Un bosque de álamos en Idaho No sabe leer ni escribir #2
22%

No sabe leer ni escribir #2

Y Valentina desvía el pensamiento hacia el camino que le muestra su amiga.

Se agarra a las palabras escritas, aunque no sabe si ha sido él quien las ha elegido.

Suspira. Saca del cesto lo que ha comprado, preparan la comida.

Los parroquianos entran en el comedor pasadas las doce, y como casi todos son hombres, Valentina los observa ese día con más atención.

Cuando llega la noche, Mariana se retira a dormir antes que los demás.

Ha ganado mucho peso y siempre tiene sueño.

El trabajo de Nicolás —transportar mercancía a Bilbao y Santander— le obliga a pernoctar fuera varios días a la semana, pero esa noche duerme en casa y, cuando su mujer sube las escaleras, él se sienta con los papeles para ocuparse de las cuentas del restaurante.

Valentina limpia, coloca las sillas sobre las mesas y barre el comedor.

Después le sirve un vasito de orujo a Nicolás.

A él le gusta quedarse el último para cerrar el negocio, pero ese día le pide a Valentina que se siente a su lado.

Todavía con el delantal puesto y secándose las manos, la joven coge una silla y se coloca frente a él.

— Zer nahi duzu? [23]

—Mariana me ha dicho que andas triste porque Domingo no sabe escribir…

—Bueno… Todas las mujeres llevamos dentro una tristeza.

—Eso no lo entiendo, son cosas vuestras… Pero tú sabes que, a pesar de que hablo mucho, no miento. Ya eres de nuestra familia, como una hermana para mi mujer y una tía para los críos. Yo nunca te entregaría a un sinvergüenza. Y tampoco a un tonto, porque yo sé que tú eres lista.

Valentina sabe que no sería bueno interrumpirle para explicarle lo que le está sucediendo.

Ni tan siquiera ella lo entiende, pero, aunque ha disimulado todo el día, se le han vuelto a revolver las tripas.

Nicolás tiene la voz grave y varonil, como de caverna.

Cuando beben más de la cuenta, los hombres se enlazan por los hombros y cantan.

Lo hacen los marineros al embarcar de madrugada con sus farolillos encendidos, los que cuidan los rebaños o talan madera.

Todos cantan. No hablan, como hacen ellas.

Cantan y se acompañan. Quizá para ellos las palabras no signifiquen tanto.

Valentina se deja llevar por su voz hasta que comprende que el hombre está haciendo un esfuerzo sincero.

—Yo sospechaba que no sabía leer ni escribir —prosigue, manoseando su lapicero—.

En una ocasión le vi firmar con una cruz, pero era evidente que le avergonzaba, así que lo dejé pasar.

No es algo extraño, más de la mitad de las personas con las que te cruzas en la calle son analfabetas.

No han podido ir a la escuela. Domingo empezó a trabajar siendo un niño…

Pero te garantizo que ni el mejor poeta que conozcas va a tener el corazón que tiene él.

Ahora bien, si quieres cambiar de opinión, estás a tiempo.

Da un sorbo prolongado a su vaso. Valentina le ha escuchado con la cabeza baja, frotándose una y otra vez las manos. Mientras él hablaba se ha dado cuenta de que cualquier cosa hubiera bastado para decepcionarla, porque en realidad lo que le pasa es que tiene miedo.

—Quiero seguir adelante… —balbucea—. ¿Qué tengo que hacer?

—O viajas casada o te casas allí. —Apura el vaso y lo deja con autoridad sobre la mesa.

—¿Tú qué me aconsejas?

—Que te cases en Lekeitio. Yo haré de marido.

—Nicolás no la mira. Ha abierto el cuaderno para anotar los consumos del día—.

He sido previsor y tengo la fe de bautismo de Domingo y un papel en el que me da el poder de representarle.

Tú deberías ir a hablar con el párroco. Supongo que será tu madre o tu tío quien te entregue…

, no sé. Las novias tienen que hacer muchas cosas: el vestido, el banquete…

Cuando tengas las fechas…, pues se celebra la boda.

Has de hacerlo rápido. Los trámites tardan mucho y los niños llegan a tiempo.

Mariana parirá en abril, y yo debo ocuparme de tu billete.

Lo otro es que te cases allí. Lo que tú quieras.

Domingo también habrá de buscar un procurador que te represente.

Si vas casada no tendrás problemas con inmigración, y si viajas en segunda clase no deberías pasar por la isla de Ellis.

Le describe las condiciones del viaje. La diferencia entre ir en un barco de carga o uno de pasaje.

