Un bosque de álamos en Idaho El préstamo que le atará a Creek Valley Ranch
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El préstamo que le atará a Creek Valley Ranch

El préstamo que le atará a Creek Valley Ranch

DOMINGO ARSUAGA

Ramón Arrieta acompaña a Domingo al procurador para formalizar la compra de la casa.

Los trámites, aunque sencillos, requieren un esfuerzo añadido debido al idioma.

Domingo se concentra en repescar alguna palabra que le indique que nadie va a engañarle.

Como sus ahorros no son suficientes para el pago de la totalidad del importe, Jeff Peterssen le hace un préstamo a cargo de su futuro trabajo.

Sabe que ese compromiso le mantendrá atado al Creek Valley Ranch, pero lo agradece; sin el apoyo de su patrón no podría hacerlo.

Es una construcción humilde hecha por los primeros moradores de la ciudad.

Los materiales son toscos y el revestimiento es de madera, pero está en un buen lugar y es espaciosa.

Situada en lo que hace años era la salida de la ciudad, ahora está en un buen lugar.

Boise crece constantemente y, aunque hace unos años se hubiera podido decir que estaba a la salida de la ciudad, a su alrededor están construyendo casas que muy pronto estarán ocupadas.

Hay un par de tiendas de orientales bien abastecidas, y la iglesia católica de los irlandeses no está lejos.

Domingo piensa que, aunque él no necesite un templo, las mujeres suelen sentirse bien cerca de ellos, como si Dios pudiera llegar a su casa en dos zancadas.

Por la calle principal transitan los trabajadores que vuelven del aserradero.

Un par de árboles y un pequeño desvío la ocultan de los curiosos, y probablemente en verano la provean de una codiciada sombra.

Agustina Zarandona entra y sale varias veces con el rostro sombrío mientras su marido carga en una camioneta algunos enseres.

Domingo ha visto sus ojos enrojecidos, y en el momento de despedirse no puede contener las lágrimas.

No ha podido llevarse cuanto quería y le deja, un poco a su pesar, algunos muebles: una cama, un armario, un aparador de roble, cuatro sillas, una mesa y alguna cosa más.

Domingo no necesita mucho, pero escucha con atención los honestos consejos que le da la mujer.

—La mesa es muy buena —le dice ella—, se la compramos a unos holandeses que la trajeron desde allí. Es demasiado grande, pero uno nunca sabe si acogerá a una gran familia.

Domingo asiente en silencio. No puede evitar percibir la derrota que arrastra Agustina.

Su marido se ha arruinado cuando ella ya creía que su techo la cobijaría siempre.

La observa vacilar, volver a entrar en la casa, recorrerla de nuevo…

Le apena separarse de esas paredes que toca como si acariciara, pero por fin se monta en la camioneta sin mirar atrás.

En cuanto los Zarandona parten con su congoja, Domingo entra en la casa.

Abre las ventanas para que el aire limpie las paredes de esa última pena que han dejado sus moradores.

Escucha el sonido de sus botas al caminar sobre la tarima de madera fuerte y encerada.

Se toma su tiempo para hacerse a la idea de que esa casa le pertenece.

Es la primera vez que posee un lugar al que volver y necesita hacer sitio a ese sentimiento.

Abre la puerta del dormitorio, que chirría un poco.

Estudia la madera, los goznes, el pomo, y anota mentalmente las herramientas que necesitará para repararla.

Cierra la ventana y revisa que encaje bien, para que el frío no se cuele con ambición.

Abre el armario y ve una vieja camisa olvidada.

Al cerrarlo, el espejo le devuelve su imagen de cuerpo entero.

Por primera vez se mira como si sus ojos fueran los de Valentina.

Está a punto de cumplir treinta años, tiene que ir al barbero o pedirle a Thomas, uno de sus compañeros, que le corte el pelo.

Su piel está curtida por los crudos inviernos y los veranos hostiles.

Se acerca y advierte que le han salido arrugas alrededor de los ojos, y al sonreír se le ve el diente que se le rompió al intentar deshacer el nudo de una cuerda.

¿Cómo le verá ella? Sabe lo bonita que es, pero no ha podido descifrar sus pupilas ni adivinar sus intenciones.

No sabe si será respondona, de mal carácter, o si será dulce y no le apresurará.

En la fotografía que le acompaña parece tener una piel delicada, unos ojos hermosos y una mirada sin rastro de altivez.

Nota que se le encoge el estómago. ¿Cómo le verá ella?

Se sienta en la cama y reflexiona sobre lo que ha dejado atrás.

Recuerda el sonido del mar, el golpetear de las olas en la proa del barco, recuerda su vaivén, y también los ojos tristes de su madre despidiéndole.

