Esperanzas
Esperanzas
VALENTINA ALZOLA
Valentina es casi feliz. Las últimas semanas, el ajetreo de la recogida del palacio, los recados y la despedida de los que quedaban en Lekeitio la han distraído tanto que ni siquiera ha sido consciente de que emprendía un camino sin retorno.
Había comenzado a tejer una prenda para el invierno y en el silencio, solo interrumpido por el entrechocar de las agujas, no se ha percatado de cómo guarda las emociones que le levantan los cambios.
Se ha mantenido inmutable, como si temiera que un gesto o una sonrisa la delatara y se le escapara la enorme zozobra que siente.
Caminaba por el pueblo con un pellizco en el estómago.
Todos se conocen, se intuyen, se piensan.
Ha ido soportando la tortura de conseguir papeles, los consejos del cura y los trámites eternos para abrir una cuenta bancaria sin un padre que le firme autorizaciones o un marido que le otorgue una identidad.
Al llegar a Gernika y recogerse en el abrazo de Mariana, algo en su interior se rompe.
Llora sin poder responder a las preguntas que le hace su amiga y manifiesta en voz alta sus caóticos pensamientos.
Los dos pequeños, Agustín y Pablo, de cinco y siete años, la miran con sus ojos redondos y alarmados.
Pero Mariana no pierde el tiempo y la instala en una de las tres habitaciones de su hogar feliz y alborotado.
Sabe que la joven encontrará el consuelo por sí misma, así que le pone un delantal y empieza a dar órdenes, como cuando compartían cocina en el Palacio Iribarren. Valentina obedece y pronto se apacigua.
El matrimonio da más de veinte comidas y cenas al día, sin contar a los parroquianos que juegan al mus o toman un trago.
Las mesas siempre son servidas por las mujeres, y las manos resultan pocas para atender al público como se merece.
Al cerrar el establecimiento, tras una jornada larguísima, Nicolás hace las cuentas y separa un dinero para Valentina.
—No quiero que me paguéis —dice ella—. Me quedaré con las propinas.
—Espero que Domingo tarde en escribirte. No sé qué haríamos sin tu ayuda.
Valentina baja los ojos cuando oye el nombre de su futuro esposo. Como si Mariana le hubiera leído el pensamiento, quince días después de su llegada, mientras arreglan el comedor, su amiga la llama y le pide que se siente en una de las mesas.
—A ver, chiquilla… —Mariana suspira sonoramente—.
Desde que estábamos en Lekeitio que quiero hablarte de los hombres.
—Valentina se sonroja—. Vas a casarte, y seguro que tienes preguntas en esa cabecita.
Todas las tenemos. Viejas y jóvenes andamos sin saber adonde vamos.
Los curas nos han llenado la cabeza de quebrantos, y no quiero que tú vayas hacia tu hombre como lo hice yo.
Ellos son distintos a nosotras, por dentro y por fuera.
Son fuertes, pero se desmoronan con un catarro; son generosos con las cosas grandes, pero no conocen el valor de lo pequeño.
Los necesitamos porque… la vida es así. ¿Has visto a algún hombre desnudo?
—La joven hace un gesto con la cabeza—. ¿Eso qué quiere decir? —se interesa la cocinera.
—Vi a unos chicos en Karraspio cuando se bañaban sin calzones, pero no quise mirarlos.
—Mal hecho. Hay que mirar todo lo que se desconoce. —Mariana vuelve a suspirar—. Con lo que viste, ¿puedes hacerte una idea de cómo son?
Valentina la mira con los ojos muy abiertos. La imagen de aquellos muchachos corriendo desde la orilla viene a su mente. Algo vio, pero no sabe qué.
—A ver cómo te lo explico yo… ¿Tú has visto a los mozos cuando te miran los pechos, esa cara con media sonrisa bobalicona y las ganas que tienen de ir tras de ti?
… Pues eso es lo que el cura dice que es el deseo, un pecado.
Los hombres que te miran con deseo quieren acostarse contigo y tocarte…
—Su amiga se frota la cara. Busca palabras que no encuentra—.
Para que lo entiendas… La cosa es igual que entre vacas y toros, o caballos y yeguas.
¿Eso sí lo has visto, cómo el macho monta a la hembra?
Pues es lo mismo, pero no te asustes. A mí, te confieso que me gusta dormir con mi marido, pero cuento con que si aquello crece…
Dormir con él es distinto, cuando lo haces se está bien, y parece como si entre él y tú hubiera un secreto que nunca terminas de saber.
Son un poco brutos, pero eso ya lo sabes.
No tengas miedo, laztana , no tardan mucho en aliviarse, pasa rápido y si todo va bien te quedas embarazada.
Si no quieres muchos chiquillos, él no tiene que terminar dentro de ti, pero eso se habla.
