Los mares que acercan los sueños
Los mares que acercan los sueños
VALENTINA ALZOLA
Apenas es consciente de los días que lleva subiendo y bajándose de trenes, taxis o coches de alquiler.
Arrastra su baúl, al que Nicolás le puso unas pequeñas ruedas, mientras su cansancio trepa desde sus piernas hasta sus pensamientos.
Sabe que se aleja, pero no es capaz de aceptar que se acerca.
A todas horas huye de su zozobra y se refugia pensando en lo que estará haciendo Mariana, si llorará la pequeña Valentina o lo que ella misma prepararía esa mañana si estuviera en Gernika con ellas.
Cuando llega a la ciudad francesa de Le Havre la invade un frágil alivio al percatarse de que la realidad se va imponiendo.
Hasta ese momento se ha dejado llevar por sus fantasías o por los hermanos Anacabe, que, como perros guardianes, escoltan a las mujeres y al niño como si su superioridad pudiera evitar las dificultades para comunicarse, comprender las indicaciones o llegar a tiempo a las estaciones de las que parten.
Pero esa parada en una tierra que ni le va ni le viene la hace por fin aterrizar.
Prevenidos por los viajeros que han hecho antes el mismo trayecto, se alejan del puerto y buscan alojamiento en la rue Théodore Maillart, en la casa de huéspedes que madame Arnaud tiene en el número 10.
Por fin caen rendidos en unas habitaciones limpias, aireadas y equipadas con lavabos y bidés para asearse.
Valentina se siente deslumbrada por lo que ve desde la ventana.
Los tejados de pizarra parecen calcetines grises ordenados en un cajón y las calles están limpias y transitadas por un montón de automóviles que tocan la bocina para evitar atropellos.
Clara le dijo que la ciudad se parecía a París, pero mucho más pequeña, y ella quisiera recorrerla; sin embargo, los hombres no le permiten alejarse del alojamiento, en el que deben permanecer al menos tres días.
Como han de comprar alimentos, Valentina se ofrece a acompañar a uno de los hermanos Anacabe.
Salen a la calle, iluminada con grandes farolas, y avanzan siguiendo las indicaciones que les ha dado el botones.
Federico lleva sus temores y sus manos en los bolsillos.
Camina unos pasos por delante y cada tanto vuelve la cabeza para cerciorarse de que ella le sigue.
Valentina confía en su instinto y comprende los gestos innecesarios de ese hombre que no quiere perder a una mujer que, en teoría, está bajo su responsabilidad.
Tiene ganas de decirle que no hace falta aparentar algo que uno no es; sus ropas son muy distintas a las que llevan los franceses y su mirada es tan huidiza que, aunque no estén en el puerto, llevan escrito en la cara que son inmigrantes y que viajan a América a buscarse la vida.
Pero no dice nada. Su posición de mujer es callarse y dejar que ellos hagan el papel que hacen los hombres: velar por su seguridad.
En realidad, los hombres no vigilan a las mujeres, sino que no quitan el ojo a otros hombres que puedan codiciarlas o mancillar su honor.
Durante el viaje ha percibido que los hombres la miran con deseo, y también que, cuando ella clava sus ojos en ellos, bajan la cabeza y se muestran turbados.
Ahora que lo sabe, rememora otros momentos en los que ha sucedido lo mismo.
Alfonso, el señor de Bilbao que venía los viernes al Arraun, el amigo de Nicolás al que este echaba de la cocina cuando lo pillaba allí…
Los franceses la miran también, y no le gusta cómo lo hacen.
Mientras vuelven con el pan y el embutido que han comprado, le vienen a la cabeza aquellos días en que se apostaba en el ventanuco de la cocina del palacio y atisbaba las maneras elegantes de la emperatriz.
A ella nunca la miraban de la manera en que la observaban a ella.
Siempre ha sabido que el secreto de aquella mujer era haber viajado y visto mundo.
En su interior, dividido por el miedo, piensa que lo que ve, a pesar de no proponérselo, la va a cambiar.
Ese pensamiento le ensancha el pecho como si estuviera masticando hierbabuena.
Absorbe cuanto ve y oye. Lo hace desde que salió de Gernika, o quizá antes, desde que supo que estaba sola en el mundo y que era ella misma quien debía ayudarse.
Está acostumbrada a empaparse de los otros, a imitar el comportamiento de quienes conocen las normas de educación, y eso la ha ido modelando hasta casi parecer una señorita.
Las maneras la diferencian, y sus observaciones están anotadas en el cuaderno que la acompaña y que acaba siendo un espejo: no gritar, no mostrar impaciencia o desesperación, no llorar, no decir lo que posees o dejas de poseer, no replicar las órdenes de los hombres, aunque no tengan razón, ser solo visible a los ojos de quien te interese…
Las horas transcurren bañadas en una tensión pegajosa.
