Un bosque de álamos en Idaho El préstamo que le atará a Creek Valley Ranch #2
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El préstamo que le atará a Creek Valley Ranch #2

En una semana, Domingo ya sabe escribir su nombre sin tener que copiarlo.

Luego vienen los días, los meses y esas palabras que ya intuyen: caballo, pantalón, montaña…

Tiene prisa, porque en la siguiente lección quiere aprender a escribir el nombre de Valentina.

Cipri es un hombre paciente y calmado. Posee la generosidad y el tesón que necesita el aprendizaje.

De alguna manera la urgencia de Domingo también es suya, y cuando el frío y la nieve los retienen en esa habitación donde descansan y comen, son las letras las protagonistas de su vida.

Las palabras saltan en un desorden incontrolable del euskera al inglés, del castellano al euskera, pero poco a poco adquieren poder, se abren paso, escogen su camino, hasta que el aprendiz reconoce el comportamiento de esos signos que hablan y cuentan.

Las letras no se reúnen de la misma manera en un lado o en el opuesto de esos océanos, en América o en Lekeitio, en Madrid o en México; los caminos que hay que recorrer, como las sendas de las montañas, son distintos cuando se tiene sed, egarri, thirst .

Para finales de mes, el pastor distingue las consonantes de las vocales y todos los papeles que encuentra le sirven para garabatear y pronunciar sonidos.

Tiene tal avidez por descubrir los enigmas que encierran las letras que recita en voz alta las etiquetas, los nombres de los establecimientos o la carta de los restaurantes, separando las sílabas donde le parece bien hacerlo.

Se atreve con palabras cortas que suelta en el aire como niños huérfanos que buscaran a su madre.

Los trabajadores se han vuelto uno y acuden a la cita vespertina del aprendizaje.

Richard, que es originario de Nevada, le enseña a poner la lengua entre los dientes y a soplar la palabra para que suene como él la dice.

Cipri cecea, y Felipe corrige. Se ríen, preguntan…

Cuando Domingo comienza a descifrar las palabras, un sol interior ilumina su voluntad. Ahora podrá escribir.

El asunto ha llegado a oídos del patrón.

Las palabras habitan, comen y duermen con ellos.

Ahora necesitan libros, así que le han encargado al barbero que se ocupe de conseguirles algunos.

Nadie posee libros en euskera, de modo que tendrán que conformarse con el inglés.

Julio tiene de todo en su establecimiento y está en contacto con las escuelas a las que acuden los niños.

Ellos pueden esperar, pues la prisa no es algo que abunde por aquellos lares.

Un par de semanas más tarde, Jeff Peterssen le llama. Domingo necesita que Felipe le acompañe; aún no se arregla bien con el idioma. Ambos se limpian las botas en la entrada y caminan como si fueran a tropezarse con las alfombras que encuentran a su paso.

—He mandado traer este libro para ti —le dice el patrón.

El pastor mira el volumen, expectante—. Está escrito por una mujer del país en el que nació mi padre, Suecia.

A ella, Selma Lagerlöf, le concedieron el premio más importante del mundo por contar esta historia.

—Felipe traduce las palabras de Jeff, emocionado—.

Quizá necesites tiempo para comprenderlo, pero estoy seguro de que no lo olvidarás.

Te felicito. —El patrón le palmea la espalda con visible camaradería—.

Sé que estás aprendiendo a leer y a escribir… Quiero que sepas que admiro tu tesón.

Domingo toma el ejemplar que le ofrece Jeff y lo acaricia, sopesa y huele.

Es el primer libro que posee y sabe que en su interior hay muchas palabras que tendrá que descifrar, porque desconoce la manera en que se escribe el inglés.

Le agradece el gesto con un «gracias» y mira a Felipe.

Probablemente ha sido él quien le ha ido con el cuento de su aprendizaje.

No le ha gustado, pero lo olvida en cuanto ve a la patrona.

La esposa de Jeff entra en la estancia con una bandeja y un juego de café.

Se sientan en torno a la chimenea, en unos cómodos sillones forrados de piel; la estancia está caldeada y los pastores no están acostumbrados a los salones.

