Un bosque de álamos en Idaho Una casa para su esposa
23%

Una casa para su esposa

Una casa para su esposa

DOMINGO ARSUAGA

Al alba, Domingo ya está despierto. Tiene el sueño desbaratado, y durante un instante no sabe dónde se encuentra.

Presta atención y escucha el sonido de la respiración de sus compañeros de habitación, y más allá, desde el piso de abajo, le llegan voces y ruido de vajilla.

Entonces recuerda que hace dos días que se aloja donde Encarni y que las mujeres probablemente estén preparando los desayunos en la cocina.

Para poder quedarse en la ciudad, ha acordado con su compañero Cipri que permanecerá en el rancho los días que el patrón lo necesite para que él, que está casado y tiene dos críos, pueda estar en su casa en Navidad.

Al patrón no le importa lo que hagan, siempre que el cuidado de los animales esté cubierto.

A Domingo le gusta estar en la capital en esas fechas, y le agrada tropezarse con gente que hace tiempo que no ve.

En los hospedajes hay alojados muchos pastores.

No faltan guitarras y acordeones, txistus y tamboriles.

El whisky corre a pesar de la prohibición y, aunque impongan multas, los hosteleros las pagan.

Normalmente, el día 22 se celebra el baile de los pastores, que muchos conocen como el de los buzos y los delantales.

Es el acontecimiento del año y nadie puede faltar.

Los asistentes son todos vascos, salvo algún americano muy estimado al que le dan una entrada de otro color.

Han de ir vestidos con traje de faena. Las mujeres con delantal y falda clásica y los hombres con pantalón de mahón, que aquí llaman overalls .

El comité de baile busca un lugar grande, y este año han elegido los salones del Hotel Bristol.

Domingo ha estado un par de veces y ha disfrutado con los demás, pero no le importa demasiado perderse la fiesta este año. Cuando se reúna con Valentina, acudirán juntos y él bailará con ella y se sentirá orgulloso como un pavo real.

Los hombres duermen hasta tarde; agradecen un colchón y una cama en condiciones esos días en que no trabajan.

Los pastores están felices en estas fechas, comen, duermen y se pasean visitando los lugares de ocio.

Al levantarse desean disfrutar de esa comida que se parece tanto al hogar: ensaladas, alubias, sopa de ajo, verduras frescas de los agricultores chinos, chorizo…

Quieren jugar al mus, gritar, hacerse señas para conseguir los cuarenta puntos y, sobre todo, hablar.

Llegan a finales de otoño, ese momento en que el pastoreo se toma un respiro, y algunos se quedan hasta Navidad.

Muchos son temporeros e independientes; otros, como Domingo, viven en el rancho y van ocasionalmente.

Los tiempos cambian, y es difícil hacerse al monte sin más llamada que los rumores de buen pasto o el olfato.

Eso se hacía antes; ahora, los guardias forestales vigilan que el ganado no agoste el campo.

Entreabre la ventana. Un frío glacial y la protesta de su vecino le hacen volver a cerrarla.

Boise está totalmente cubierto de nieve y cuesta caminar por las aceras que no han limpiado los comerciantes.

Las chimeneas de las casas escupen al cielo un humo doméstico que rompe la bruma que desprende el hielo.

En algunas ventanas hay árboles de Navidad iluminados, porque es una costumbre muy americana.

Domingo va hasta la palangana y se moja la cara.

Vuelve a la cama reanimado, toma la foto de Valentina, que ha dejado bajo el colchón, y la mira como si estuviera a su lado y le diera los buenos días.

Recorre torpemente con el dedo índice su silueta: la cabeza, el brazo, el codo y luego la mano que reposa sobre su falda.

Va a dejarla en su lugar, pero se arrepiente.

Como ha hecho desde que la recibió, cuando se vista la pondrá debajo del jersey, envuelta en un paño de lino, y se irá con ella a hacer las diligencias.

Ayer, uno de los huéspedes le entretuvo comentando las noticias que traía el periódico.

Desde el mes de octubre, en el que se produjo un derrumbe de la Bolsa en Nueva York, la economía está por los suelos.

Algunos de los rancheros se han arruinado o pasan por situaciones difíciles.

Idaho tiene más de un millón de ovejas, y el precio de la lana y la carne ha bajado.

Siguen buscando a quienes han matado en Chicago a varios miembros de una banda, aunque todos saben que ha sido Al Capone.

Las mafias ganan millones de dólares con la venta clandestina de alcohol, corrompiendo a los funcionarios y policías encargados de hacer cumplir la ley seca.

En los hoteles y pensiones de Boise, aplicar la ley de vivir sin alcohol hubiera sido una temeridad.

Un vasco no puede vivir sin sus recorridos tomando un trago tras otro; por eso, muchos de los establecimientos se las han arreglado para tener sus pequeñas destilerías escondidas.

Domingo no bebe tanto como otros. Está allí en parte porque recibió recado de Ramón Arrieta para que se reuniera con él a la mayor brevedad.