A su mente acuden retazos de escenas que creía olvidadas y que resucitan con la tenacidad de la nostalgia.

Suspira. Una sensación extraña le impide deslizarse a su pasado.

Teme añorarlo y dejar de pertenecer a ese nuevo mundo.

Le parece que no ha estado del todo presente en su propia vida, como si se hubiera visto obligado a seguir los caminos que salían a su paso: ayudar a su madre, no defraudar a su tío, que los acogió, renunciar a la escuela, al juego, a la diversión de los niños…

Se pregunta por lo que le hubiera gustado hacer si hubiera podido disponer de su tiempo, pero no encuentra la manera de conciliar su vida con unos deseos a los que ni siquiera tuvo acceso.

Recuerda las veces que ha estado a punto de morir, el día en que se cayó por las escaleras de San Juan de Gaztelugatxe o su primera tormenta a bordo del pesquero Itsaso [28] , y el miedo que tuvo al sentir que el mar iba a devorarle…

Desde que llegó a Idaho la vida le ha ido bien.

Ha aprendido a amoldarse, a resignarse también.

Ahora posee una casa que, aunque tenga que pagar, compartirá con Valentina.

La querrá, y tendrán hijos como casi todos los matrimonios, y alberga la esperanza de tener tiempo para conocerla y para que ese compromiso eterno de compartir la vida no se vuelva una penitencia.

Algunos conocidos han olvidado a la familia que dejaron en España y han formado otra en América.

Se han entregado a las costumbres americanas y no quieren volver, porque han descubierto que se casaron por casarse.

A estos se los ve abrazados o cogiendo por los hombros a su nueva mujer, contentos de quererla y sobre todo de haberla elegido.

Mandan dinero, pero su corazón ya está aquí.

Mira a su alrededor. El suelo, de buena madera, es lo único que da valor a una casa construida con prisa por los primeros moradores.

En cuanto ella la habite, como todas las mujeres, encontrará los lugares adecuados para convertirla en un hogar.

Los Zarandona no parecen haber amado su casa; por cualquier lado, los objetos exhiben los restos de un precipitado abandono.

Su amigo Cipri y Ángeles, su mujer, se empeñan en ayudarle a poner un poco de orden. Las manos de Ángeles limpian las ventanas y sacan brillo a las maderas mientras los hombres se ocupan de la letrina y de deshacerse de cuanto hay inservible.

—Cuando tengas dinero, habría que pintar y tender al sol esa alfombra, que aún tiene colores vivos.

Domingo asiente y memoriza lo que Ángeles le advierte.

Necesita un par de mantas, sábanas y una almohada, y debe reunir suficiente leña para la estufa y quizá hacerse con alguna lámpara.

Un sentimiento desconocido le invade mientras abre puertas y cierra ventanas.

Nunca dejará de pertenecer a su tierra, pero tener una casa le proporciona una felicidad desconocida.

Apenas recuerda su primer hogar, pero aún puede ver la habitación que ocupaban su madre, su hermana y él en el caserío de su tío.

Nunca sintió que aquello fuera suyo, y tal vez por eso siempre tuvo la urgencia de olvidarlo.

Domingo recibe un cable de Nicolás avisándole de su boda.

El texto son apenas cuatro palabras que casi entiende: «Matrimonio Lekeitio 23 febrero».

Su vida tranquila y rutinaria ha desaparecido.

Nunca ha tomado decisiones tan importantes como las que está adoptando, y siente tensión por los esfuerzos que requiere su nuevo estado.

En unas semanas debería estar preparado para partir a la montaña.

Su patrón confía especialmente en él. Cipri y Felipe están casados y prefieren quedarse cerca de sus casas.

Pero esta vez él deberá esperar a Valentina.

Si sus cálculos son acertados, su mujer viajará para abril o mayo, antes de que el calor apriete y la asuste.

Esa misma noche le pide a Cipri que le enseñe las letras. El inesperado maestro no es un experto, pero se defiende con el inglés, aunque hable euskera.

—¿Qué letras quieres aprender?

Felipe se une a la tarea para enseñarles a ambos el idioma que necesitarán para ser ciudadanos americanos.

—¿Quién sabe escribir? —pregunta.

Todos callan. En el dormitorio se habla como se puede.

Las palabras flotan buscando un destino, los hombres abren la boca, muestran los dientes torcidos, los ojos buenos y el rostro haciendo mohines.

Nada es confidencial en la vida de estos despojados de su tierra a los que las maneras de repartir la herencia y la pobreza los empujó hasta otras.

Ellos no explican todas las palabras, algunas son silentes y no confiesan nada, aunque todo se sepa.

Lo primero es reconocer la grafía, poder firmar o tallar los árboles.