Domingo pone atención a la manera en que están dispuestos los objetos: el gramófono que reina en una esquina de la pieza, las pieles de oso, las cornamentas y la estantería llena de libros.

Piensa en Valentina y en esa casa que habitarán juntos.

Los trabajadores se sienten algo cohibidos, inseguros, porque no saben si sus gestos son los que esperan las personas educadas.

Permanecen en silencio, con el sombrero entre las manos.

Pocas son las ocasiones en que franquean la puerta principal hasta adentrarse en la intimidad del patrón, y temen ensuciar con su ropa de trabajo esa estancia limpia y ordenada.

La señora Peterssen es rubia y tiene la piel blanca como la nieve.

Los mira con dulzura desde sus ojos infinitamente azules y sonríe como si estuviera dándoles la aprobación que ellos necesitan.

Trabaja y casi viste como un hombre. Se ocupa de los caballos, aunque los pastores apenas se cruzan con ella.

Los animales y la tierra son territorio de los hombres, y la casa lo es de las mujeres.

El matrimonio no tiene hijos, y Domingo cree que ella no debe de sentirse completa sin un montón de críos corriendo por allí.

Él aprovecha para mirarla cuando ella se levanta y va hacia la cocina. Se fija en su cuerpo embutido en unos pantalones, pero desvía la mirada casi sonrojándose. Cuando vuelve les sirve el café y les ofrece azúcar y un plato con pequeños trozos de bizcocho.

—Domingo, he oído que vas a casarte… ¿Cómo se llama tu futura esposa?

Le ha parecido entender su nombre y esa palabra que últimamente todo el mundo pronuncia a su alrededor, wife .

Felipe se toma su tiempo para explicarle lo que dice.

Domingo estaba en lo cierto. Algo ruborizado, le pide a su amigo que le cuente que ya está casado, que así lo han dispuesto para que ella pueda viajar con más seguridad, y que solo espera un cable en el que le comuniquen la fecha en la que Valentina llegará a Boise.

El patrón escucha con atención y parece confundido al oír la explicación.

—Pero… en quince o veinte días, cuando las ovejas terminen de parir, subirás a la montaña… —interviene, dejando a un lado la taza de café.

Jeff se ha puesto de pie. Domingo no ha comprendido del todo, pero la alarma que se dibuja en el rostro del patrón y la palabra «parir» le dan una idea de su confusión.

En los últimos meses le ha concedido cuanto necesitaba, incluyendo el préstamo para la casa, y sabe que no le puede defraudar.

Hace semanas que teme este momento. Él debería esperar a Valentina.

Ella no conoce a nadie en Boise. Su matrimonio empezará mal si él no la recibe en la estación.

Domingo hace un gesto para que Jeff sepa que él no va a fallarle y asiente con la cabeza.

Después mira al suelo para que nadie advierta cómo contrae las mandíbulas, masticando su dolorosa impotencia.

Cipri y Felipe son hombres casados. No quieren saber nada de la soledad ni de las condiciones que los pastores padecen en los pastos altos. Así fue desde el principio, y así seguirá siendo. No puede pedirles que le sustituyan.

Levanta la cabeza y mira al patrón. El gesto compasivo y amable que acostumbra a tener ha desaparecido. Le sostiene la mirada sin mover un solo músculo.

—Felipe, dile que subiré a la montaña, pero que él tendrá que garantizar que mi esposa esté segura.

Su compañero traduce de manera atropellada debido a la tensión. El patrón da unos pasos hacia él y le tiende la mano. Domingo se levanta y la estrecha con fuerza. Después, sin mediar palabra, se pone el sombrero, hace un gesto de saludo a la señora Peterssen, coge el libro y camina hacia la puerta.

Felipe le sigue azorado. A veces Domingo le desorienta.

No suele mostrar lo que siente, pero tiene una determinación ante la que todos se rinden.

A su espalda escucha la voz de la señora Peterssen dirigirse a su marido con tono airado.

No entiende lo que dice, pero Felipe le dirá más tarde que la señora está enfadada y le ha dicho a su marido que quiere estar al corriente de la llegada de la esposa de Domingo.

Será ella quien se encargue de Valentina.