No sabe leer ni escribir
No sabe leer ni escribir
VALENTINA ALZOLA
Después de que los hombres hayan apurado el último cigarro y la última copa y hayan cantado la última canción, las puertas del Arraun se cierran hacia las doce de la noche.
Los niños están en la cama y el matrimonio Aramburu se acuesta derrotado y feliz, ahora que saben que otro hijo viene en camino.
Valentina tiene un nuevo cuaderno en el que relata, casi a diario, la perplejidad y curiosidad que siente ante su nueva vida, ignorando que esa fiel rutina puede ayudarla a comprender lo que no es capaz de aceptar.
«No tengo noticias de América —anota con letra apretada—, pero imagino al pastor en la montaña, pensando en mí».
Lo compró en su visita a Bilbao. Tenía que desprenderse de la amargura que la invadía tras el encuentro con su madre y de la que tanto le costaba librarse. Al otro cuaderno no le quedaba más que una página en blanco, así que entró en una papelería y se dio el gusto de adquirir dos iguales.
Hasta aquel día desconocía que en el alma hubiera puertas que podían cerrarse eternamente.
Ni tan siquiera en los sermones de la iglesia, en los que hablaban de lugares mágicos y poderes milagrosos, le habían dado indicios de que existiera un baúl en las tripas en el que podía guardar amores y desamores.
Todavía escucha el sonido de un viento que cierra con violencia esa puerta de su corazón, donde su madre viviría en el olvido.
«No puedo seguir soñando con su abrazo. Debo aceptar que nunca sabré lo que es el amor de una madre».
Valentina no suele tener tiempo libre, pero a veces, cuando lo hay, las mujeres se sientan a coser.
Mariana le dice que, ya que no llevará dote a su matrimonio, tiene que hacerse con un arreo.
Ha comprado unos metros de algodón y bordan el embozo de las sábanas con la ligera inquietud de que las iniciales puedan cambiar por algún revés de la vida.
Valentina no ha tenido lo que hace falta para ir confeccionando desde niña el arreo propio de una novia, así que tienen que elegir cosas sencillas y remendar bien las buenas sábanas que la gobernanta le regaló.
La casa aún duerme cuando se levanta. Mariana vomita por las mañanas y tiene un malestar constante, así que la joven se siente dichosa de poder ayudarla.
Ella es casi su hermana, o esa amiga en la que siempre encuentra consuelo.
Baja a la cocina, enciende la chimenea, recoge la leche que le dejan en la puerta, la hierve y retira la nata que se forma en la superficie para utilizarla en los bizcochos.
Prepara el desayuno para los niños, los besa y abrocha los botones de sus abrigos mientras los despide diciéndoles que aprendan mucho, que no se peleen y que escuchen a los profesores.
Valentina, envuelta en lo cotidiano, comprueba la textura de los garbanzos que dejó en remojo y trabaja concentrada limpiando las verduras.
Ayuda en la cocina, pero también sirve las mesas, sonríe y esquiva a los parroquianos que quieren cortejarla.
De algún modo, y aunque aún no tenga noticias de América, se siente comprometida con Domingo Arsuaga.
«La virtud es un patrimonio», decía don Enrique, el cura de San Juan, al dirigirse a las mozas solteras.
No debe mirar a otros hombres y ha de tener cuidado con Fidel, que una vez a la semana viene a la fonda a comer y le regala el oído pidiéndole que vaya con él a bailar uno de los famosos tangos de Carlos Gardel.
Pero ella ya ha oído hablar de ese baile y de otros en los que los hombres se pegan como una lapa al cuerpo de las mujeres.
Eso no le gusta. Tampoco que la miren con deseo.
Es lunes y, como Mariana está larri [22] , es Valentina quien se ocupa de ir al mercado.
Cada día está mejor abastecido y más poblado.
Los transportes han mejorado, y la gente de los pueblos acude a Gernika con asiduidad.
Con la cesta bajo el brazo, camina con sus zapatos nuevos, que ya están domados y no le hacen daño.
Gernika no huele a salitre ni a mar. Valentina respira su aire con un pellizco de añoranza y atraviesa el campo para llegar al centro.
Se pierde entre los puestos buscando los productos más frescos: coliflores, manzanas, miel…
La Fraulin, a la que vio en el Hotel Carlton y de quien ya sabe su nombre completo, Esther Zabala, es la encargada de las compras y le dio algunos consejos.
«Comprueba que los puerros estén prietos, que las legumbres no brillen demasiado y que el tomate no esté blando».
Piensa en ella. Si no la hubiera encontrado, su dolor no se habría amansado como lo ha hecho.
Le ha prometido escribirle. Su dirección está en el otro cuaderno, ese al que le faltó sitio para guardar su tristeza.
Escoge unas manzanas reinetas para asar con azúcar y canela y se lleva miel para servirla con el queso y las nueces, además de unos membrillos para hacer dulce.
