La voz de don Ramón resuena en la iglesia casi vacía #2
Suspira aliviada al ver que por fin asiente, pero sigue enredado en su discurso.
Ahora le toca a don Ramón. Dice que los curas no le gustan, que es un metete, y habla de la sacristana, una viuda más mala que la tiña.
Valentina no le escucha, aunque no aparte la mirada de su rostro.
Solo le importa que ha dado otro paso hacia su destino.
Mañana, en cuanto se levante, irá a hablar con el cura.
Vuelve a Gernika más tranquila de lo que se fue.
En el autobús se aprietan las mujeres vestidas de oscuro, con las gallinas y los huevos en la cesta.
Algunas llevan a un pequeño atado al pecho, y otras, dos o tres agarrados a la falda.
Desde que estuvo en Bilbao sabe que casi todos son pobres, y que a los pobres les cuesta mucho vivir.
Don Ramón puede casarla el 23 de febrero. Mariana, que está cada día más torpe, le dice que celebrarán el banquete de boda como los ricos. Recoge en sus brazos el aire del comedor y dice que será allí, en el Arraun, y que invitarán a quien ella quiera.
—Una boda sin novio…
—Con él o sin él, te vas a casar.
—Sí. Ahora ya parece verdad. —Valentina se acerca a ella—. Me entristece pensar que no te veré más.
—Anda, quita de aquí. Nicolás volvió con buenas perras. A lo mejor también vuelves tú. Si llega una niña —le coge una mano y se la pone sobre su vientre abultado—, le pondré Valentina, y si es niño, Valentín. De esa manera estarás siempre conmigo.
Valentina sabe que tiene que aprender a no mirar atrás. Está segura de que no volverá. Escucha hablar a los mayores y, aunque no quiera su resignación, suelen saber lo que hacen.
Nicolás no pierde el tiempo. Hay que ocuparse de los billetes, de convertir sus ahorros en dólares, de pedirle al cura que le informe si hay gente que piensa embarcarse hacia América.
Una mujer no debe ir sola, y para marzo o abril seguro que alguien viajará.
Ha de ponerse en contacto con una agencia que en los últimos tiempos se ocupa de los trámites de los que emigran.
Guarda el dinero que le dio su amigo y debe administrarlo bien.
Quizá pueda conseguir un barco que zarpe de Bilbao.
Ha oído que la Compañía Trasatlántica Española ha construido unos buques en la factoría de Sestao que hacen la ruta a América.
Él conoce a un mecánico que trabaja allí y se va a informar.
Clara quiere regalarle el vestido de novia, y Mariana la empuja a aceptarlo.
—Tiene dinero, eso no es ningún gasto para ella. Acepta y que no sea ostentoso. Podrás usarlo allí —le dice.
Durante una semana, las mujeres miran las revistas de moda. Algunas traen unos patrones indescifrables y, tras muchas dudas, Valentina escoge un traje de chaqueta y falda. Juntas van hasta la modista, que le toma medidas. Clara le regala un bolso y una combinación de satén.
—No puedes ir como una pueblerina.
Los trámites la ponen nerviosa. No quiere gastar dinero en adornos para ella, y tampoco cortarse el pelo como las de las revistas.
El Arraun se ha convertido en un local con cierta reputación entre los aficionados a la buena cocina.
Parte del éxito se debe a Valentina y a los postres que replica y mejora a partir de las recetas que publica la Marquesa de Parabere en El Diario Vasco .
A Mariana se le hinchan los pies de estar todo el día en la cocina y por eso han contratado a una nueva camarera, Merceditas, que sabe pasearse por el comedor llevando los platos como una gacela.
Valentina trabaja muchas horas, sabe que le queda poco tiempo porque todo está más o menos decidido.
El día 23, el local permanecerá cerrado para que la familia pueda festejar la boda.
La víspera no sale de la cocina. Se le echa encima la madrugada preparando unas natillas deliciosas sobre las que navega un merengue de canela, espolvorea el azúcar glas sobre el bizcocho savarin y deja que se temple la tarta colineta.
El banquete está preparado, y Merceditas será la encargada de ultimar los detalles mientras ellos van a Lekeitio.
Antes de darse cuenta, la familia está a bordo de un taxi al que le sigue otro en el que viajan Clara, la modista y un desconocido.
Los invitados lucen sus mejores galas, y la novia está tan nerviosa que no acierta a moverse.
Lleva un sombrero sobre el que le han puesto una mantilla que le impide ver con nitidez, y está tan pendiente de no arrugar demasiado la falda que va todo el viaje en tensión.
El coche aminora la marcha y se detiene frente al templo, en cuyo atrio la esperan sus tíos y primas.
También están el viejo maestro y su esposa, a quienes ella ha invitado personalmente, y algunas de las chicas que trabajaron con ella en el Palacio Iribarren.
Sube las escaleras. La Fraulin, Esther Zabala, le da un beso y le dice que está muy guapa.
Media docena de curiosos se acercan para ver a la chica que se casa, por poderes, con un pastor que vive en América.
Le tiemblan las piernas mientras recorre el pasillo central del brazo de su tío.
Camina acompasada por el sonido del órgano, cuya música confiere una solemnidad sobrecogedora.
Arrodillada en el reclinatorio que han situado al pie de las escaleras que conducen al altar, Valentina mira a la Virgen de la Antigua con el pecho encogido por la emoción.
Siente que se le agolpan los ruegos en la punta de la lengua.
Los novios están escoltados por Mariana y su tío, vestido con un traje prestado que le queda grande.
Se le encoge el corazón cuando ve a Nicolás peinado con brillantina, ocupando el lugar de Domingo.
Unas rosas atadas con un lazo blanco constituyen el único adorno que da alegría a la ceremonia.
La voz de don Ramón resuena en la iglesia casi vacía.
Desconoce el motivo, pero lo escucha todo con un cierto eco lejano, como si no estuviera allí.
Se siente acompañada. Todos los que conoce han hecho el esfuerzo de estar en la iglesia, pero en unas semanas se sentirá sola caminando hacia un marido al que ruega que la espere emocionado.
A pesar de que presta atención a la liturgia, un temor desconocido la envuelve.
Le pide a la Virgen que la proteja, que no la suelte y que no permita que la hagan sufrir.
El miedo le estrangula el estómago y siente ganas de llorar.
Aguanta, ocultando unos suspiros que la ahogan hasta que por fin don Ramón da por terminada la ceremonia.
— Benedictus es, Domine, Deus universi, quia de tua largitate accepimus panem, quem tibi offerimus, fructum terrae et operis manuum hominum: ex quo nobis fiet panis vitae .
Mariana la llevó hace dos días a una famosa platería de Gernika para adquirir los anillos.
El suyo tiene la medida exacta de su dedo anular, pero el de Domingo tiene la de Nicolás.
El joyero era casi un anciano y les explicó que se creía que el cuarto dedo de la mano izquierda, el anular, estaba conectado al corazón a través de una vena llamada vena del amor.
Su amiga al salir dijo que aquello era una patraña, pero ella cree que es verdad.
Se mira la mano. Y piensa en ese hombre que se mueve con agilidad hacia ella y cuyo rostro no consigue ver.
Está en ayunas porque quiere comulgar, pero por momentos piensa que se va a desvanecer.
— Corpus Christi .
Valentina pronuncia el amén en voz baja y cierra los ojos, pidiéndole a Dios que le quite el miedo y le dé fuerzas para llegar al final de la ceremonia. Sobrevive al resto de la liturgia y por fin sale al atrio, donde la recibe el aire del mar como el mejor de los regalos.
Es una mujer casada.