Partir después de la boda
Partir después de la boda
VALENTINA ALZOLA
En Gernika, una mesa larga espera a la comitiva en el restaurante Arraun.
A Valentina el color le fue volviendo al rostro en cuanto abandonó la iglesia, y en estos momentos atiende a sus primas, que admiran el precioso broche que le ha regalado la gobernanta.
Los niños, Agustín y Pablo, revolotean por la cocina, y Mariana da órdenes a todo aquel que se acerca a sus dominios.
El menú es semejante al que el Hotel Carlton ofrece a sus comensales: consomé con jerez, croquetas, pollo a la jardinera con puré de maíz y, de postre, tarta milhojas, además de las natillas y la colineta que aguardan en la fresquera.
Don Ramón ha cogido por banda a Nicolás y no lo suelta.
El maestro y su mujer, algo cohibidos, permanecen al lado de sus tíos.
Clara charla con la gobernanta, Esther. Ambas revisan la situación del país.
La peseta se deprecia, Primo de Rivera ha abandonado el Gobierno tras la dimisión de su ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, y Alfonso XIII ha encargado a Berenguer la formación de uno nuevo.
Los emigrantes que salieron hacia las Américas vuelven con la esperanza de que el progreso y los ahorros les permitan vivir sus últimos años en el lugar donde nacieron.
Pero la conflictividad laboral se acrecienta, y las huelgas y protestas ya son casi una costumbre, Esther cuenta que la penicilina, ese mágico medicamento que acaba de descubrir Fleming, abre la puerta a la curación de muchas enfermedades.
Ellas, Clara y Esther, son la clase de mujeres que leen la prensa y se interesan por lo que sucede, lo que hace que el mundo no sea algo aislado y casi local, sino un libro abierto en el que sentirse protagonistas.
Clara sostiene que la República se impondrá y que el apoyo de la monarquía a la dictadura tiene sus días contados.
A Valentina le da cierto escozor escucharlas: pase lo que pase, ella no estará, así que prefiere no participar en sus sueños.
Se dirige a la cocina y coge un delantal.
—Vete a sentarte, hazme el favor —le dice a Mariana, que ha tomado el mando en los fogones.
—La que tiene que sentarse es la novia… Merceditas nos servirá. —Su amiga la empuja hacia el comedor—. Tú ocúpate de que todos estén en la mesa, y abre las botellas de vino.
Cuando se sirve el consomé y unas humeantes croquetas, todos, incluyendo su tío, parecen felices.
Sin embargo, Valentina mira incrédula a su alrededor.
No está acostumbrada a ser el centro de interés, y se siente extraña de que un acontecimiento semejante haya podido mover tantas voluntades.
Una mujer depende siempre de alguien; de su padre primero, de sus hermanos o, finalmente, de su marido, pero ella ha estado casi siempre sola, un poco llevada por ese miedo que se convertía en fortaleza cuando no había otro remedio.
Se siente incapaz de hacerse a la idea de lo que ha sucedido esta mañana y no sabe cómo demostrar su gratitud a sus invitados, pero le habría gustado que algunos se hubieran ocupado algo más de ella.
Cuando llegan los postres, Mariana le pide que diga unas palabras.
Valentina se levanta azorada, porque los pensamientos que tiene no son los que ellos esperan.
— Eskerrik asko .
Con dar las gracias hubiera bastado, pero sus invitados tienen una sonrisa en el rostro y la mirada puesta sobre ella.
En medio del expectante silencio, Valentina entiende que su vida no habría sido la misma si cada una de las personas presentes no la hubiera acogido o le hubiera dado algo, por poco que fuera, de lo que poseen.
Se emociona al pensar que el vacío que su madre dejó ha sido llenado con pequeños cariños, y que quizá eso significa que la espera uno muy grande.
Haciendo un esfuerzo para que la emoción no la haga enmudecer, mira primero a sus tíos.
Son su infancia y, aunque hubo momentos difíciles, la cobijaron.
—No tenía a nadie —dice—, y lo fuisteis todo.
Luego se dirige al maestro y repite esas palabras que no olvida:
—Si sabes leer y escribir, el mundo será tuyo.
Y le confiesa que sin la lectura de las columnas de la Parabere en La Gaceta o de los pocos libros a los que ha tenido acceso no sería cocinera ni hubiera podido escribirle dos cartas a su marido.