Compra avellanas y almendras, pensando en la Navidad que se acerca, y con el cesto lleno retoma el camino de vuelta.
El Arraun está a la salida del pueblo y hay un trecho desde el centro.
Mira al cielo, que amenaza lluvia, se echa la toquilla encima del abrigo y aprieta el paso.
Aunque odia el frío, adora el mes de diciembre, y este le parece especial, porque quizá sea el último que pase en su tierra.
Ha llegado a la casa, empuja la puerta y se adentra hacia el calor que despide la chimenea encendida.
Da una voz para anunciar su vuelta y va a calentarse a la cocina.
Mariana está de pie, en jarras, sonriendo con una alegría que le es difícil ocultar.
Valentina la mira, buscando la razón de su sonrisa, pero antes de encontrarla su amiga mete una mano en el bolsillo de su abultado delantal y, sujetándolo con dos dedos, mueve en el aire un sobre con muchos timbres.
—He estado a punto de abrirla… ¡Es de América!
Le da un vuelco el corazón. De un salto, rescata la carta de las manos de su amiga. Se quita el abrigo y se sienta junto a la chimenea. Con mucho cuidado, examina la pulcra caligrafía, rasga el sobre, extrae el papel y comienza a leer con los ojos de Mariana pegados a los suyos.
Valentina lee despacio. No quiere devorar las líneas con la prisa que tiene acumulada, prefiere degustar cada palabra, saborearla como un caramelo de menta y notar el efecto que causa en su corazón.
Una carta es una brújula que orienta, aleja o acerca.
Es una ola que viene hacia la playa con fuerza para deshacerse en la orilla y volverse nada.
Pero esta es relativamente corta y antes de terminarla, involuntariamente, ha visto una firma torpe, vacilante, insegura y escrita a lápiz.
No quiere mirarla, pero los ojos se le escapan hacia allí.
Sigue leyendo con cautela y trata de evitar que sus pupilas salten hasta el final del pliego.
En su cabeza se forma sin permiso un remolino de pensamientos que le impide disfrutar.
¿Quién ha escrito la carta? ¿Quién la ha firmado?
¿Son sus palabras, o alguien las ha buscado para él?
Saborea las últimas frases: Domingo la espera emocionado, la cuidará…
Valentina detiene sus ojos en la torpeza de trazo con la que está escrito el nombre de Domingo Arsuaga.
Ha esperado meses para encontrarse con esa firma, y ahora ese garabato torpe e infantil exhala una debilidad que la atemoriza como una cueva oscura.
No puede evitar escuchar a su espalda la voz sabia de don José advirtiéndole: «Si sabes leer y escribir, el mundo será tuyo».
—No sabe escribir… Quizá tampoco leer. —Lo ha dicho en voz baja. Como si no tuviera aire para expresar su enorme decepción.
—¡Anda ya! ¿Y eso importa?
—A mí me importa. Yo no quiero un hombre sin palabras.
—No te pongas picajosa. ¡Como si todos los hombres que saben leer tuvieran algo que decir! Tú le enseñarás a escribir, y él te enseñará a ti otras cosas.
Cada uno de los pasos que Valentina ha dado en los últimos meses ha sido para acortar la distancia entre continentes que los separa.
Quizá haya pensado demasiado en él. Probablemente lo ha construido a su antojo, idealizándolo, pero ahí está la verdad.
Ahora comprende que las lejanías y el hecho de no conocerse no suponían una aventura, sino más bien un peligro.
No ha querido imaginar a un hombre rudo, de los tantos que maltratan a sus mujeres y las sumen en un pozo del que es imposible salir.
Se ha imaginado a ella misma brillando como si protagonizara una historia romántica; al fin y al cabo, ambos buscaban lo mismo, ¿o no?
Al menos, se consuela, ha sido realista en cuanto al trabajo que tendrá levantando una vida lejos, pero esa letra torcida le ha atravesado el cuerpo con un relámpago frío de espanto y le ha desbaratado la alegría.
Mariana, que la conoce bien, intuye su desamparo. Chasquea la lengua, murmura cosas ininteligibles y por fin la abraza, vertiendo sobre ella todo el sentido común y el consuelo que puede darle una mujer a otra.
—No pienses en eso —le susurra—. Recuerda cómo dijo Nicolás que era ese pastor. Yo sé que es verdad. También a mí me ha hablado de él. ¿Qué importa que no sepa leer? Dice que te cuidará y que te espera, y además ha mandado el dinero. Eso sí que demuestra sus intenciones.
—¿Me compra?
— Laztana , los hombres compran a las mujeres. Las ricas tienen la dote, y nosotras, la lotería de que nos toque un buen hombre. Cuando lo veas sabrás si te has equivocado. Hasta entonces, imagínalo a tu gusto.