Los mares que acercan los sueños #2
—Nunca hay que contradecir a una mujer a punto de parir.
Añadió que el bebé tenía prisa por salir, no había tiempo de subir al piso de arriba y la madre lo sabía.
Un grito rompió las confidencias y la comadrona ayudó a Valentina a ponerla en la mesa.
Buscó un almohadón y se lo colocó bajo la cabeza.
Mariana se subió la falda y Ana Mari dio un brinco al ver que la criatura estaba a punto de nacer.
No se le ha borrado de la cabeza ni uno de aquellos momentos.
Ella se arrodilló a su lado y le agarró una mano.
Las tres mujeres estaban concentradas en su tarea.
Ana Mari ponía sus manos en la barriga de Mariana y apretaba, pidiéndole que empujara.
Valentina casi ni respiraba mientras sujetaba con fuerza la mano de su amiga.
Apenas hicieron falta tres empujones para que la cabeza del bebé saliera de aquel lugar por el que le habían contado que entraban los hombres.
La chiquitina casi aterrizó en sus brazos, y unos segundos después rompió a llorar con fuerza.
Ana Mari le entregó a la niña para que la aseara y se ocupó de recolocarle las tripas en su sitio a la madre.
No, nunca olvidaría los diferentes llantos de las cuatro, porque, como diría más tarde la comadrona, cada niño que venía al mundo la conmovía.
Valentina acunó a aquella muñeca mientras pasaba una esponja húmeda por su piel sonrosada, antes de devolverla a la madre.
Fue entonces cuando vio que la niña tenía en la cara una zona más oscura y áspera, entre la sien y el ojo derecho.
No dijo nada. Quiso creer que aquello desaparecería con los días.
Mariana la miró como si la niña sellara su recuerdo de por vida.
—Una Valentina llega y la otra se me va.
Ahora sabía que había momentos de luz y de espesura. Valentina vio la luz de la vida y entendió algo sobre las mujeres que ya intuía: el precio por dar la vida era entenderla, con sus días oscuros o luminosos.
El barco avanza lentamente, como si trasladara el peso de los sueños de los hombres que van en cubierta.
Todos miran ese horizonte que parece que alguien trazó con una regla y que observan como si pudiera vaticinarles lo que les aguarda.
Los emigrantes huyen de sus camarotes hacinados, del ruido de la sala de máquinas, del olor nauseabundo, de los llantos y los miedos.
Luciana, María Josefa y Fermina, las mujeres con las que viaja, se han mareado desde que salieron de Francia y apenas tienen fuerzas para subir las estrechas escaleras que conducen a la superficie.
Valentina es fuerte, más que el desasosiego que le produce la navegación, así que las cuida, las asea y les prepara una sopa en un infiernillo que hay al fondo del desangelado y oscuro habitáculo.
—Unas cucharaditas, Fermina… La sopa revive a los muertos y equivoca al miedo.
Cuando sus compañeras amanecen medio recuperadas, la joven escapa lejos del aire viciado y del zumbido permanente.
En la cubierta, el aire fresco no falta.
Aspira todo lo que puede, pero por alguna razón este se atasca y no avanza hasta el interior de su cuerpo.
Abre de nuevo sus pulmones, necesita saciarse de él.
Vuelve a respirar, y se le vuelve a quedar atorado.
Espera, está segura de que en algún momento esa barra de hierro que le atraviesa el cuerpo a la altura de los pulmones cederá.
Valentina deposita sus ojos en el horizonte, reza y después le pide a la Virgen que haga un milagro y ponga en él una roca, una isla o esa ciudad a la que se dirigen y que llaman Nueva York.
Escucha a los que saben más que ella. Dicen que, allá a donde van, los edificios se llaman rascacielos porque son tan altos que rozan las nubes.
Valentina no quiere llegar tan alto, ni tampoco vivir en las nubes.
Aún no sabe que los viajes pueden ser algo distinto a esa náusea que le aprieta el estómago y que no es producida por el vaivén del barco, sino por el miedo a existir en un lugar desconocido.
Las imágenes de su corta vida pasan por su cabeza cuando cierra los ojos.
Se dice a sí misma que en los pueblos se vive todo con tranquilidad, pero también se sabe lo que va a venir y eso aleja los sueños.
Los hombres se acercan. Uno cuenta que ha estado antes en Nevada y que con el dinero que ahorró trabajando ha comprado un caserío donde ahora viven sus padres.
Se ajusta la boina cuando dice en voz alta que se ha prometido a sí mismo que ese será su último viaje de ida, que pronto volverá para cuidar su propia huerta y jugar al mus en el lugar donde nació.
Los demás le miran con los ojos muy abiertos, esperando que descifre los enigmas que flotan sobre la tierra a la que se dirigen.
