La voz de don Ramón resuena en la iglesia casi vacía
La voz de don Ramón resuena en la iglesia casi vacía
VALENTINA ALZOLA
Valentina mete en una bolsa que le ha prestado Mariana una muda y algunos regalos para sus primas.
A través de Fidel ha mandado aviso a sus tíos para alertarlos de que el miércoles estará en Lekeitio.
En realidad, debe ir al pueblo porque el cura, don Ramón, aun conociéndola y sabiendo su situación, le ha advertido que es preciso que su madre o su tío la acompañen al altar.
No llamará a su madre. En su corazón ya no queda ni el hueco que ocupó, así que tiene que hablar con su tío.
No tiene veintiún años, y una mujer no puede decidir sola su vida y menos aún su propia boda.
Desde que empezó a moverse, a hacer sus papeles, se da cuenta de que el camino de una mujer está lleno de trampas.
Los trámites de la vida, esos que los hombres resuelven con facilidad, le resultan muy complicados.
Superar las barreras con las que se encuentra acaba agotándola, y comprende que todo es más fácil si una está casada: únicamente depende de su marido.
Se siente incómoda y le irrita tener que pedir ayuda constantemente.
Ella está sola y se ve obligada a repetir lo mismo en cada ventanilla a la que acude.
Le ha pasado en el banco o al buscar el papel que acredita que es soltera, igual que su madre.
Clara, una mujer que va a comer con frecuencia al Arraun, dice que las mujeres deberían tener los mismos derechos que el hombre y que hay que sublevarse. Ella ha heredado un taller de tornillería de su padre y dispone, ordena y cobra sin que se caiga el cielo.
—Podemos hacer lo que queramos —afirma—. Tienes que ir con la cabeza alta y dejar atrás el miedo a no hacerlo bien.
Valentina piensa que para ella es fácil decirlo. Tiene una casa, dinero y la piel de las manos suave como la seda. Pero la mayoría de las mujeres no saben leer, y bastante tienen con que sus hijos no mueran de hambre o enfermedad.
—Las americanas no están como nosotras. Ellas pueden votar libremente y hasta divorciarse si las matan a palos.
—Pues yo votaré cuando esté allí.
Atraviesa el puerto para acercarse a la fuente, donde la esperan sus primas.
Mira hacia Isuntza y ve el palacio. Las ventanas están cerradas y no hay rastro de actividad.
Se le encoge el corazón y piensa en lo rápido que pueden cambiar los pilares que sostienen una vida.
Recuerda que, a pesar de su interminable jornada de trabajo, allí fue feliz y aprendió muchas cosas.
El palacio cerrado no le parece tan majestuoso, grande y espléndido como antes.
Zita no ha vuelto, y sus hijos tampoco. En el pueblo dicen que la ilustre emperatriz es una desagradecida, como todos los de la realeza, y que algún otro lugar habrá ocupado su corazón.
Al llegar al puerto, sus primas están sentadas en el corrillo de mujeres que hay frente a la cofradía.
Algunas tienen las redes sobre los muslos y con un punzón van uniendo los desgarros que ha producido la pesca.
Lo hacen mecánicamente, lo que les permite hablar de sus cosas.
Parece que el pueblo en su totalidad se ha enterado de que va a casarse con un americano.
Se sonroja al escuchar los guiños y las chanzas que hacen sobre su futura vida matrimonial.
El tema levanta ampollas: unas no quieren ni oír hablar de hombres, otras no renuncian a ellos y otras pocas hablan con medias palabras, sin que Valentina entienda del todo el significado.
Ella piensa que el barullo se debe a que en Lekeitio y en los pueblos de alrededor los hombres están en la mar o se han ido lejos buscando trabajo.
Le preguntan el nombre de su novio. Se vuelve a sonrojar.
—Domingo Arsuaga.
Una mujer mayor levanta una mano y busca en su cabeza hasta que de pronto asiente.
—Es el hijo de Benita Arizmendi —exclama—. A su hermana la robaron de la cuna, ¿recordáis?
—Algo me suena —dice otra.
—Se fue a América con los hijos de Garate.
Valentina las mira atónita. Se acerca hasta la más mayor para interrogarla. ¿Le recuerda? ¿Dónde vivía? ¿Qué pasó con la niña? La mujer achica los ojos, la observa con curiosidad y rebusca en su memoria. Señala hacia la carretera de Bermeo, luego hacia el otro lado.
— Ez dakit [25] .
No saca nada en limpio. A los del pueblo les gusta seguir la pista de la vida de los demás, pero los recuerdos se desgastan, aunque vengan pegados al santoral.
«Fue por la Virgen». «Vino para San José».
«Le perdí de vista en San Antolín…». No nombran apellidos, porque los han olvidado; a veces utilizan la referencia de las propiedades, el nombre de los caseríos, las vacas que tuvo…
En realidad, no saben nada de nadie. Ellas levantan torres con rumores, o con un solo sucedido.
