Un bosque de álamos en Idaho Una casa para su esposa #2
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Una casa para su esposa #2

Ramón se levanta y le abre los brazos cuando le ve.

En Lekeitio o en Ea no hubiera sido así.

Los hombres no se abrazan, se palmean la espalda o levantan la barbilla a modo de saludo, pero estando tan lejos las costumbres cambian.

Ramón va vestido con un traje elegante y una camisa que parece nueva y despide un olor dulzón a loción de afeitar.

Probablemente haya pasado antes por la barbería para entrar en el hotel como un marqués.

Las mujeres que sirven las mesas le miran con codicia.

Muchas de ellas llegaron buscando trabajo y la patrona les adelantó y tramitó sus permisos y billetes.

Cada mes les descuenta parte de una deuda que parece eterna, y esa dependencia las empuja a mirar a los rancheros solteros como la solución de su vida.

Pero Ramón no es un hombre que desee una familia. Ya tiene años, es esquivo y muy suyo.

— Zer moduz? Gizon zorteduna zara! Zerbait oso ona, daukat zuretzat [24] …

—¿Una casa? —pregunta intrigado—. ¿Y tú cómo andas? —Domingo palmea su antebrazo.

—¡No tengas prisa, hombre! En cuanto una mujer se te mete entre las costillas, comienzas a dar pasos hacia la ruina. Todo a su debido tiempo… ¿A pesar de lo bien que te paga el patrón, no tienes suficiente para un rancho?

—Tienes razón.

—Pero tengo una casa. Tú debes de conocer a Pedro Zarandona.

Lleva muchos años aquí, vino de Natxitua.

Era marinero, y antes anduvo en Terranova con la PYSBE e hizo un buen dinero que ha invertido en bancos, así que ahora la cosa va mal.

Ha vendido el rebaño y marcha con su mujer y sus dos hijos a Nueva York, donde tienen parientes. Vende su casa.

—Sí, sé quién es, pero no sé dónde vive.

—He estado tentado de comprarla yo mismo, pero como me dijiste que ibas a casarte…

Domingo sabe que no es verdad, pero le mira como si le creyera.

Está a punto de sacar la foto de Valentina.

Le parece que ella debería estar presente en el inicio de esta transacción.

Se toca el pecho, en ese lugar donde ya nunca tiene frío, pero se detiene.

No quiere compartirla con ese hombre. Mira a Ramón. Él es de Lekeitio y quizá la conozca.

—Sí, pronto me casaré.

—¿Y se puede saber de dónde viene la chica?

—De Lekeitio. Se llama Valentina Alzola. ¿La conoces?

El tratante frunce el ceño, como si le costara transportarse a su tierra.

Niega con la cabeza. Sin embargo, le pregunta si su dama vive en mariñeruak o en txaputxeruak .

Domingo sabe que Lekeitio está dividido en barrios e incluso en formas de hablar o vestir.

Los marineros ( mariñeruak ) tienen casas pequeñas que trepan en callecitas desde el puerto, y los txaputxeruak son los artesanos, comerciantes, mecánicos o barberos, actividades que denominan «chapuzas».

Se encoge de hombros. Sabe muy poco de ella, y ni siquiera le ha preguntado por lo que todo el mundo pregunta: por la familia.

Cae en la cuenta de que puede que eso le haya molestado o le haya hecho creer que es un hombre sin sentimientos.

Permanece pensativo durante unos segundos, pero la mirada interrogante de su amigo le hace responder.

—Es cocinera.

—Eso está bien, no tendrá problemas para trabajar…

Verás, la casa no es la que sueñas, pero precisamente por eso podría interesarte.

Está en el camino a la iglesia de los escoceses, y seguro que podrías adecentarla.

Zarandona iba a mudarse porque no es muy grande, pero les pilló todo este asunto de las inversiones.

Anduvo en negocios con uno de los Bengoechea y, ya sabes… , no levantó cabeza.

Domingo intuye que Ramón va a dar paso a las habladurías y los chismes. Parte de su negocio consiste en saber de los asuntos de los demás, pero a él no le gustan los comentarios y durante un segundo se arrepiente de haberle dado el nombre de su prometida.

