Una respuesta insuficiente
Una respuesta insuficiente
DOMINGO ARSUAGA
Están sentados en una salita que hay junto al comedor del hostal.
Desde la ventana se ven las montañas de Twin Springs.
A través de la puerta abierta, las chicas que sirven las mesas van y vienen de la cocina al comedor.
Encarni ha puesto sobre el escritorio el papel y esa pluma Waterman que desliza suavemente cuando escribe.
Empieza a sentirse el otoño, y aunque la chimenea no está encendida a Domingo le sudan las manos.
Se revuelve en su silla inquieto, como si fuera él quien tuviera que escribir.
En el aparador hay un juego de café con remates dorados y escenas campestres.
Ocupa un lugar principal, así que Domingo supone que será valioso.
Adorna la pared la piel del oso que él cazó, un espejo, y junto a él hay colgada una fotografía de la boda del matrimonio Ereño.
Encarni está de pie con un vestido negro que va del cuello al suelo y lleva el pelo recogido en un moño; su marido, sentado a su lado, parece más pequeño, como si la mirada determinada de su mujer lo aplastara hasta hacerlo casi invisible.
Se fija en una acuarela en la que, a pesar de los trazos desiguales, Domingo identifica el puerto de Lekeitio.
Quizá, piensa repentinamente, él debería pedirle a Valentina que trajera una imagen de San Juan de Gaztelugatxe para ponerla en la pared de su futura casa.
Teme que algún día se borre de su cabeza ese lugar donde el mar le enseñó tantos secretos.
Ha pensado en lo que sería conveniente decirle a esa mujer que va a casarse con él para toda la vida, pues lo que une Dios no debe separarlo el hombre.
Pero no se le ocurre nada más que esas frases sobadas por la costumbre.
Él quisiera contarle sus pensamientos, los más íntimos, y decirle lo que no existe más que en su corazón: que la lleva con él, que la desea y la sueña, que tiene fe en que sea ella la que su alma espera. Pero eso no se puede decir.
La naturaleza le ha enseñado que hay una frontera insalvable que divide los mundos de dentro y de fuera de uno mismo.
Si supiera escribir, podría explicarle que quiere darle a ella, a su mujer, la parte del hombre que lleva dentro, porque el de fuera se ha ido haciendo a trompicones, pellizcando sabiduría a la vida, y a veces con no muy buenos resultados.
Él detesta los gritos, las amenazas y las fanfarronerías con que algunos creen que pueden engañarle o conducirle a donde no quiere ir.
Domingo piensa que a las mujeres les gustan los hombres que no son como él, y no sabe de qué manera podrá mostrarle lo que tiene para ofrecerle, como ella pedía en su carta.
Una añoranza desconocida ocupa casi todo su pecho, y no ve otro modo de seguir viviendo que dejándola entrar a ese territorio que nadie ha pisado.
Quiere una mujer que se traiga consigo lo que le falta a él, pero esas cosas no se pueden escribir, menos aún si es Encarni quien lo hace.
—Vamos a ver… —dice ella—. ¿Qué quieres que escriba?
Encarni suelta el aire bufando, sin disimulo.
Le apremia con su gesto, su postura y hasta su mirada, que se escapa en dirección a la cocina.
Como respuesta a su pregunta, Domingo se encoge de hombros, pero no deja de observarla.
La mujer no deja de vigilar el movimiento que se advierte a través de la puerta.
Estira el cuello, como si eso le permitiera estar presente en el comedor, y vuelve a mirar a Domingo sin ocultar una impaciencia que no ayuda precisamente al enamorado.
—¿Quieres que empiece a mi manera?
—Sí, pero ¿podrías volver a leer su carta otra vez, por favor? —Domingo se la tiende confiado.
La patrona coge el papel que Domingo le ofrece, resopla y, en voz alta y con premura, la lee. «… Le envío mi fotografía para que me conozca… Puede escribirme diciéndome qué espera de una esposa y qué tiene usted para ofrecerme».
La mujer termina de leerla y de nuevo hace un gesto de impaciencia. Luego, como si se tomara un tiempo para tranquilizarse, dobla el papel y se lo devuelve.
—Qué, ¿empezamos?
El pastor asiente. No puede exigir un trato mejor o pedirle que se ponga en su lugar.
No sabe escribir ni leer, y esa es la penitencia que debe pagar.
Aprieta las mandíbulas y vuelve a asentir.
Ella retira el capuchón metálico de su Waterman de manera teatral y apoya el plumín sobre el papel.
Hace unos firuletes en la primera letra, esmerándose en una caligrafía pomposa, y comienza a rasgar la punta sobre el papel.
Domingo no puede evitar mirar el recorrido de la pluma trazando la filigrana de la E mayúscula mientras, en voz alta, la patrona dice: «Estimadísima Valentina».
El pastor distingue la separación existente entre las dos palabras y con un dedo traza la A de Valentina en su muslo.
De los pocos días que en su niñez pudo ir a la escuela recuerda aquellas letras dibujadas con tiza en la pizarra…
Espero que al recibo de la presente se encuentre bien de salud. Le doy las gracias por su misiva y su fotografía.
—Dile que es muy bella —interrumpe Domingo.
—Y qué más…
—Que Nicolás tiene los papeles y que puede venir casada, como han hecho otras… Que voy a construir una casa para ella… Que la cuidaré y que la espero…
Es usted muy bella y confío en que pueda resolver a la mayor brevedad posible los papeles para nuestro enlace por poderes y venir a Boise. Nicolás Aramburu la ayudará en lo que necesite. Él quedó encargado de entregarle un dinero para los gastos del viaje y de buscar mi partida de nacimiento.
