de pisos hay un poblado de chabolas.
El hijo de Aguirre le habla de los efectos de la Gran Depresión, de la multitud de parados que hay en ese momento y de los que no tienen un techo porque no pueden pagar un alquiler.
Le cuenta que todos los proyectos se han interrumpido, y que si no fuera por los religiosos y la beneficencia muchos se hubieran muerto.
Y Valentina se pregunta por qué los pobres de Europa vienen a este país donde también hay muchos pobres.