Esperanzas #2
El camarero llena la mesa con platitos y recipientes rebosantes de mermelada y mantequilla.
Se fija en la manera en que ha dispuesto los cubiertos, la jarra de leche…
Ella sabe que todo es importante cuando se sirve a señores, pero ella no es nadie, solo ha pedido un desayuno cuyo precio puede que desequilibre sus ahorros.
Un cliente entra en el café y al pasar frente a ella inclina la cabeza, tocándose el ala del sombrero y mirándola como quien mira un helado.
Un escalofrío le recorre la espalda. No puede evitar sonrojarse.
Tiene la sensación de que no tiene derecho a estar allí, y quisiera ser invisible.
Cuando ha dado buena cuenta de su desayuno, algo aturdida se dirige hacia una escalera en la que un cartelito anuncia «Servicios».
Entra en el baño. Una mujer la mira como si estuviera haciendo algo prohibido.
Se lava las manos, se moja la cara. A su espalda, la mujer se sienta en un taburete, ignorándola.
Valentina recuerda la conversación de Mariana: «Los hombres que te miran con deseo quieren acostarse contigo.
Tú, haz como si supieras todo lo que no sabes».
Se le hace un nudo en la garganta cuando se da cuenta de todo lo que su amiga la cocinera le ha enseñado.
Sale del cálido establecimiento apretando su bolso contra el pecho.
Camina unos metros hasta que la calle se abre a una plaza en la que divisa un edificio señorial que parece un palacio y, casi al frente, otro con un rótulo en el que se anuncia el Hotel Carlton.
Se acerca esquivando coches y carros. Las mujeres llevan graciosos sombreros, abrigos con pieles en el cuello y medias.
Un hombre con un cartel de madera sujeto con tirantes anuncia el horario de las funciones de un circo con fieras salvajes que permanecerá una semana en la ciudad.
Con disimulo mira a los hombres de barbas cuidadas y trajeados con chaleco, en cuyos bolsillos asoman leontinas de oro.
Exhalan satisfacción y salud, y son diferentes a los que ella conoce.
Todos se parecen a los invitados de la emperatriz, como si la ciudad los vistiera de esa opulencia que a ella siempre le pareció excepcional.
Frente a la entrada hay dos jóvenes uniformados con impecables libreas que abren la puerta a los clientes.
No sabe si la Fraulin —o Esther— estará en el interior, y no quiere detenerse ahora que empieza a sentirse cómoda.
Ya sabe dónde está, así que lo deja para el día siguiente.
Da una vuelta a la manzana. Ve una librería, una tienda de joyas y otra de guantes.
Se detiene a admirar los preciosos objetos que exhiben, y se muere de ganas por entrar en una perfumería que despide un olor a polvos de talco perfumados con limones y jazmín.
Pasa por una tienda de comestibles que muestra en la entrada una enorme caja redonda de arenques.
Un desfile de muchachos con batas grises sostienen las compras de las señoras.
Valentina piensa en los beneficios de vivir en una ciudad, en todo lo que puede ofrecerle a una chica como ella, y siente un pequeño arrepentimiento por su compromiso con el pastor.
Su posibilidad de trabajar en la ciudad se esfuma.
No sabe el tiempo que lleva dando vueltas.
Se ha desorientado y el alboroto de bocinas y voces se le cuela en la cabeza, aturdiéndola.
La ciudad promete, pero también agota. Pregunta a una joven por el Arenal.
—Está lejos de aquí. Puedes coger el tranvía.
La joven la acompaña hasta el lugar donde debe esperar y le aconseja que lleve el dinero preparado.
Nunca ha subido a un tranvía. Quizá no le convenga acostumbrarse a la ciudad.
Ella viajará mucho más lejos. ¿Habrá tranvías y cafés con sillas de terciopelo en Boise?
Desciende en el Arenal, un lugar bullicioso.
Cerca de la iglesia y bajo unos arcos ve a mujeres de aldea que venden verdura y frutas.
Son como sus compañeras de Lekeitio y muestran hatillos de cebollas, ajos, puerros, patatas rojas para el marmitako y turgentes pimientos verdes y rojos.
Tiene ganas de sentarse, pero el día se le está yendo en contemplaciones y ella quiere ver a su madre.
Se acerca al Café Boulevard. A pesar de que el aire es fresco, en la calle hay una terraza con mesas y sillas donde los parroquianos leen periódicos, toman café o beben gaseosas.
Empuja la puerta giratoria. El lugar es aún más bonito que el que ha conocido, y bajo la bruma del humo de los cigarros flota en el ambiente un bullicio ordenado.
Al fondo hay unas escaleras que suben a un caprichoso balcón donde unos músicos interpretan una pieza que nadie escucha.
Se acerca al mostrador de mármol de distintos colores y busca con la mirada a su madre.
Un camarero se aproxima con las manos a la espalda y un gesto receloso en el rostro.
Lleva unos bigotes encerados, al viejo estilo de los políticos que aparecen en las fotografías de los periódicos.
El camarero no la mira bien. Da otro paso hacia ella, intimidándola. Valentina se repone del temor que le inspira y, bajando la voz, pronuncia el nombre de su madre y su intención de verla.
—Ella no termina hasta las cinco —responde el hombre—. A los trabajadores no les está permitido atender visitas durante el trabajo, pero le daré su recado. ¿Quién le digo que la espera?
Va a decirle que es su hija, pero casi de inmediato se da cuenta de que si ella no ha existido del todo para su madre, no es conveniente que se anuncie como tal.
—Soy familiar suyo. Dígale que la espera Valentina Alzola.
Mira un reloj dorado que cuelga en una de las paredes, recordando el tiempo que los clientes intentan detener. Está a punto de dar las tres, y sale a la calle.
Saca el papel que le dio Mariana, se gira para orientarse y se dirige a la calle Correo, una de las siete calles hasta el portal de Santiago.
Se santigua frente a la iglesia y entra en un comercio de calzado.
No quiere que su madre la vea con alpargatas.
Se prueba unos zapatos de cordones que la dependienta le aconseja.
—Son fuertes y delicados. Le durarán varios inviernos.
Paga casi diez pesetas por ellos, pero se va satisfecha. Enfila la calle Carnicería Vieja para toparse con la pensión de Rosa Mari Arroita, donde Mariana ha avisado que va. Le dan una habitación limpia donde podrá descansar una hora. Se tumba en la cama vestida como está y se queda dormida.