—La nieve tapa los ruidos, y solo se escucha el crujir del silencio. Día tras otro el mundo parece detenido, como un reloj al que no se le da cuerda, pero América es grande, y la tierra, fértil.
Una amenaza velada sobrevuela esa narración escasa.
Ellos se van porque no hay tierra para todos los que no son primogénitos, porque los Gobiernos no piensan en los pobres, porque los salarios son miserables, porque hay guerras, porque están solos o porque han depositado la esperanza en el amor de un desconocido.
Para el viaje, a Valentina le aconsejaron que se hiciera una trenza con el pelo y que se la recogiera en un moño.
Las otras mujeres llevan melenas cortas y sombreros, se untan los labios con mantequilla para protegerlos del viento y se entretienen con la música.
Los niños chillan y corretean por el escaso espacio que hay destinado a la tercera clase.
Más allá, hacia la proa, al anochecer se escuchan violines y risas.
Los pasajeros de primera viajan como si no viajaran; tienen, como de costumbre, la posibilidad de pagar para no someterse al cansancio, la incomodidad o el hambre, llevan en su equipaje vestidos de fiesta y todas las noches se reúnen en los salones de espejos para beber champán y fumar cigarrillos.
En cubierta, Valentina cierra los ojos y se deja acariciar por el viento.
Quiere soltarse la trenza y sentir que el aire se enreda en su pelo.
No le dice a nadie la razón por la que no se lo ha cortado, ella sabe el porqué.
No quiere hacerlo hasta conocer a su marido.
Encuentra una silla vacía, se cierra el chaleco que ella misma ha tejido y escapa a Gernika, al día en que bautizaron a su ahijada.
Recuerda el picor refrescante que sintió en la garganta cuando probó la sidra que Esther trajo para sellar la despedida.
Todos celebraban la llegada de aquella niña sana y feliz, aunque la mancha oscura en el párpado del ojo derecho le otorga un aire especial.
Las lágrimas mojan su rostro sin que nadie las haya mandado llamar cuando recuerda a Clara cogiendo su mano e impostando la voz como si pudiera ver el futuro.
—Vas a ser muy feliz en América… Aquí lo que se anuncia no es nada bueno, y allí te espera no solo tu marido, sino toda una vida por descubrir. Tu matrimonio durará mucho, porque seréis como novios… Tendrás dos niñas y un niño, y además serás libre mucho antes que nosotras…
Mira a su alrededor, pero no cree que nadie haya percibido su congoja.
No está segura de que se cumplan las predicciones de su amiga, y por eso reza cada noche.
Le han enseñado a creer que ella no se merece nada y que todo lo bueno que suceda será un regalo de Dios.
A medida que pasan los días, sus suplicas se hacen más intensas y tienen la fe que posee la desesperanza.
«Señor, mi Dios, dame un hombre bueno, unos hijos sanos y salud para criarlos».
No tiene opción a demandar al Todopoderoso cosas grandes y redentoras.
A pesar de que desde que salió de Lekeitio ha descubierto que el mundo está lleno de objetos por desear, ella es pobre, no tiene a nadie, así que pertenecer a un pastor que necesita una esposa sana es más de lo que le concedería el azar.
La mañana del noveno día, unos gritos recorren los pasillos subterráneos anunciando que hay tierra a la vista.
El cuerpo de Valentina está a punto de descomponerse de emoción, pero corre escaleras arriba sin esperar a las Anduiza para cerciorarse de que es verdad.
En cubierta, a lo lejos, el horizonte anuncia una masa oscura, todavía sin forma.
Se agarra a la barandilla, y aguanta el temblor de piernas que la visión del barco acercándose a la costa le provoca.
Media hora después ya no hay horizonte, sino una ciudad que parece levantada sobre el agua con una ligereza desconocida que se pierde al acercarse.
Hay edificios grandes, altos, de ladrillo rojo, y unos muelles que intuye rebosantes de actividad.
Absorta por lo que ve, no advierte que el barco vira hasta pasar muy cerca de la silueta inmensa de una mujer de cobre verde que levanta en una mano una antorcha y sostiene un libro en la otra.
Valentina alza los ojos, imantada por la visión.
A su lado, el hombre que vuelve a Nevada le cuenta que ahora el barco se dirige a la isla de Ellis, donde los funcionarios de inmigración les sellarán un papel para poder entrar en América.
Ella le escucha atentamente, pero lleva la lección aprendida.
A ella no la dejarán en la isla, está casada con Domingo Arsuaga, que vive en Boise y trabaja en el rancho de Jeff Peterssen.
Está sana y ni siquiera le falta una muela.
Hay barcos más pequeños que rodean el buque.
Un oficial avisa que la tercera clase será la última en desembarcar.
Corre en busca de sus compañeros y los encuentra afanados en sus equipajes.
A ellos no les interesa la mujer de cobre ni la morfología de esas islas que son antesala de la ciudad.