Un bosque de álamos en Idaho Esperanzas #3
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Esperanzas #3

Son las cuatro y media cuando recorre la calle Bidebarrieta con sus zapatos nuevos.

Anda despacio, acostumbrándose a ese calzado que le ajusta el pie como una cárcel al prisionero.

Tienen tacón y la obligan a adaptar su cuerpo a esos centímetros que la hacen caminar erguida.

La calle termina en el Arenal, junto al Teatro Arriaga.

Se detiene ante la majestuosidad del edificio y siente ganas de llorar.

Se fija en los detalles de la construcción, como si tuviera la imperiosa necesidad de guardarlo todo en su cabeza para recordarlo algún día.

Faltan cinco minutos para las cinco y ya está frente al café.

No sabe si su madre la reconocerá. Lleva el pelo recogido, y los zapatos la hacen parecer más alta.

Le palpita el corazón y se le ha secado la boca.

Le duelen los pies, y está inquieta porque no sabe cómo la recibirá.

Diez minutos pasan de las cinco cuando la ve salir en compañía de otra mujer.

Advierte que mira a los lados, que la busca y que al no verla camina decidida.

No está tan arreglada como la última vez que la vio.

Ha engordado, y parece mayor. Por un momento cree que es una equivocación seguir reclamando un cariño que nunca le dará, pero casi involuntariamente da unos pasos y se pone frente a ella.

Su madre está a punto de esquivarla cuando levanta los ojos y la ve.

—¿Cómo estás, Josefina?

Valentina no sabe de dónde han salido su propia voz y ese nombre que le ha venido a la cabeza de repente, en lugar del «Kaixo, ama» que había preparado. Va acompañada, y no quiere ser un peligro para su reputación. Casi de inmediato nota que su crispado gesto se relaja.

—¡Qué sorpresa! —Su madre se vuelve hacia su amiga—. Esta es mi prima, Valentina —la escucha decir con naturalidad.

La mujer, como si la conociera, le planta dos besos y tras un cruce de saludos prosigue su camino, dejándolas en medio de la calle.

Valentina, de manera atropellada, le dice que ha venido a hablar con ella porque va a irse a América para casarse con un pastor que se llama Domingo Arsuaga y que esa noche se queda en una pensión.

Durante unos segundos de vacilación, su madre la toma por el codo y la empuja suavemente hacia un café que hay en la esquina, El Pacho.

—¿Has comido? —le pregunta. Se han sentado en una mesa y el camarero espera.

—La verdad es que no.

—Tráiganos un bocadillo de tortilla y una gaseosa.

La joven agradece la decisión que muestra su madre y ve un gesto de cariño en su preocupación, pero pronto se da cuenta de que en realidad le ha asustado que ella haya irrumpido así en su vida.

—Tendrías que haberme avisado —le dice—. No puedes presentarte en mi trabajo sin más.

—Mariana me dijo que debía contarte que voy a casarme con un pastor que está en América.

—Me alegro de que vayas a América, dicen que allí se puede hacer mucho dinero. Te deseo suerte. —El camarero pone sobre la mesa un pan crujiente por el que asoma una deliciosa tortilla—. Anda, come.

Su madre mira a su alrededor, muy erguida en la silla.

Valentina da un bocado y mastica sin saber si el silencio que flota entre ellas es bueno o malo, pero no quiere romperlo; ha aprendido que no se debe hablar con la boca llena.

Vuelve a dar otro bocado y bebe un poco de gaseosa, que sabe medio dulce, medio picante.

Ahora se da cuenta de que estaba hambrienta, porque el alimento ha llegado al estómago y siente una especie de felicidad que no sabe si es por la sabrosa tortilla o por compartir el espacio con su madre.

—Quiero que sepas algo —dice esta de repente—.

Tú naciste por casualidad. Yo no te quería, pero estabas allí y tu tío se ofreció a darte un techo.

Nunca hemos estado cerca, y ahora tampoco lo vamos a estar.

Tengo una familia… Espero que lo entiendas.

Mi marido no sabe que existes, y es mejor que sea así.

La joven tiene la boca llena y, aunque quiere hacerlo, no puede tragar.

Ve cómo su madre se levanta, busca en su bolso, saca un monedero y deja sobre la mesa dos pesetas.

Luego la mira y le dice adiós. La mesa está situada en un lateral, junto a una ventana por la que se ve la calle Bidebarrieta.

Valentina sabe que está muy cerca de la pensión, pero no puede moverse.

En su interior algo se está rompiendo; escucha los crujidos y sabe que, pronto, lo que sea que tiene en su corazón se hará pedazos.

Tarda una eternidad en reaccionar, pero termina por hacerlo.

Hay una parte de su cuerpo que acostumbra a rescatar a la niña vencida que lleva dentro.

Envuelve el bocadillo mordisqueado en la servilleta y empuja lo que tiene en la boca con un trago de gaseosa.

Se levanta y camina hacia la calle Carnicería Vieja.

Sus ojos están llenos de lágrimas y el corazón le palpita destrozado, pero lo peor, le dice la mujer que lleva dentro, es que le duelen tanto los pies que está a punto de abandonar en plena calle sus zapatos nuevos.