—Háblame de la casa. ¿La has visto? ¿Sabes lo que pide por ella?

—Es una de esas casas de madera construida hace años, pero está bien situada y es suficiente para empezar.

Tiene una sala, cocina, dos habitaciones y una tercera más pequeña.

Hay agua corriente, chimenea y un porche.

Tenía una letrina fuera, pero Zarandona comenzó la obra de un baño que no ha terminado, aunque eso se resuelve en dos días.

Creo recordar que me habló de un pequeño almacén y un desván, pero no estoy seguro.

Detrás hay un pequeño terreno con un chamizo, una huerta y un par de árboles.

Está apurado, ha bajado el precio y podrás pagarla.

Deja algunos muebles, y eso es una gran ayuda para empezar.

Tú no gastas ni en barbero, debes de tener ahorros.

Si no te llega, Zarandona aceptará tu palabra de enviarle el resto del pago. Tienes que negociar.

—¿Y tú qué ganas?

—Por eso no te preocupes, me basta con que me traigas los corderos. Sé que algún día me devolverás el favor. Y, además, me hace ilusión que te vaya bien y prosperes.

Los dos hombres, Domingo algo más, miden las palabras con una cautela estudiada.

Es una costumbre que da la tierra y el temor a ser engañados.

Sin embargo, la razón verdadera es que comprenden mal una lengua que no es la suya.

La comunicación se suple con gestos sencillos, como si jugaran a las cartas; los triunfos no se enseñan, y aunque no se aúllen los fracasos, se sabe que están ahí.

Se ha dado cuenta de que ha subido la barbilla varias veces, y eso indica que quiere que sepa que no le importa no sacar beneficio de la gestión.

Domingo ha subido las cejas como si se sorprendiera de ello, pero después de un rato el pastor le apremia.

En el exterior, el frío les sorprende. Están en una planicie que es casi un desierto, todo está cubierto de nieve, y si levantan la mirada se ven las cumbres de las montañas que rodean la capital vestidas de blanco, confundiéndose con el ciclo blanquecino del invierno.

Apenas hay tráfico en Grove Street; la gente permanece en su casa y solo hay bullicio en las tiendas de los orientales.

Caminan con cierta dificultad, los pies se hunden casi veinte centímetros y hay que tener cuidado en los tramos limpios donde la nieve se ha helado.

Se detienen para dejar paso a una familia mormona.

A dos hombres vestidos de negro les siguen seis mujeres con la cabeza baja, cuyas capas y sombreros almidonados las hacen parecer iguales.

Ramón charla a su lado con una parsimonia que le pone nervioso.

Le advierte que cuando uno presta atención a las mujeres la vida se complica, pues se pierde interés en lo importante.

Él guarda silencio. No le interesan sus consejos.

Tiene prisa por ver esa casa y sigue caminando por la calle que conduce hacia la carretera de Arrowrock Dam.

Ramón, que tal vez advierte que su interlocutor no le está escuchando, se detiene cuando considera que sus palabras son importantes para retomar la ruta unos segundos después, prosiguiendo su historia.

A Domingo, la charla y esas constantes paradas que hace le cansan, pero no puede permitirse hacérselo saber.

Una de las cosas que ha aprendido es que no hay que mostrar demasiado entusiasmo cuando va a comprarse algo.

Lo mira calmado, asiente o levanta las cejas, pero en realidad no sabe de qué habla.

Está impaciente por ver la casa de Pedro Zarandona, y no sabe cómo hacer para que su amigo se calle y camine.

En un momento dado, y justo cuando están llegando al límite de la ciudad, Ramón calla, se para y señala con una mano una casa blanca de madera con tejado a dos aguas y un pequeño porche.

Es bastante más pequeña de como la había imaginado, y quizá fue construida por los primeros vecinos de la zona, pero el corazón de Domingo se acelera. Sabe que es la que está buscando.

Aprieta el paso sin esperar a Ramón. Él sabe andar por la nieve.