Y ya está. —Mariana se palmea los muslos satisfecha, levantándose de la silla y dando por terminada la explicación—.
El martes, que no hay mercado, quiero que vayas a Bilbao, que busques a tu madre y que le cuentes que vas a irte a América porque te casas con un pastor.
Quédate una noche. —Mariana anota una dirección y le tiende el papel—.
Es una pensión limpia que está en las siete calles.
Ya sé que no será fácil, pero lo haces y así marcharás tranquila.
Hay un tren que creo que llega a la plaza de la Encarnación.
Allí cerca, en medio del Arenal, frente al quiosco de música está el Café Boulevard y muchas otras cosas que nunca has visto…
Tienes que conocer Bilbao. Anda, terminemos y vayamos a descansar…
No ha entendido mucho. La charla no le ha aclarado sus dudas, pero Mariana parecía estar incómoda y tener prisa por acabar la conversación sobre lo que no conoce de los hombres.
No ha querido hacerle preguntas porque le daba vergüenza.
Se acuesta evitando pensar en nada que tenga que ver con el parecido entre la monta de los animales y el matrimonio.
Todo lo que sabe lo ha aprendido sola, y no cree que lo que le espera sea muy diferente.
El martes se sube en el primer tren que va a la capital.
Debe hacer transbordo en Amorebieta para llegar a la estación de Atxuri.
Lleva su cuaderno y algunas perras. Durante el viaje no duerme como otros.
Disfruta viendo el paisaje, los pueblos donde se detiene, la forma en que cambia el aspecto de los pasajeros a medida que se acercan a Bilbao.
Todo es nuevo para ella, y siente que descubrir el mundo le gusta y la construye.
Se ha puesto su mejor blusa blanca y su falda bajo un abrigo heredado al que, a pesar de haberle dado la vuelta a la tela, se le notan los años.
Mariana le ha aconsejado que se compre uno nuevo, en Boise hace mucho frío en invierno y calor en verano.
Bilbao le parece muy grande. Hay muchos automóviles en las calles, y casi todas están asfaltadas y escoltadas por amplias aceras por donde la gente pasea como si no tuviera nada que hacer.
Hay farolas, vendedores de periódicos, puestos ambulantes y más vitrinas de las que puede contemplar.
A Valentina la embarga una suerte de ebriedad ante la abundancia y no acaba de comprender cómo ha podido vivir de espaldas a lo que ve.
Es verdad que en el palacio nada faltaba, pero se trataba de una emperatriz, y en las calles por las que camina no hay reyes ni marqueses, sino gente que parece normal.
Ella es pobre, se repite a sí misma, pobre: una condición que la deja en el borde del mundo.
En lugar de ir directamente a ver a su madre, enfila la Gran Vía, una calle muy ancha por la que pasea esa gente elegante a la que mira con curiosidad.
Hay varios edificios importantes con entradas suntuosas, y casi todos son bancos o cajas de ahorro.
Los hombres llevan sombrero y levita, y las mujeres caminan sobre zapatos de tacón.
Deslumbrada por el ajetreo de la ciudad, mira los edificios con ventanas grandes y limpias, el latón resplandeciente de los pomos y los porteros uniformados.
Comprende que su mundo es pequeño y hay muchas cosas por descubrir.
Respira a medias, con el pecho contenido por la emoción.
Al pasar junto a un café, el aroma la detiene.
Desde el ventanal que da a la calle mira el interior: espejos, bronces lustrados y mesas relucientes.
Pasa por la puerta, pero no se atreve a entrar.
Sigue andando, pero el olor a café tostado y pan le hace vencer su vergüenza y entra.
Se sienta en una de las mesas, nerviosa por el dispendio que va a hacer.
No ha comido nada y se siente débil. Un camarero vestido con un mandil que le llega hasta los tobillos se inclina y le pregunta si desea tomar algo.
Ella recuerda las recomendaciones de su amiga: «Es mejor que hables en castellano.
Si lo haces en euskera te tomarán por una aldeana».
—Un café con leche y una tostada… Un desayuno.
El café se llama Florida y está cerca de su destino, el Hotel Carlton.
Ha preguntado varias veces a los transeúntes por su ubicación y ya sabe que no tiene pérdida; está frente al Palacio de los Oriol.
Se fija en los cortinones de terciopelo, en la docena de empleados impolutamente uniformados y en un limpiabotas que lustra los zapatos de los clientes cerca de los baños.
Las mesas de mármol relucen tanto como la plata de las cafeteras.
Valentina se siente muy pequeña. Ha conocido ese lujo, y más aún en el Palacio Iribarren, pero aquello estaba a disposición de una emperatriz.
En ese café, cualquier cliente puede sentirse rico durante unos minutos.