A Esther, la gobernanta, le agradece que le enseñara tantas cosas, que le regalara el baúl y que le hiciera sitio en su vida.
Deja a Mariana y a Nicolás para el final.
No sabe expresarse, busca palabras que abarquen la importancia de su generosidad y adjetivos que contengan lo que siente en su corazón, pero no los encuentra.
Mariana la interrumpe y levanta el vaso para brindar a su salud. Ella no puede llegar al final de esos trayectos emocionales que sabe que la tumbarán. Pero se intercambian una mirada que lo dice todo y va en busca de los postres, que causan admiración entre los comensales.
Casi ha anochecido cuando los taxis recogen a los invitados para devolverlos a Lekeitio.
La gobernanta y Clara se han ido hace unas horas, y el matrimonio y los niños se han retirado a dormir.
Valentina recoge la cocina y pone orden en el comedor.
No tiene sueño, solo una agitación incómoda que la impide descansar.
Recoge los regalos que le han traído: un costurero, un mantel, un perfume…
El baúl va a quedarse pequeño para transportar esos objetos que considera únicos, aunque hayan pasado por otras manos.
No sabe bien si va a un lugar donde habrá comercios, si tendrá una casa o deberá emplearse como otras mujeres han hecho, y por eso nada desecha y todo posee su valor.
No hay vuelta atrás. Ante Dios y ante los hombres, ella es la mujer de Domingo Arsuaga.
Un par de semanas después, Nicolás llega con un montón de papeles que despliega sobre una de las mesas.
Valentina no ha hablado del barco, de América, ni tan siquiera de Domingo.
Desde su ceremonia de boda, todo le parece algo irreal.
Pero Nicolás no es ella, y ha estado en contacto con don Ramón para averiguar si había en la zona de Lekeitio gente que fuera a viajar a Nevada o Idaho.
El resultado de sus pesquisas ha arrojado el conocimiento de seis personas, cinco adultos y un niño.
Le cuenta que en una semana ella deberá ir a Ea para reunirse con ellos y concretar la fecha y el barco.
También ha traído información sobre las navieras que ofrecen trayectos hacia Nueva York.
—Así te vas haciendo a la idea —le dice.
Nicolás ha descubierto que la mayoría de los transatlánticos han cambiado el vapor por el diésel, lo que ha acortado la duración y mejorado las condiciones del viaje.
El barco en el que él viajó seis años atrás, el France, ofrece buenos precios porque al parecer sus días están contados.
Valentina le pide que le hable de la travesía.
El buque en el que viajó era tan lujoso que lo llamaban el Versalles, porque se parecía a un palacio que hay en Francia.
Él apenas pudo ver sus salones, menos aún los camarotes de lujo.
Viajaba con los emigrantes en la bodega, con muchos otros europeos, en camarotes comunes donde el aire resultaba irrespirable, con maltrechas literas en las que era difícil descansar.
Ellos no tenían derecho a las cubiertas principales, y solo un día en el que hubo tormenta los dejaron entrar en el restaurante, donde iban más seguros.
Ahora, los camarotes más económicos son de cinco o seis personas y hay acceso a un baño.
—Dure lo que dure la travesía, el mar es infinito y las tormentas muy duras, pero has de saber que serán unos días.
El dinero de Domingo alcanza para cubrir los gastos del viaje, incluyendo un día en un hotel de Nueva York y el billete para el tren a Boise.
Nicolás se esfuerza por hacer los trámites necesarios, y ella se lo agradece.
No quiere pensar en que llegará el día en que dejará su tierra, su mar y a aquellos que la sostienen, quizá para no volver.
Hacerlo le cuesta tanto que pierde la voluntad, y solo querría meterse bajo la cama y que sucediera un terremoto que le impidiera viajar.
Pero cuando desea esas cosas, imagina a un hombre que la espera, Domingo, y entonces recuerda las palabras de Mariana: «Todo lo nuevo da miedo, y este se parece tanto a la derrota que nos hace dudar.
En realidad, nunca sabremos lo que hay detrás del miedo si no lo vencemos».
Cuando llega el día de la reunión, Valentina va a Ea con Nicolás, que nunca la deja sola.
A veces le da por pensar que no lo hace por ella, sino por su amigo.
Don Ramón, el alcalde y los que van a viajar se reúnen en la sacristía de la iglesia de San Juan Bautista.
Averigua que los viajeros son Federico y Amando Anacabe Anduiza, primos que acompañan a tres mujeres y un niño de ocho años.