Le cuenta la felicidad de la llegada a una ciudad que no puede ni imaginar: Nueva York.

Le habla del largo viaje en tren hasta Boise.

No quiere engañarla, pero tampoco asustarla.

Tiene buen corazón, y es de los que prefieren que la realidad le salga al paso que imaginarla.

Para contrarrestar, recuerda en voz alta la mañana que conoció a Domingo en un bosque nevado.

Le habla del último día que le vio y del consejo que él le dio: que buscara una mujer.

—Siempre me dices que es un hombre bueno, pero esa frase deja sitio para pensar en un hombre tonto.

Nicolás sonríe. Le aconseja que no se equivoque.

Él nunca ha oído a nadie hablar con tanto respeto de una mujer.

La dueña del hostal donde se aloja le ha ofrecido varias veces a una de las chicas que sirven allí, para que se case.

Teniendo en cuenta que una mujer está muy cotizada en tierra americana, le hace saber que cualquier otro habría aceptado.

—Sé que tendrás una buena vida con ese hombre, Valentina, y no te digo nada más. Solo insistirte en que él es distinto a otros.

—¿Tiene carácter? —Valentina se atreve con algo que le preocupa. Si es tan buen hombre, quizá sea un blando atemorizado.

—Pues…, no sé lo que quieres decir, pero… —Nicolás vacila, confundido— no tiene miedo, ni hace nada que no quiera hacer. Es un hombre respetado. ¿Es eso carácter?

—Puede.

—Pues lo tiene. Y las chicas decían que era muy buen mozo.

Valentina observa cómo toma el lápiz y comienza a emborronar el cuaderno de cuentas.

Suelta un pequeño bufido, como si describir a su amigo le hubiera agotado, pero sus palabras no han saciado la curiosidad de la muchacha; tan solo han conseguido enderezar la imagen derrotada de Domingo.

Se da cuenta de que por mucho que pregunte no va a saber más de lo que sabe, y que las dudas que la acechan permanecerán hasta que no haya cruzado el océano que los separa.

—Nicolás… —El hombre levanta los ojos de las cuentas—. Me casaré con Domingo. Por si quieres decírselo.

—Valentina, es una buena decisión. Tú eres casi como una hermana para nosotros. No te dejaría hacerlo si fuera de otro modo.

Esa misma noche, al acostarse, Valentina cierra los ojos y piensa en Domingo.

No como otras veces en que los pensamientos se le nublaban a causa de la castidad que debía conservar y perder al mismo tiempo, sino que lo imagina como un hombre que la espera para quererla.

Se figura que debe de ser muy triste no poder escribir ni leer.

Algunos esconden ese desconocimiento, otros no dudan en pedir ayuda, y ella se toma un rato para imaginar que va por la calle y no puede leer los rótulos que anuncian una droguería o un ultramarinos.

Acerca la palmatoria a la mesilla y busca papel en el cajón.

Como si sus pensamientos fueran capaces de atravesar la distancia que los separa, Valentina, en su imaginación, comienza a escribir.

«Mi querido Domingo. He descubierto que no sabes escribir y probablemente tampoco leer, así que estarás acostumbrado a soñar como yo.

Debo decirte que me atemoriza que no tengas para mí un lugar.

No una casa, sino algo parecido a un abrazo.

Los niños se duermen con canciones, y en esos momentos la felicidad resbala a borbotones por sus caritas.

No tienen miedo, y ni se imaginan que les aguardan días difíciles.

No sé la razón por la que a los hombres no os interesa el amor, pero he comprobado lo felices que son los enamorados.

Yo no cruzaría el mar si supiera que no vas a quererme.

Hoy Nicolás me ha consolado al decirme que tú no eres como los demás».

Sabe que nunca podrá escribir una carta semejante, pero Valentina confía en que lo que se sueña y desea intensamente empieza a existir en un lugar desconocido.

De alguna manera es capaz de tocar el muro que hay entre ellos y que empezó a levantarse desde el principio, con esas cartas en las que se tratan de usted, incapaces de vencer la distancia que los separa.

Si él estuviera cerca, ella misma podría tirarlo abajo.

Le pediría que le hablara de él, que le hiciera saber las cosas que le gustan, las que detesta, las que sueña.

Le miraría a los ojos, le escucharía reír, y vigilaría la manera en que trataba a las mujeres o a los niños.

Pero ahora no puede hacer mucho. Solo responder a esa carta.

Se levanta y va a buscar papel y lápiz en el piso de abajo. Como hace frío, se lo lleva a la cama.

Estimado Domingo:

He recibido su carta esta mañana…