El calor del hospedaje #2
El pastor desliza un dedo tembloroso hacia la fotografía y la alza en la mano para apreciarla.
Encarni va descifrando las letras torpes del papel que desvelan las ansiadas noticias.
Nicolás llegó con salud a Lekeitio y por fin pudo reunirse con su mujer y sus hijos.
Cuenta que ha comprado una casa de dos pisos en Gernika, a la entrada del pueblo.
Mariana, su mujer, que es cocinera, dará comidas para los empleados de una de las fábricas cercanas.
Él también atenderá a los parroquianos hasta que el negocio empiece a funcionar.
No va a faltarle trabajo, porque siente que la vida está cambiando en Vizcaya y que, por mucho que las cuestiones políticas anden al garete, él conseguirá lo que se propone.
Ya ha hablado con un amigo que tiene una empresa de reparto.
Pocos saben conducir, pero a él le gusta manejar esos cacharros.
Ha aprendido a hacerlo en caminos polvorientos, muy diferentes de las carreteras que se construyen en todo el estado de Idaho y que parecen pistas suaves como el terciopelo en comparación.
Allí, conducir por las pequeñas calles o por las curvas infinitas de las carreteras que unen los pueblos de la costa será todo un reto.
Ya tiene su fe de bautismo y su partida de nacimiento para el posible enlace matrimonial.
Mientras escucha la voz de la patrona, no puede dejar de mirar a esa mujer que se sienta bajo un magnolio y con unos ojos grandes busca sus pupilas y las encuentra.
¿De qué color será el pelo abundante que se le escapa del moño?
, se pregunta. ¿Será alta o baja? Le gustaría averiguar si su piel es suave, si sus pechos son pequeños…
Encarni, muy cerca, sigue leyendo, pero a él le parece que su voz viene desde muy lejos.
Está pegado al puente de la nariz de Valentina, a la punta de la alpargata que asoma bajo la falda, imaginando la brisa que ha dado vida a sus rizos cuando la patrona le sorprende dándole un toque con una mano para que preste atención.
Encarni levanta un poco la voz. Su amigo dice que la fotografía pertenece a Valentina Alzola, de diecinueve años y natural de Lekeitio.
Como si le hubiera leído el pensamiento, le habla de su pelo castaño y de sus ojos verdes.
Añade que es una chica muy guapa y que se apuesta una mano a que es la que él necesita.
Termina recomendándole que le escriba para que puedan empezar a preparar los papeles para una boda por poderes.
Le explica que la chica, a pesar de sus recomendaciones, tiene dudas y que por eso necesita su carta.
Domingo intuye que su amigo ha debido de poner parte de su simpatía para conseguir una mujer como la que describe, pero las últimas líneas le han desarmado.
Levanta los ojos y mira aterrorizado a Encarni.
En ese lado del mundo, solo ella y los hermanos Garate conocen su secreto: no sabe leer ni escribir.
—No te preocupes, es lo normal. Las mujeres necesitamos que nos cortejen, y esto no es precisamente romántico… Yo ya te ofrecí a una de mis chicas y no quisiste, así que no protestes si la de allí quiere saber algo de ti. ¿Quieres oír lo que te dice ella?
La patrona, con el ceño adusto, le roba la foto para mirarla.
— Ene zer polita den!
— Irakurri, mesedez [21] . Y ella toma el papel y pronuncia con una voz suave las palabras de Valentina.
No es la primera vez —ni será la última— que Encarni pone voz a la nostalgia, al deseo o a la derrota.
Se apiada de esos chicos o chicas analfabetos que agradecen que alguien lea o escriba sus respuestas y en ocasiones añade algo de su cosecha, pero eso nunca lo dice.
Mostrarles su debilidad no los ayuda. La mayoría de los que ocupan las ocho habitaciones para cinco personas que hay en el segundo piso no tienen más hogar que su casa.
Sabe que algunos saldrán adelante, que quizá hasta lleguen a tener un rancho y olviden su tierra, pero otros no volverán jamás.
Ella también llegó a Boise para añorar al día siguiente la brisa del mar, los graznidos de las gaviotas y el sol tibio del final del verano.
Pero la vida es así. Las cosas le van muy bien, y ya ha hablado con su marido para regresar en unos años.
Sus hijos no pasarán hambre, si están enfermos un médico los atenderá, hablarán inglés y ella se encargará de plantar las raíces de su lengua materna, de la educación que le dieron sus padres, y serán unos buenos cristianos.
Los ha bautizado en la iglesia de Saint John, que viene a ser lo mismo que San Juan. Así es la vida, se repite a sí misma.
Encarni, además de llevar el negocio y criar a los hijos, hace de casamentera, de juez y de confesora y también lava las sábanas, les ofrece alcohol de romero para que se hagan friegas o les aconseja que no beban más y que se busquen una mujer, porque los hombres que no están recogidos se hacen daño.
—Tienes que responderle. Te pregunta qué esperas de ella y qué tienes para ofrecerle. Eres un buen hombre, pero ella necesita saber…
Domingo levanta los hombros. De pronto se le han humedecido los ojos sin entender la razón.
Mira a Encarni implorante y guarda silencio.
Cómo le contará a esa mujer preciosa lo que quiere decirle si no tiene palabras…
Se siente desnudo y expuesto. La alegría que sentía hace un rato, cuando llegó a la ciudad sucio y expectante con su cartera llena, se ha evaporado.
Él intuye que la joven lleva dentro el secreto que poseen las mujeres, ese misterio que hace que la fuerza de ellos signifique muy poco frente a ese sentido común necesario en la vida.
Ellas son la tierra donde enraizarse y poseen la cantidad exacta de ternura que necesitan los hombres como él para que la soledad no les haga pensar en quitarse la vida.
—Quiero aprender a escribir —termina confesándole a Encarni—. Valoro lo que haces, pero me jode no poder hacer esto solo.
—Aquí pocos podrán enseñarte. Yo no tengo tiempo, pero podrás pedírselo a alguien. Las mujeres de aquí apenas saben inglés, y los hombres no escriben en euskera. Busca entre los ovejeros.
—Pero hay que responderle…
—Sí. Cuanto antes mejor. Esta chica tendrá que prepararse.
El pastor, adecentado y guapo, abre su bolsa y le entrega a la patrona las tres cucharas de madera que ha tallado en la montaña para ella.
—Había olvidado esto…
—Va a tener mucha suerte esa Valentina. ¿Lo preparo mientras comes? He visto entrar a uno de tus amigos.
Domingo acepta algo derrotado la propuesta. Le entrega a la patrona los dólares que le adeuda y mira en dirección al comedor, donde las cuatro mesas corridas se van llenando de conocidos.
Los números los conoce, y sus pensamientos van rápido cuando de cálculos se trata.
Le abona lo de siempre, que es un servicio de limpieza de la ropa, una especie de consigna de las pocas cosas que posee y una dirección para lo que pueda necesitar.
Permanecerá en Boise unos días, y luego volverá al rancho.
Recoge la fotografía y la correspondencia, lo mete todo en el sobre y lo desliza dentro de su camisa, en el lado izquierdo, donde está el corazón. Ahora podrá imaginar a esa chica a quien por fin puede llamar por su nombre y que es de la edad que podría tener su hermana.
Casi puede rozar su piel, tomarla por la cintura, conducirla hacia su abrazo. Al atardecer, Encarni le escribirá una respuesta.