Todos están unidos por vínculos familiares y tienen como destino Battle Mountain, en Nevada, donde los espera el rancho que Ignacio Anduiza posee desde hace unos años.
Las mujeres le abren los brazos. Se sienten felices de poder acompañarla y le cuentan que Ignacio los recibirá en Nueva York, así que todo será más fácil.
Tienen casi todo arreglado: viajarán en el mes de mayo.
Nicolás ha llevado los prospectos de los barcos y, juntos, hablan de las condiciones del viaje, del precio y de cuanto ha averiguado.
Al final están de acuerdo en que el France puede ser el barco adecuado.
Lo difícil es llegar hasta ese puerto de Le Havre, a donde los viajeros tendrán que llegar dos o tres días antes.
Nicolás propone hacer los trámites juntos.
Conoce el viaje, es el mismo que hizo él.
Quizá el precio sea algo menor si van en grupo.
Valentina se da cuenta de que, a pesar de las buenas condiciones en las que viajará, la incertidumbre va a ser grande.
El trabajo de Nicolás le hace tener que dormir fuera algunos días de la semana, pero también le proporciona información y contactos.
Ha quedado en hablar con un trabajador de las oficinas de la naviera Sota y Aznar, en Bilbao.
Durante el viaje de vuelta, se siente aliviado por la presencia de Valentina en la casa y se lo dice.
El parto de su mujer le preocupa, no quiere estar fuera cuando se produzca.
También hablan de que la fecha de su viaje coincidirá con el momento en que los pastores suben a los pastos, y no vuelven hasta septiembre.
—Deberías escribirle, para decírselo y que él pueda dejar las cosas organizadas para tu llegada.
Esa misma noche, Valentina vuelve a coger papel y lápiz para escribir.
Para ir a Ea ha llevado puesto el anillo de casada.
Lo habitual es que lo deje guardado, porque le parece que no debe usarlo hasta estar con él, pero cuando se sabe observada se siente más segura notándolo alrededor de su dedo.
Lo mira. En su cabeza dan vueltas las palabras que debe enviarle a su marido.
A veces piensa en él como un príncipe salvador que le abrirá los brazos para acogerla eternamente, pero otras imagina que camina hacia un lugar yermo y polvoriento donde se perderá para siempre.
Todas las personas que conoce escriben cartas que marcan fronteras y construyen distancias, y ella no quiere hacerlo.
Necesita ser sincera, pero sabe que no puede hablarle del príncipe o del desierto de su imaginación.
Está a punto de comenzar cuando se detiene.
Quizá sea un compañero quien lea su carta.
Ese es otro escollo que aparece ante sus ojos como una montaña insalvable.
Pensarle hermético y silencioso le produce un extraño desamparo al que no quiere atender.
Las palabras tienen que ir directas, de corazón a corazón.
Dan las doce en el reloj del comedor y ella sigue allí destemplada y con el lápiz en la mano. Bosteza y recuerda que debe levantarse temprano, y entonces comienza la carta olvidando lo que debe y atendiendo a lo que quiere: echar abajo el muro que los separa. Va a tutearle.
Estimado Domingo:
Ya somos marido y mujer. Durante la ceremonia me sentí algo triste por tu ausencia.
Me gustaría repetirla contigo en una iglesia.
Un fotógrafo vino para hacernos fotos y luego comimos en el Arraun, el restaurante que ha puesto Mariana en Gernika y donde trabajo desde que el palacio se cerró.
Pronto podré enseñarte los regalos que me hicieron las personas que no conoces.
Nicolás se ocupa de todo lo relativo a mi viaje.
Hoy hemos estado reunidos en la sacristía de la iglesia de Ea con una familia que viajará a Nevada y que me permite acompañarla.
Embarcaré en el puerto de Le Havre en el mes de mayo, aunque desconozco la fecha exacta.
Las mujeres son las hermanas y la esposa de Ignacio Anduiza, que tiene un rancho en Battle Mountain, en Nevada.
Tu amigo me ha pedido que te escriba para decírtelo, porque dice que llegaré cuando tú estés en los pastos.
No quiero decirte que tengo miedo porque soy una mujer que sabe enfrentarse a las cosas, pero lo tengo. Espero llegar con bien a esa ciudad y que seas el hombre que Nicolás dice que eres.
Tu esposa,
Valentina