En estos días comenzaré a tramitar los permisos para construir una casa donde pueda vivir con comodidad, pero hasta entonces estará alojada en el hospedaje que ocupo. No me falta trabajo, ni voluntad para procurar su felicidad.
—¿Algo más?
Domingo no la mira. Trata de memorizar cada una de las palabras que ha recitado y las repasa nervioso, buscando otras que se acerquen algo más a lo que él experimenta.
—¿Le advertimos del frío y el calor? —propone él—. Allí el clima no es tan riguroso. Necesitará un buen abrigo.
—Mejor no le decimos nada. Ya tiene lo que le interesa. Puede preguntarle a tu amigo. —Encarni da una voz a una de las camareras pidiéndole que se coloque el mandil—. En Lekeitio hay muchos que tienen familiares aquí. Seguramente lo sabrá. ¿Nos despedimos?
—No has dicho que la cuidaré y que la espero con emoción.
Valentina, para terminar, decirle que yo la cuidaré. La espero emocionado.
Suyo afectísimo
—¿Vas a firmar con una cruz?
—Pon ahí mi nombre y yo lo copio.
—Hazlo con lápiz. Mi pluma es muy delicada y podrías romperla.
La patrona escribe el nombre y el apellido en un papel y se lo deja en la mesa.
Sale de la sala apresurada y dando órdenes.
Domingo toma el sobre, lo acaricia con sus manos toscas, esas que no pueden tocar cosas delicadas, y da un suspiro.
Lo ha hecho otras veces, copiar su nombre.
A él le parece que las palabras son un dibujo semejante a los que comparte con Tajui para hacerle ver lo que necesita explicarle.
Aprieta el lápiz sin dejar de mirar el modelo que ha escrito Encarni y comienza a escribir su nombre.
Domingo Arsuaga
El pastor cena y se va a la cama. Comparte habitación con dos hombres.
Uno es de Durango, y el otro de Munitibar.
Intercambian unas palabras que acaban con un cortés «buenas noches».
Cada uno de ellos se recoge en sus recuerdos para dormir soñando con lo que sucede al otro lado del mar.
Él imagina a Valentina, la ve bajo ese magnolio de la fotografía leyendo su carta.
Recita para sí mismo las palabras, una por una, y repite «la espero emocionado» hasta que el sueño le libera de su propia letanía.
El otoño es la época de apareamiento, y hay que procurar seguir atento al rebaño.
Domingo sabe que la oveja se deja montar dos o tres días durante sus ciclos, que duran quince y que están a punto de comenzar.
Cuidar un rebaño no es sentarse a mirar el cielo, como algunos suponen.
Los pastores tienen tarea arriba, en la montaña, y abajo, en el rancho.
Hay que separar los corderos en su momento, castrarlos o prepararlos para cuando alcancen el peso necesario para poder venderlos como carne.
La naturaleza hace su trabajo, pero un buen pastor debe ayudarla.
Mientras cabalga imagina que Jeff Peterssen no se sorprenderá cuando le diga que quiere casarse y tener una casa y un terreno.
Su padre vino desde Suecia y fue uno de los primeros habitantes de la región.
Las tierras que el rancho ocupa le fueron concedidas por el estado federal gracias a la Ley de Asentamientos que el presidente Lincoln aprobó en 1862.
A Domingo le gustan los americanos. Son gente sencilla, bonachona y simpática, sin demasiados protocolos, y en ocasiones se comportan como niños.
Aceptan a los extranjeros con su hospitalidad, ya que la mayoría procede de otro rincón del mundo.
No son iguales con los indios, a los que miran como si les hubieran usurpado un terreno que saben que antes fue de ellos, y tampoco con los negros, a quienes consideran unos parias.
Jeff, su patrón, aunque procede de los países nórdicos, se comporta como el americano que es.
En una ocasión le acompañó hasta el despacho del alcalde, que los recibió como si fueran familia, para informarse de las gestiones necesarias para tener acceso a una parcela de tierra.
Domingo permaneció mudo, analizando cada uno de los gestos de esos hombres, hijos de los que llegaron desde Noruega, Irlanda o Escocia.
Ambos iban afeitados y limpios, y en su relación no vio que hubiera diferencias.
Los pioneros sufrieron toda suerte de adversidades para asentarse en esos espacios silenciosos del oeste americano.
Hombres duros que colocaron traviesas para que llegara el ferrocarril, que enterraron a muchos de los hijos que no superaron la dureza de la adaptación y que ahora tienen ranchos donde los pastores vascos trabajan.
Su patrón acabó hablando de sus propios proyectos con el alcalde, y lo cierto es que no llegaron a informarle como él esperaba.
Pero como entre los vascos todo se sabe, se enteró de que Telesforo Aulestia había conseguido unas tierras y fue a encontrarse con él para averiguar cómo lo había logrado.
Telesforo le contó que las concesiones de tierra ya eran escasas.
Que podía hacer una petición, pero que, si se hiciera efectiva, estaría muy lejos de la ciudad, quizá en el límite con Nevada.
Le aconsejó que cursara la petición y que se armara de paciencia, y añadió que lo mejor sería que buscara a alguien que vendiera su propiedad.
Domingo no rellenó los papeles y albergó en su cabeza la posibilidad de adquirir un terreno por su cuenta.
Mira el paisaje y recuerda los pasos que dio.
Ha pasado el tiempo, y ahora se va a casar.
Tiene que ponerse en contacto con Arrieta.
Él sabrá, mejor que Aulestia, si algún propietario ha puesto su casa en venta.
Vuelve a serenarse mirando el horizonte.
Lleva muchos años allí, pero no se acostumbra a que el mar no le asalte cuando la carretera desciende.
El cielo está azul casi todos los días del año.
Suspira. Debería habérselo dicho a Valentina, que, aunque haga frío en invierno y calor en verano, el cielo siempre está azul.