Sabe que probablemente el tratante haya dado con algo interesante y va a ofrecerle alguna propiedad.

Ha ido al banco donde trabaja una sobrina de los Garate para saber del dinero del que podrá disponer.

Pensar en la presencia de Valentina en su vida le estimula.

Los americanos son gente dispuesta a prosperar, se arriesgan, están en constante movimiento buscando negocios que sean rentables…

Eso le da que pensar. No puede seguir siendo el hombre que trabaja para comer; necesita ir más lejos, tener un lugar donde sentirse a salvo de esa miseria que arrastra.

Las raíces van hacia dentro, pero el arraigo es buscar postura en la tierra que te acoge.

Ahorra cada centavo de dólar que puede y, a pesar del dinero que envió para el viaje de su esposa, tiene lo suficiente para pensar en invertirlo en una propiedad.

Su patrón ha prometido ayudarle siempre que no abandone el Creek Valley Ranch, pero si pudiera permanecer libre lo preferiría.

Conoce a pastores que residen en Mountain Home, y también en Emmett.

Allí podría encontrar una buena casa, pero en este momento no está en condiciones de trasladarse.

Está empeñado en ofrecer un cobijo a su esposa.

Todos los animales lo hacen y él, que conoce la naturaleza como nadie, sabe que así tiene que ser y quiere hacerlo ahora, cuando hay oportunidades, porque la crisis económica que destruyó la Bolsa hace unos meses ha revuelto completamente el mercado.

Muchos pastores han regresado a su tierra.

No quieren arriesgar lo que tienen, algunos han perdido sus rebaños y no hay crédito que sostenga sus negocios.

Se oyen rumores de vascos que vuelven a casa y dejan sus posesiones en venta.

Arrieta es un especialista en este tipo de transacciones y todos, aunque no sea el hombre más afable, acuden a él y le confiesan sus miserias o sus triunfos.

En marzo nacerán los corderos, y él volverá a los pastos altos con el rebaño.

Ha visto un pequeño rancho en venta, pero no puede pagarlo.

Andrés Astorquia vende su cabaña, pero está demasiado aislada para meter allí a una mujer.

En Emmett admiró la mansión de Andy Little, de la que dicen que está construida para que dure «para siempre».

El señor Little tiene la compañía ovejera más importante de Idaho.

No es buen momento para recorrer kilómetros por la nieve, pero sí para estar atento.

Si las cosas vienen mal, uno prefiere sufrir en su tierra.

Y muchos se van a Nueva York, donde la comunidad vasca puede ayudarlos.

Un pastor pasa mucho tiempo fuera, y ella puede sentirse sola. Por eso se ha decantado por la capital, y le ha dicho a Arrieta que busque una casa modesta pero céntrica. En Boise ella encontrará el apoyo de otras mujeres, podrá trabajar en alguno de los restaurantes y estarán relativamente cerca.

A veces, al contemplar la fotografía, trata de averiguar si es la clase de mujer que hay que proteger y cuidar o si por el contrario es resuelta, trabaja y no le hace ascos a lo que se presente.

Él ha conocido a esposas silenciosas y taciturnas y a otras alegres y laboriosas, pero mirando la fotografía, y solo con esa imagen estática, es difícil saberlo.

Anhela verla en persona, poder mirarla a los ojos, hacerlo de esa manera en que uno sabe la verdad.

Él se ha acostumbrado a verla posando bajo el magnolio, y lo hace tan a menudo que podría dibujarla sin mirar la fotografía.

Cuando la guarda bajo el colchón o en el cajón de su mesilla de noche, nota que ese abandono le despierta una cierta impaciencia. Por eso prefiere llevarla consigo.

A una mujer como ella no deben de faltarle pretendientes.

Domingo cree estar enamorado a su manera.

Nunca, ni siquiera cuando conoció a Amy, le ha sucedido lo que le sucede ahora, que una mujer ocupe su cabeza de la mañana a la noche como lo hace Valentina.

Se extraña, porque ella aún no es del todo real, pero se deja llevar por ese misterioso poder que está cambiando su manera de vivir.

Si camina por la ciudad se fija en las mujeres, en su modo de andar, en cómo se peinan o se visten.

Nunca antes lo había hecho. Sabía que estaban ahí, pero no pensaba en ellas.

Ahora, si quiere recordar el color de los ojos de Amy o cómo era aquella blusa que tanto le gustaba, no lo consigue, y entonces se pregunta si lo que siente es amor, curiosidad o algo a lo que todavía no puede ponerle nombre.

Baja las escaleras, con esa presencia que le caracteriza, y piensa que nadie puede entender las tormentas de ese amor inesperado.

Domingo sabe pasar entre la gente sin ser visto.

Ha hecho de su silencio una virtud, y los demás reconocen la solidez de ese joven que bajo la camisa lleva la fotografía de su prometida.