Lo único que se lleva Valentina del puñado de mujeres que cosen redes es que Domingo es guapo y un buen chico, lo mismo que le dice Nicolás.
Sus primas la reclaman. Remi, la mayor, tiene que hacer unos recados y han de volver a tiempo para la cena.
La crisis mundial de 1929 ha mordido a casi todos los países.
Los sueldos han bajado y el coste de los alimentos sube.
Muchos quieren ir a buscar fortuna, pero el viaje es caro y, si no tienen un familiar allí que les garantice alojamiento y trabajo, ya no se arriesgan.
No les merece la pena cortar sus raíces, a no ser que viajen acompañados y sean bien recibidos.
Eso ya lo ha escuchado Valentina; por ello pone atención a las noticias que vienen de allí.
Nicolás dice que en Nueva York la gente vive en casas de cartón que colocan en los parques.
Ella no va a irse solo por el dinero que se hace en el nuevo mundo.
La gente abandona el campo o los pueblos y se va a las ciudades.
En Bilbao hay muchos cafés y restaurantes donde buscan buenas cocineras.
Ella se va a América porque va a casarse con un pastor.
Caminan hacia el caserío contándose sus cosas.
Admiran los zapatos y la ropa de Valentina y le piden que les cuente cómo es Bilbao y Gernika.
El cielo está blanco, casi gris sucio, como si el Todopoderoso hubiera prohibido iluminar la mañana.
Mientras dejan atrás la carretera, ella vigila una nube gris de esas que llaman panza de burro.
Amenaza lluvia. La hierba está húmeda y ha preferido quitarse los zapatos para no estropearlos, pero tiene los calcetines calados.
Sube el repecho que conduce a la casa y ve su silueta recortada entre la niebla.
Al acercarse advierte que le faltan algunas tejas y que las vigas de la parte que da a la cuadra están medio torcidas.
Hubo una galerna unos días después de que ella partiera, le cuentan, y ahora hay goteras por toda la casa.
A Valentina todo lo que ve le resulta lejano.
Parece que hace años que se hubiera marchado, y solo han sido unos meses.
Lekeitio es grande, pero la vida parece pequeña en invierno.
Ha visto los barcos amarrados, las tabernas sin nadie en la puerta y las calles vacías.
En realidad, ella se despidió en septiembre, y lo hizo pensando que no iba a volver.
Ahora, todo lo que antes la saciaba se ha vuelto inútil, casi indeseable.
Están llegando a la zona llana cuando descubre el mar, esa inmensidad que tanto echa en falta.
Es verdad que el horizonte apenas se distingue, y que el agua está oscura como un mal presagio, pero les pide a sus primas que entren y va hasta el borde del acantilado: es imposible no saludar al océano.
Mira las rocas, que la marea engulle en pocos segundos en un remolino de espuma, las ve aparecer de nuevo brillantes y eternas para ocultarse otra vez por la fuerza con que la corriente arrastra el agua.
Nota la cara húmeda, y muy probablemente se le caracolee el pelo que ha sujetado en un moño.
Cierra los ojos, suspira y siente que tiene unas inmensas ganas de llorar, pero debe entrar en la casa, poner los calcetines cerca del fuego y pedirle a su tío que la acompañe a la iglesia.
Para llorar a gusto hace falta tiempo. Pasa la lengua por sus labios salados y se encamina hacia el baserri [26] .
La tierra se ama con una fidelidad casi eterna.
Su tía la abraza. Ella saluda al hermano de su madre y reconoce el mismo gesto adusto en su rostro.
La mira con una compasión impostada, hasta que saca de su bolsa los regalos que ha traído envueltos en papel de seda.
A sus primas, dos peinetas que le regaló Clara; a su tía, un pañuelo que alguien olvidó en el restaurante y que ella ha lavado y planchado; para su tío ha tejido unos calcetines y le ofrece una botella de aguardiente de enebro.
Aprovecha la sobremesa para plantear su situación.
—¿Lo sabe tu madre?
No quiere mentir, y busca una respuesta que su tío pueda aceptar.
—Estuve en Bilbao y le conté que iba a casarme. Ella tiene su vida…
Le escucha hablar mal de ella. Suelta una serie de improperios.
Dice que es una desagradecida y que ha sido él quien ha criado a su hija.
Ella ha oído eso antes, pero ahora ya no le importan sus palabras.
Valentina advierte que su alma se ha despegado de lo que fuera que la atara a su madre, a su infancia, y que quizá la precariedad de esa casa que construyeron sus bisabuelos estuviera siempre ahí.
Nunca se fijó en el tejado, o en las maderas de las habitaciones, tan frágiles que puede verse la cuadra.
No advirtió el frío o la humedad de las mantas, porque era lo único que tenía.
Mira distraídamente la ventana, por la que se ve un mar oscuro de invierno.
De eso no se ha alejado: las montañas, los acantilados, el olor a salitre y esas nubes blanquecinas le pertenecen.
— Horregatik, osaba… Zeu zara aldarera eraman behar nauena [27] .