No se entienden con los franceses, y en el puerto, al que acuden cada mañana, una muchedumbre de buscavidas y ladrones merodean a su alrededor tratando de venderles documentos especiales de los que supuestamente carecen, utensilios para el viaje o estancias en pensiones inmundas.
Persiguen el dinero que lleva escondido en la faltriquera del vestido, y ella hace como que no ve ni entiende las falsas intenciones.
El barco no zarpa hasta tres días después de su partida prevista, y es tan grande que no comprende cómo se subirá a esas terrazas desde las que saludan los pasajeros de primera clase.
Pero ellos entran por otro lugar, un poco más abajo, como si en el sótano del barco hubieran abierto una puerta que da a las bodegas.
Cuando por fin suben la escalinata, siente las piernas flojas, como si tuvieran miedo de escalar esa pasarela que la conduce al nuevo mundo.
El barco muestra una actividad inesperada.
Los marineros dan órdenes, señalan escaleras e informan a los pasajeros de la dirección que deben tomar.
Por fin dan con el camarote que les corresponde y dejan el equipaje, teniendo buen cuidado de cerrarlo.
Les han aconsejado que suban a cubierta para ver el barco zarpar.
Recorren de nuevo el camino, tratando de memorizar el trayecto para volver.
Valentina tiene la habilidad de fijar en su memoria lo que necesita recordar.
Lo hace desde que era niña, quizá porque ha tenido que resolver su vida sin demasiada ayuda.
Desde la cubierta, ve la ciudad a un lado y el ancho mar al otro.
Se abre paso hasta colocarse en primera fila.
El barco es tan grande que parece que ha subido a una montaña y que desde su posición puede verlo todo.
El corazón empieza a latirle a toda velocidad cuando se escucha el tremendo sonido de la sirena.
En los muelles, la gente que ha ido a despedir a los pasajeros agita los brazos intentando hacerse ver.
Vuelve a escucharse la sirena y el barco empieza a moverse lentamente, como una ballena.
En el puerto los familiares y curiosos sacuden ahora sus pañuelos, y los pasajeros saludan a su vez levantando el sombrero o agitando las manos.
Valentina se une a la fiesta, aunque nadie haya acudido a decirle adiós.
Saluda briosamente, con la cara húmeda por unas lágrimas imprevistas.
El barco se aleja de la tierra y ella vuelve a sentir ese pequeño desgarro que se esconde en las despedidas.
Los días a bordo transcurren lentos para unos y presurosos para otros.
Algunos se quedan inmóviles, tumbados en sus literas, acostados a merced del vaivén del barco, mecidos por el miedo y cerca de sus familias y pertenencias.
Pero en tercera clase reina cierto bullicio.
Hay una sala con mesas donde los hombres juegan a los dados y beben.
Algunos tocan el acordeón. Hay muchos italianos, algunos franceses, aunque la mayoría son escoceses o de Irlanda.
Hablan idiomas distintos, pero a su modo se entienden.
A ella le da por pensar que hubiera podido elegir otra vida, colocarse en Bilbao o buscar las clases de cocina que la Marquesa de Parabere imparte a las mujeres de Acción Católica en la parroquia de San Vicente de Abando, en Bilbao.
No hubiera tenido ni que pedir ayuda a su madre: Esther la habría recomendado en el Hotel Carlton y probablemente, acudiendo a los bailes y las romerías, habría encontrado a un joven que la pretendiera…
Pero es ella la que ha elegido la temeridad de irse a América y casarse con un pastor que no sabe escribir.
No puede explicárselo ni a sí misma, pero empieza a aceptar que la condenada certeza que la ha llevado hasta ese día tiene que ser algo sobrenatural.
Mariana se puso de parto a mediados de abril, un Viernes Santo, justo cuando iban camino a la iglesia para hacer el vía crucis.
Rompió aguas en la misma puerta del Arraun.
Nicolás no estaba en casa, así que fue Valentina la que corrió a buscar a la comadrona.
Con los nervios convertidos en un motor y pensando en las muchas mujeres que morían al dar a luz, volvió con Ana Mari como si le fuera la vida en ello.
Encontraron a la parturienta en la cocina, con dos ollas llenas de agua puestas a hervir por ella misma y retorcida de dolor.
Mariana sabía a lo que se enfrentaba, era fuerte, tuvo arrestos para mandar a los chicos con la vecina y sacar unas toallas limpias.
—No quiero ir arriba —acertó a decir.
Valentina vio su cara, siempre sonriente, contraída por el dolor insoportable de las contracciones.
Siguiendo las órdenes de Ana Mari, despejó la mesa, que estaba llena de frutas, cebollas y platos.
Siempre había imaginado que la cama era el mejor lugar para nacer o morir, y no acertaba a comprender el deseo de Mariana de parir en medio de la cocina.
—¿No sería mejor llevarla a la cama? —le susurró a la comadrona.